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Rey de Socos

jueves, 7 de junio de 2007

PICHANGA


Es un entretenimiento extenso, económico y un buen ejercicio. Podemos estar una tarde entera dándole a la pelota, que puede ser de trapo, plástico, o si tienes un vecino rico, que llega con un balón de cuero, el encuentro resulta más pituco. 
Como es de carácter informal, pareciera que no tiene reglas, pero, si las hay: equipos y puestos están perfectamente definidos y se cobra, a gritos, las faltas: mano, penal, tiro de esquina, posición de adelanto, fuera y tiro libre. Aquí la cosa no anda al lote. No, Señor.
Siendo impúberes barrabases entre 8 y 12 años, las pichangas nos permitieron pegarnos los primeros estirones, hacer latir aceleradamente el corazón, circular de prisa la sangre, jadear como perros liebreros, sudar como coreanos en baño turco, ejercitar pulmones y gargantas de tanto grito pelao, rasparse rodillas, codos y recibir unas cuantas patadas en las pantorrillas. Practicar un deporte duele y hace bien.
Se comienza con la tirada de moneda, así, mediante cara o sello, los líderes seleccionan su equipo: dame al Quique, dame al Chano, dame al Hugo…bueno; en esas circunstancias, a mi no me elegían nunca, quedaba por descarte para uno de ellos, y éste, mirándome con cara de “que hice yo, para merecer este castigo”, me indicaba, despectivamente: “ándate al arco” (obvio, si era más malo que la comida de los chanchos).
Luego se decide cuál equipo se saca la camiseta, para no confundirse, entonces quedamos divididos en: vestidos y pelados. Y comienza la lucha polvorienta: pitazo con silbido, puntete de partida e inicio de cuanto grito pueda existir, con órdenes, peticiones e improperios: dame el pase, levanta la cabeza, no te comai la pelota, aquí estoy, atento arquero, defensa baje, baje….en fin. 

Mi espera en el arco, en cuclillas, o manos en jarra, suplicando que llegaran las pelotas, era tremendamente aburrida, frustrante y eterna. 
Cuando mi Papá me preguntaba cómo había estado el partido, yo le decía: aburrido, porque me ponían al arco. En una oportunidad, mi viejo me fue a dejar a la cancha, y le dijo al líder: “Oye, deja jugar al cabro al centro, puh, no seai egoísta”…bueno, frente a mi progenitor, ese día tuve el honor de dar el puntete inicial…Apenas éste desapareció del borde de la cancha, el líder me dijo dulcemente: “¡ándate al arco!”. Sentirme un Juanana Díaz, me duró, exactamente, 90 segundos. Sorry.
Cuando teníamos educación física, luego de la primera hora de torturantes ejercicios, el profe nos tiraba una pelota y decía: tienen media hora de pichanga. ¿Cuál creen que era mi puesto?...Al arco, puh, si la fama de malo había llegado hasta la Escuela.
Bueno, las pelotas no llegaban nunca, porque el guatón Wilson, buen defensa, no dejaba pasar ni una. Con el tiempo, comenzaron a llegar, y yo, a apañarlas, todo fue de a poco. Y atajé una, y atajé otra, me tiré al suelo, salté, volé…me adelantaba, en fin…

Luego de un año de jugador despreciado, me tocó un penal…¡afírmate, Diaguita! …me puse saliva en las manos, las froté y esperé el lanzamiento. El puntete, sin aviso, me dio, certero, en la frente, me lanzó de poto hacia atrás y me dejó viendo pajaritos. Sin recuperarme aún del aturdimiento, fui llevado en andas por mi equipo, celebrando una atajada de película. 
No fue gol y con eso ganamos el partido. Desde ese día, el de mi consagración como arquero, cuando llegaba el momento de tirar la moneda y comenzar la repartija, el líder decía, con seguridad: dame al Memo. 
Y esa fue mi gloria, porque, llegar a ser elegido de los primeros, para un niño de 9 años, es sentirse el mismísimo Cóndor Rojas antes del maracanazo. 
Esa experiencia marcó mi desempeño futbolístico, porque seguí siendo portero y, aún ahora, cuando jugamos un partido con mi club de Toby, siempre estoy en los tres palos. Y a mucha honra.

Y bueno, muchachos: ¿Nos pegamos una pichanguita?...

PAMPILLA


Septiembre nos trae la primavera, el mes de la patria, actos y discursos en las Escuelas, declamación de poesías, desfiles, salvas de cañonazos al despertar, la ciudad embanderada, cuecas por la radio, casas pintadas y engalanadas, ricas empanadas de pino y venta de volantines, hilo curado, helados y caramelos. Septiembre es hermoso.
Si por esas eventualidades de la naturaleza, en el crudo invierno, hemos tenido, al menos, unas seis precipitaciones, podremos disfrutar de los cerros alfombrados de verdes alfilerillos, manchas de azulinos cebollines, añañucas rojas y silvestres amapolas amarillas al borde de los caminos; también blancos chaguales y florecientes cactus, que brindan, gratuitamente, un panorama que es un homenaje para la retina y para el olfato por los aromas a hierba fresca. El sol comienza a picar la piel y con las brisas ya se puede encumbrar volantines. En septiembre, Ovalle es hermoso.
En ese perfecto entorno, se realiza la tradicional pampilla dieciochera que no es un picnic o un paseo campestre cualquiera, sino que tiene características especiales por los elementos que la forman: rica comida y música típica, bailes folklóricos, juegos populares, entretenimientos y mucho más. 

Las ramadas se adornan con cadenetas y globos tricolores y aparece por ahí uno que otro aperado huaso bailando, con su buena moza china, una cueca bien zapateá. Todo se viste de fiesta. El ambiente dieciochero es hermoso.
Entre los historiadores no hay acuerdos para determinar el origen de esta fiesta; algunos dicen que se remonta al año 1854, cuando se realizaban diversas prácticas militares los días 18 y 19 de septiembre. Otra de las creencias es que el origen de esta celebración viene desde 1810 con la creación de la Primera Junta de Gobierno. 
La última dice que los inicios son en el vecino puerto de Coquimbo, que era permanentemente atacado por piratas y corsarios. Un día, la población decidió organizarse y enfrentar a estos detestables personajes que causaban el temor en esas tierras. 
Fue así como un 20 de septiembre de 1680 el pirata Bartolomé Sharp debió escapar de la turba que lo enfrentó a su llegada a la bahía. Se supone que esto habría sido lo que motivó que cada año, en esa misma fecha, se organizara en ese lugar una gran fiesta popular que duraba hasta la madrugada.
Las versiones sobre los comienzos pueden ser diversas, pero lo cierto es que la Pampilla es algo muy entretenido: observar las carreras a la chilena o participar en las competencias de ensacados o con los pies atados, el palo encebado o pillar al chancho enjabonado. 

Muy divertida es la prueba de atrapar, sólo con la boca, una sorpresa depositada en el fondo de un plato lleno de harina cruda.
Es lindo elevar volantines, comer algodón de azúcar, dar una vuelta en las sillas voladoras de los carruseles, jugar, por las noches, a la lotería y ganarse un tarro de durazno o una botella de Martini; andar con los bolsillos llenos de bolitas de vidrio, con un trompo, un emboque de madera y un par de tiqui-taca.
La Pampilla de Los Peñones era un día de campo placentero, hasta podíamos pegarnos un piquero en el cristalino río Limarí y regresar a la ciudad con el cuerpo colorado como jaiba cocida y la cara sucia luego de haber comido sandías de El Palqui; con un parche curita en un dedo y un siete en la rodilla del pantalón, pero con el corazón henchido en el pecho luego de haber participado en cuanta competencia pudimos y con más de una luca en el bolsillo.

En septiembre, ser chileno en Ovalle te llena de orgullo. ¡VIVA CHILE!

MATINÉE


Dentro de nuestras sanas entretenciones de adolescentes, en los 60-70s, no podía faltar, el domingo, la ida a la matinée, al Cervantes o al Nacional, que comenzaba a las catorce horas en ambas salas. 
Los pitucos iban a platea y el populacho siempre se encaramaba en galería. 
Era una buena ocasión para buscar entre las niñas alguna mirada cómplice por si se presentaba la posibilidad de un soñado pololeo. Aunque mi amigo y compañero, el guatón Navea, aprovechaba los momentos previos a la función, para arrendar su colección de revistas Disneylandia, La pequeña Lulú, El llanero solitario y otras tantas.
El maní tostado y confitado, los chocolates huke y los caramelos ambrosoli, (si eran los old england toffee, tanto mejor); eran habituales antes de entrar, aparte de ser una excusa para ofrecerle a la niña que nos gustaba, cuando teníamos la suerte de sentarnos a su lado: … ¿Querís una pastilla? 

La marcha militar, las luces apagándose, junto a la lenta apertura de los cortinajes, era la señal que debíamos acomodarnos, porque se iniciaba la proyección. 
Primero nos tragábamos la publicidad estática, con locución en “off”, de las casas comerciales locales y luego “El mundo al instante”, que nos traía imágenes de las maravillas que sucedían en Alemania; posteriormente venían las “sinopsis” de los filmes que se estrenarían PRONTO EN ESTA SALA y ya quedábamos enganchados para la próxima semana. 
Las luces de las linternas de los acomodadores indicaban la llegada de algún par de atrasados que se acomodaban con los correspondientes: - Permiso, disculpa…
En ese horario se programaban sólo producciones para menores. 

Disfrutamos de una infinidad de western, los balazos y los duelos nos encantaban, si eran de indios, fascinante, porque todos aplaudíamos el momento en que aparecían los soldados azules tocando la trompeta, para salvar a los jovencitos que estaban a punto de sucumbir a punta de flechazos. (Algo que cambió, años más tarde, en “Danza con lobos”, cuando Kevin Costner nos demostró que los malos eran, precisamente, los azules). 
También nos gustaban las de romanos, cuando los musculosos gladiadores las veían duras luchando contra otros esclavos o leones hambrientos, mientras un amanerado César inclinaba sin piedad el dedo gordo hacia abajo... 
Luego vino toda la onda argentina con películas de Palito Ortega, Sandro, y, qué decir de las mexicanas de Cantinflas, Enrique Guzmán, las españolas de Rocío Durcal, Marisol, el Dúo dinámico, Raphael. 
Cómo olvidar las de Tarzán y la mona chita. Hubo películas que fueron un suceso, como “Rebelde sin causa”, con James Dean, Nataly Wood y Sal Mineo; “Love story” con Ali MacGraw y Ryan O’neal, “Romeo y Julieta” con Olivia Hussey y Leonard Whiting y “Lo que el viento se llevó” con Vivien Leigh y Clark Gable.
En nuestras casas, dependía de cómo nos habíamos portado, tanto en la escuela como en la casa, para obtener permiso y plata para ir al teatro. La amenaza y el castigo clásico de nuestros padres era: - “el domingo no vas a ir a matinée, cabro de miéchica” .

Algo que hoy me parece paradójico, por decir lo menos, era la estricta clasificación de algunas películas para mayores de 21 años y el empeño que hacíamos para poder entrar a las funciones de Vermouth o Noche. Al analizar ahora esos filmes “prohibidos”, suena a humorada, porque, seamos honestos, aparte de una teta y un poto pelado, no se veía NADA.
Extraño las idas a “rotativa”, los zapateos de nervios cuando las cosas se ponían color de hormiga en las películas de acción, las risas espontáneas cuando veíamos comedias y el susto sin medida cuando venían los vampiros y mordían a las jovencitas o los muertos salían de las tumbas de los estremecedores cementerios. 

Extraño los “shiits”, pidiendo silencio cuando los desubicados de siempre metían bulla, si algún roto se tiraba un peo o un eructo o si alguien vociferaba una buena talla y la carcajada era general. 
Extraño esos cortes cuando el celuloide se quemaba y el rechifle hacía estremecer la sala. ¡Ya puh, cojo, oh, saca la pata del enchufe!

Los ovallinos también tuvimos nuestro “Cinema Paradiso”, si, Señor.

LOCOMOCIÓN COLECTIVA

Releyendo “Lo comido y lo bailado...Ensayos sobre la vida misma”, de Pablo Huneeus, en su primera edición de abril de 1980, encontré en el interior un viejo boleto de locomoción colectiva de Santiago. Debí dejarlo allí, en medio de sus amarillentas páginas, como señalador, porque en esos años debía tomar dos micros para llegar a la Universidad, una de Puente alto, que iba por Américo Vespucio, para bajar en plaza Egaña y tomar una liebre, de esas verdes, (las “Marujas”) que me dejaba en la puerta del Campus oriente de la Católica. 
Ese cotidiano viaje, de más o menos 90 minutos, me permitía disfrutar del vicio de leer ida y vuelta, porque luego de tanto desplazamiento, uno se aprende de memoria la ruta y hasta se encuentra todos los días con la misma gente, con la idéntica cara triste, por lo tanto, es mejor llevar un libro en la mano y aprovechar el tiempo.
En uno de esos heroicos viajes, una mujer armoniosamente rellenita, de unos 35 años, subió al micro y mostró su carné de estudiante. Al ofrecerle las diminutas monedas al chofer; éste, irónicamente, le dijo: “Parece que se le hizo medio tarde para ir a la Escuela…ah? A lo que ella, resueltamente, le respondió: “Pero, parece que a usted se le hizo más tarde que a mí, porque lo veo manejando una micro…” Chora la comadre. Me encantó su respuesta.
En otra ocasión, un pergenio de unos seis años, luego de cantar, nos da una memorizada arenga: “Señores pasajeros, mi intención no fue molestarlos, sólo pido unas monedas…; la plata que ustedes me dan, no me la fumo ni me la tomo ni menos me la gasto en mujeres…” allí la carcajada fue general y todos buscamos el monedero para darle, a este pobre niño explotado por un hábil adulto, una moneda, y así pagar un grato momento en el viaje.
La locomoción colectiva en Ovalle no fue, no es y no será nunca como en la capital, porque allí los viajes son cortos para todos lados, es inútil llevar un libro y tratar de concentrarse, porque en menos de lo que canta un gallo, se llega a destino. 
En los 70s era impensable un mendigo, un cantante o un vendedor con la promoción del año. También teníamos nuestras liebres, que recorrían hacia la JTO, Atenas, al Cementerio, a la Villalón y la 21, pasando por el Romeral y casi todas daban la vuelta en Portales, dando inicio nuevamente al recorrido por la extensa Vicuña Mackenna. 
Los números no le complicaban la vida a nadie, porque eran del 1 al 6. No había dónde perderse. Era fácil tomarlas en todas partes, se detenían en donde uno levantara la mano y, al bajar, era a gusto del pasajero: -“en la casa amarilla, por favor”…”-en los dos postes me deja no más, caballero, y gracias…ah?”
Eran los tiempos cuando los chóferes se bajaban para ayudar a la señora con el coche del bebé, o para dejar en la vereda las pesadas bolsas de verduras que traía la abuela de la feria; cuando los estudiantes daban el asiento y las liceanas cargaban una de las guaguas de la afligida señora atiborrada de chiquillos. 
Es agradable constatar, que muchas de esas buenas costumbres se conservan entre mi gente, aún ahora en pleno apogeo y sobresaturación de los taxis colectivos sobre nuestras, otrora, tranquilas calles. 
Si uno va con paquetes o maletas, le abren la cajuela para cargarlos cuidadosamente, le paran frente a la casa y se despiden caballerosamente. 
Lo más interesante es que ahora van a una gran cantidad de pueblos rurales, claro que la consigna es: cuando el auto se llena, nos vamos…Tenemos colectivos hasta para ir a Tabaqueros, un caserío que se encuentra a continuación del Tranque Recoleta.
El “Transovalle” siempre funcionó a las mil maravillas y aún lo hace. Resulta paradójico, eso si, constatar que son los autos quienes andan en búsqueda de pasajeros. En Santiago eso sería un sueño dorado. 
Los ovallinos aguantamos con estoicismo la larga fila de colectivos que sobresatura la calle Libertad, para poder llegar pronto a la esquina de la Plaza de armas. Nadie arma una tragedia griega. No cambio por nada un tranquilo viaje en locomoción colectiva en Ovalle.

Caballero: ¿Pasa por la Villa Los Naranjos?

GRADUACIÓN


Egresar de cuarto medio es culminar, con éxito, una etapa de estudios. 

El último día de clases se convierte en una loca fiesta y lo dedicamos a firmar autógrafos y escribir mensajes pueriles en la camisa, hacer repollos con los cuadernos y unas cuantas bromas pesadas. 
Ya no más colegio. 
Lo que nos espera, en unos días, es la ceremonia de graduación, en donde recibiremos oficialmente un diploma que acredita nuestro egreso y que, teóricamente, estamos preparados para ser y hacer algo en esta vida.
Para presentarse correctamente, hay que mandar el uniforme a la tintorería, comprar camisa y corbata o pedir prestada una chaqueta decente y pegarle convenientemente la insignia…porque…¿para qué le vamos a comprar uniforme nuevo, mijito, por Dios, si lo va a usar un solo día?
Por lo general, los directivos del Colegio, conseguían el teatro Nacional o el Cervantes, sin importar si un safari de ratones nos pasaría por las patas. 

Los minutos previos, sirven para amononarnos mutuamente el nudo de la corbata, compartir el mismo trapo para sacudir el polvo acumulado en los zapatos Cardinale, acomodarnos las mechas paradas, preguntarnos cómo nos había ido en la PAA y así felicitarnos o envidiarnos. 
La ocasión requiere estar lo mejor presentados posible.
El teatro está lleno (y las pulgas felices), lucimos como milicos prusianos a punto de desfilar en una Parada militar: impecables.
La solemne marcha triunfal de “Aída”, indica el momento de ingresar en fila india hacia los asientos reservados. Aplausos de nuestros padres y toda la parentela, a los que habíamos invitado con un tríptico de papel telado, impreso con letras doradas.
Y se da comienzo al empaquetado acto: entonación del Himno Nacional, dirigido por el profesor de música, quien emite las primeras notas con un violín de museo; Himno del Colegio, discurso del director, del profesor jefe y del “Mateo” chupamedias, representante de los alumnos. 

Aplausos y más aplausos, una presentación artística para amenizar el asuntito y luego, el esperado momento de la larga nómina: escuchar tu nombre, subir al escenario, pasada de mano, recibir el diploma, abrazo, pasada de mano nuevamente y regresar al asiento con metástasis emocional.
Luego, premios para los destacados, el profe de Castellano recitando un poema de Amado Nervo: …”Vida, nada me debes, vida, estamos en paz…” 
Aplausos, inicio del canto…“Llegó la hora de decir adiós, decir adiós, digamos al partir nuestra canción, nuestra canción. No es más que un hasta luego, no es más que un breve adiós muy pronto junto al fuego nos reuniremos”. 
Aplausos. Llanto a moco tendido. Despedida. Todos a la plaza. Abrazos y regalos de los parientes: máquina de afeitar eléctrica, agenda, un lápiz parker, billetera, colonia Rodrigo Flaño y corbata chillona…
- Lo felicito, mijito
- Estamos muy orgullosos de usted 
- Le va a ir bien en la universidad, usted es re’habiloso 
Lágrimas de la mamá, que no deja de besarte, el papá que te aprieta con orgullo y todos sacando pañuelos desechables para enjugar lagrimones. 
Fotografía con todo el grupo, el graduado con sonrisa lerda y el diploma expuesto como un trofeo. 
Más abrazos... 
- Que rico, que linda estuvo la ceremonia  
- Qué regio su profesor jefe…¿ah?, 
- Se veían tan buenos mozos todos, ay, si estoy tan contenta, mijito: 
- ¿Nos vamos p’a la casa a celebrar con un rico almuerzo que preparó la tía Maruja?, 
- Compramos helados en el Olmedo y nos vamos altiro. 
- A la noche celebra con sus amigos, pues, ahora es con la familia… ¿ya?
Y bueno, adiós a los yuntas, a los profesores, abrazos por doquier: 
- Que le vaya bien, 
- Usted tiene futuro,
 - Acuérdese siempre de su Escuela,
- No se olvide de nosotros. 
- Un orgullo haberlo tenido como alumno, pues joven. 
-¡Felicitaciones!.
En un desvencijado muro de la casa materna, podemos aún observar un diploma, enmarcado en la vidriería Angotzi, al que ya, casi, se le ha desteñido tu nombre escrito con letras góticas. Ese pedazo de cartulina amarillento, es vestigio de una hermosa etapa de tu vida, que llevarás, por siempre, grabada en el corazón.

VIRGEN DE ANDACOLLO

La historia de Andacollo es la de su Virgen y sus yacimientos de cobre y oro. Situado en el fondo de una quebrada, a 55 Km. al SE de Coquimbo y con una altura de 1.053 msnm, su origen es anterior a la llegada de los Conquistadores. A mediados del siglo XV, los Incas dominaron el territorio chileno hasta el río Bio-Bio y explotaron, entre otros, los ricos minerales de la zona coquimbana, Andacollo y Marga-Marga.
Por orden de Pedro de Valdivia, el capitán Juan Bohón fundó la ciudad de La Serena en 1544, cuatro años más tarde se sublevaron los indios de Copiapó y destruyeron la ciudad matando a todos los españoles con excepción de dos. El capitán Francisco de Aguirre reconstruyó la ciudad y pacificó los valles vecinos.
La voz Andacollo deriva del quechua Anta-Coya, que significa "cobre-reina". En este pueblo se encuentra la milagrosa imagen de la Virgen María que con tanto amor se venera año tras año, a través de los bailes religiosos, llamados "chinos", "turbantes" y “danzantes".
El presbítero Juan Ramón Ramírez recoge la tradición popular que asigna a un minero indio el encuentro de la imagen: En compañía de algunos familiares, el indio andacollino buscaba leña en la montaña cuando al desgajarse un gran pedazo movedizo apareció, medio oculta, una pequeña estatua de madera toscamente labrada, de tez morena de gracioso rostro.
Manuel Concha, en su libro "Tradiciones Serenenses", escribe sobre el hallazgo: 
"Cierta noche, un indio viejo dormía, con aquel sueño pesado del que ha trabajado sin descanso durante el día, en una de las catas de su amo, cuando notó que la mina se había iluminado súbitamente, y que la luz aumentaba en intensidad ... A poco, un punto más luminoso, que parecía el foco de aquella clara y dulce luz, principió a cambiar de forma, a tomar consistencia material, a delinearse algo que parecía un objeto flotante, una cosa impalpable. 
En seguida, oyó clara y distintamente, una vaga pero comprensible voz que le dijo: "Existe una gran riqueza a pocos pasos de ti; busca entre los peñascos más altos que se encuentran en la planicie que se extiende sobre tu cabeza. ¡Anda Collo!" Cesó la voz y la luz se extinguió. A la noche siguiente, se volvió a renovar la visión, y la misma voz dijo: "Tuyas serán las riquezas. ¡Anda, anda, Collo!!"
"Preocupado en exceso, dio cuenta a su amo de lo que había visto y oído. El español, en relación al indio, no vio otra cosa que el logro providencial de sus deseos: "¡Anda y descubre esa riqueza, pero como te vengas con las manos vacías te he de cortar las orejas!". 
El indio Collo partió, y a poco regresó trayendo entre sus brazos el busto de madera de una virgen toscamente esculpida. "Este es, pues, según la tradición, que no se apoya en documento alguno, el origen de la Virgen de Andacollo".
La primera imagen de la Virgen que se menciona en los relatos anteriores, no es la que se venera actualmente, ésta desapareció misteriosamente. Debido a que la capilla se encontraba sin imagen, perdió su advocación a la Virgen del Rosario y pasó a llamarse parroquia de San Miguel. Para recuperar su título, el párroco, Don Bernardino Álvarez del Tobar, inició una colecta entre los indios y vecinos, que reunieron la suma de 24 pesos y encargaron una imagen de bulto a Lima, que llegó a comienzos de 1676, y después de conseguir con la autoridad eclesiástica que el Arcángel San Miguel abandonara su puesto en honor de la Virgen del Rosario, la imagen fue bendecida el primer domingo de Octubre de 1676. 
No existe constancia de los favores concedidos por la primera imagen. Todos los milagros, algunos canónicamente aprobados, son obra de la venerada imagen adquirida en 1676.
Además de la simple ramada que cobijó a la primera imagen, el culto a la Virgen María ha originado la construcción sucesiva de cuatro templos.
A fines del siglo XVI le erigió una capilla el cura doctrinero Juan Gaytán de Mendoza. En 1676, con motivo de la llegada de la segunda imagen, el párroco Bernardino Álvarez de Tobar le levantó otra Iglesia. Un tercer templo se construyó por orden de Don Manuel Alday, obispo de Santiago. Por último, la gran basílica, asombro de visitantes y devotos, inaugurada el 25 de Diciembre de 1893, fue obra de los obispos: Don José Manuel Orrego y Don Florencio Fontecilla. Los planos fueron diseñados por el arquitecto italiano Eusebio Chelli.
Los milagros de la Virgen de Andacollo y del Niño Dios de Sotaquí, son conocidos en todo Chile y en el extranjero. Si se hiciera una crónica de de todas las gracias concedidas por la Madre de Dios y de su Divino Hijo, daría tema para un libro. 
Ya en el año 1748 y con motivo de la visita que hizo al santuario don Manuel Alday, obispo de Santiago, escribía un cronista: "Esta soberana Virgen acredita su augusto patrocinio y la confianza que en Ella tienen, con notables, frecuentes y recientes prodigios que se cuentan como curaciones repentinas de males envejecidos e incurables y aún de muertos resucitados".
Los bailes que durante tres días (24-25-26 de diciembre) se presentan, constituyen la gran atracción de la fiesta. En contraste con la variedad de danzas y comparsas que acuden a la celebración de la Virgen del Carmen en la Tirana, el 16 de Julio de cada año, muchas de las cuales son de origen peruano o boliviano, Andacollo defiende la pureza inmutable de sus tres bailes: chinos, turbantes y danzantes.
El baile chino es, sin duda, el más antiguo, exótico e interesante. 
Está formado por mineros que representan a los primitivos indios que veneraban a la Virgen. Su extraña y bárbara coreografía no acepta paralelo con ninguna danza folklórica europea. Visten los colores de los cerros nortinos: marrón, azulino, violeta o rosado. Pantalones anchos o cortos, adornados en la parte inferior con encajes y lentejuelas. 
Calzan zapatos u hojotas. Medias gruesas del mismo color del traje. En la camisa, llevan bordados un ¡Viva la Virgen!, el nombre del bailarín, pájaros y flores. 
El cinturón es ancho, de fantasía, con adornos de cuentas azules, verdes y rojas. Sobre las caderas penden los amplios culeros de cuero de los antiguos apires, adornados con espejitos y piedras de colores brillantes. 
Cubren sus espaldas con grandes pañuelos de fantasía. Por lo general, van descubiertos. Algunos se cubren con morriones o boinas tejidas. Los bailarines más antiguos usan casacas y pantalones de terciopelo. 
La danza consiste en una serie de saltos atléticos que inician con el cuerpo doblado en cuclillas. Saltan sobre un pie y después sobre el otro. Tan pronto se les ve en el aire como en el suelo. Se acompañan al ritmo de tambores de cuero y flautas de caña que emiten sonidos cortos, lastimeros y cadenciosos.

Fuente: www.geocities.com/catolicosdechile/andacollo.htm

FIESTA DE MATRIMONIO


Luego de la ceremonia religiosa, el matrimonio no sería tal si no se ha previsto una fiesta para celebrar. Un casorio sin fiesta no es un casorio, pues mijito,,,
En todo caso, es la preocupación número uno, antes de tomar la decisión de jurarse amor eterno por las dos leyes, porque “así tiene que ser”.
Mientras los novios hacen tiempo arrastrando latas por la ciudad, los invitados corren presurosos para llegar al lugar de la fiesta.
El champañazo de bienvenida, que incluye el acartonado vals de los novios, es la oportunidad para apreciar, con más detalles, el vestido de la novia y calcular, al ojo, los metros de cola y darse cuenta que el novio baila, con cara de imbécil, cualquier cosa, menos vals.
Se observan unos a otros y es el momento en que las mujeres comienzan a mostrar hombros, espaldas y pantorrillas; las más desinhibidas exhiben hasta los calzones.
Todos están con una copa en la mano, la mirada brillante y la misma sonrisa falsa que traen congelada desde la Iglesia.
De allí en adelante, se acaban todos los empaquetamientos de la ceremonia religiosa y pasamos al libre albedrío que proporcionan unos grados de alcohol en la cabeza.
Es en la fiesta cuando uno aprecia a la gente tal cual es, porque, desde que se escuchan los primeros ritmos de la orquesta tropicaloide, formada por un grupo de chatos con pantalón blanco, zapatos de cafiche y camisas con chorreras de colores injuriosos; comienza la excitación por el baile y hasta los gerentes más imperturbables bailan descalzos, hacen trencitos y túneles, mientras todo el resto come y bebe a destajo.
Se toman las típicas fotos con los padres y los suegros. El grupo de solteras chillonas esperan impacientes quién será la afortunada que cogerá el ramo de la novia y cuál será la sorpresa que sacarán al jalar la cinta de la torta.
Los solteros vitrinean, buscando con cual mina les puede resultar algo esa noche y esperan el lanzamiento de la liga, que el novio, previamente, le ha arrebatado a mordiscos a su flamante mujer. Algunas parejas de jóvenes se contagian con el hechizo y allí mismo formalizan su relación, acuerdan fechas y juran que se amarán hasta la eternidad.
Es el síndrome del matrimoneo.
Es la oportunidad en que las viejas recuerdan sus propias bodas llorando a moco tendido y las jóvenes se imaginan cómo va a ser la suya.
Los hombres disfrutan del trago, las bromas en doble sentido y hacen evaluaciones sobre cuales son las piernas más largas, las pechugas más grandes y el poto más espectacular de la noche.
Todo el mundo debe gritar para poder comunicarse, porque la orquesta pone tal volumen a los equipos, que, de la fiesta, se enteran todos los vecinos a diez kilómetros a la redonda.
Los novios van de mesa en mesa agradeciendo los regalos y colocando el ramillete de recuerdo en las solapas. Todo el mundo los felicita y les dan buenas vibras: que la suerte les acompañe, que sean eternamente felices, que se lleven bien. Que les resulte, chiquillos, poh.
La partida de la torta, de, por lo menos, cuatro pisos, con los novios agarrando juntos el cuchillo y mirando con una sonrisa gansa a la cámara, marca el momento final.
Cuando los hombres comienzan a lucir una mirada de pescado y a las mujeres les apareció la última ampolla en los talones de tanto bailotear con zapatos nuevos; cuando se acabaron los chistes para reír a mandíbula batiente, cuando a casi a todos se les traba la lengua para hablar, cuando los peinados femeninos han perdido todo el glamour y más de algún collar de perlas de fantasía se desgranó por el piso... llega el momento de marcharse.
Porque son las cinco de la madrugada, los novios se fueron hace horas, los niños que actuaron de pajes están dormidos en las rodillas de las tías solteronas, ya nadie tiene puchos, y ninguno posee energías suficientes para bailar una guaracha o un corrido; sólo queda en las mesas algo de maní tostado para picar y en los manteles se ha vaciado más de un vaso de vino tinto, al que las abuelas le han puesto encima un poco de sal. Esa fiesta dará tema para un pelambre de peluquería que durará como un mes, aproximadamente.

-¡Puchas que estuvo buena la fiesta!...-¡Mis pies están hinchados!...-¡Tengo la garganta como lata! -¡Estoy muerto de sueño!... -¿Alguien me podría llevar a mi casa?

LA FERIA

Ha sido lo que ha caracterizado el movimiento de la ciudad desde siempre. Es como la tarjeta de presentación de la Perla del Limarì: brinda intercambio comercial, social, transporte; y es el reflejo de cómo se han dado las cosas en la zona: Allí se nota cuando hay abundancia de todo, cuando los porotos granados no se encuentran o cuando dicen con pena: “no tengo peras de pascua, casero, se dieron muy chicas,...¿no ve que este año llovió poco?”.
El ajetreo comienza la noche anterior, con la llegada de los camiones con sus cargas, iniciando la jornada de madrugada: armado de los puestos, acomodar fruta, verdura, huevos, flores, harina tostada, quesos, berenjenas, luche, cochayuyo y pescado. 

Hombres y mujeres se dedican con ahínco a la tarea de preparar el lugar, con sacos y cajones al hombro. 
Siempre está presente la talla espontánea, el comentario, la broma en doble sentido, se trabaja sonriendo y en buena onda. Cuando todo está listo, llega el momento de sentarse en un cajón a tomar el desayuno con una buena taza de té, en un viejo jarro de loza saltado y un generoso sanguche de queso de cabra.
Es un lugar para ir de compras y socializar; recrear la retina con el festival de colores que brindan las zanahorias, limones, tunas, naranjas, manzanas verdes y rojas; además de disfrutar de los agradables aromas a comino, cilantro, menta, hierbabuena, hinojo, damasco y oír los pregones de los feriantes: “barata la papa, casera”, “alcachofas, ocho por luca”; o a la señora que, hace tiempo, vendía hierbas medicinales: “toronjil cuyano, matico, hierba luisa, romero, eucaliptos...toy olorosa, toy olorosa”; ver pasar al anciano que ofrecía las famosas peinetas “pantera” y encontrarse con la “chata Rosa”, bien peinada, ataviada con un vestido inverosímil: casi ajustado, casi llamativo, casi de bataclana; con zapatos antiguos y labios pintados de rojo furioso, ofreciendo sus bolsas plásticas.
Desde hace tiempo se ubica en (lo que era) la enfierrada y mohosa Maestranza, pero no ha perdido el encanto que otrora tenía en Alameda o en David Perry. 

Se ha extendido el abundante y colorido comercio de ropa, zapatos reciclados con “media suela”, artículos de plástico y siempre puedo encontrar por ahí algunos amarillentos ejemplares del “Reader Digest” de los 60’s, una baraja de naipes y un matamoscas. 
Es agradable probar las tentadoras aceitunas amargas ahí mismito, cuando te las ofrecen en un cucharón. Ah!, nunca olvido el apio, las papayas, un fresco atado de berro y una sierra ahumada.
Después del almuerzo de los pueblerinos, con el típico plato de jurel frito con ensalada a la chilena; el movimiento cede en el sector para dar paso al del centro, donde acuden presurosos a comprar ropa, zapatos nuevos, abarrotes, música mejicana; para terminar en el “Roseland” o en “La cueva del chivato”, bebiendo un metro cuadrado de tibias cervezas escuchando el “Corre, corre camioncito”.
En el lugar ha quedado el rastro de una jornada febril: lechugas mustias esparcidas por doquier, unas cuantas chalas de choclo; cáscaras de tunas, sandias, melones, nueces, maní y los tomates que no se vendieron por maduros. 

Hay que barrer, ordenar y limpiar todo. Guardar lo que ha quedado, cargar el carretón de los fletes y prepararse para la próxima jornada del lunes, miércoles o viernes..."el día de Feria”.

¿Qué andai haciendo por acá? ¿Estai de vacaciones? ¿Cómo te ha ido? ¡Anda pa’ la casa, puh!...Me encanta ir a la feria.

AMISTAD

A propósito de la buena onda de los encuentros de ex compañeros de Escuela: haciendo zapping, encontré, en el cable, una curiosa nota magazinesca: un curso completo de niñas regias de un Colegio pituco, prometieron, el día de su graduación, encontrarse, una vez al año, en un determinado hotel, hasta que todas murieran. Cuento corto, cumplían cincuenta años de reunirse, por tal motivo, una periodista, entrevistando a una linda y agradable abuela, le pregunta: 
- Cuénteme: ¿Cómo ha sido esta experiencia?: “Ay mijita, ha sido maravilloso, hemos sido muy buenas amigas, todos estos años vinimos, casi todas, cuando alguna faltaba, al año siguiente aparecía, pero siempre quisimos venir y no perdernos, un fin de semana al año, la oportunidad de estar juntas. En el camino algunas fallecieron, pero siempre, las que fuimos quedando, seguimos manteniendo este vínculo. 
- ¿De qué se habla en estos encuentros, se puede saber?: Al principio, en nuestras reuniones, la conversación giraba en torno a los hombres, luego al pasar los años hablamos de maridos, de hijos, de divorcios, de nietos y ahora, cuando todas pasamos lo barrera de los setenta, sólo hablamos de los remedios que tomamos”.
El resumen que hizo, con una sonrisa encantadora, la bien conservada septogenaria, es, ni más ni menos, un himno a la amistad, junto a un paralelo de la vida misma. Estas mujeres compartieron una escuela, un banco, pero, luego del colegio, continuaron conllevando la existencia: penas, dolores, angustias, pérdidas y, por supuesto, dichas, esos momentos álgidos que todos merecemos. Aprendieron que una pena compartida es media pena y que una alegría participada se multiplica. No se perdieron. El tiempo juntas las marcó para siempre.
Según Carl Rogers, el proceso de convertirse en persona comienza en la célula fundamental de la sociedad que es la familia y, cuando llega el momento de socializar, continúa en la calle, con los vecinos, los compañeros de escuela, de Universidad, en el trabajo y muchos otros seres humanos que comienzan a formar parte de nuestra vida. 

Nadie tiene vocación de Robinson Crusoe. 
Siempre buscamos compartir con personas que tienen nuestros mismos intereses: deportes, labor social, religión, manifestaciones artísticas, aficiones, en fin, la lista es larga…, o, cuando nos toca crecer en un mismo barrio, es allí cuando aparecen estos personajes que se llaman AMIGOS: esas personas con las que no tenemos vínculos sanguíneos, sino que las elegimos y nos eligen. De allí surge la amistad y nos damos cuenta que los incorporamos a nuestra cotidianeidad y que no podemos continuar por la vida sin ellos.
Los estudios superiores, el servicio militar, el matrimonio, el trabajo de los padres o el propio, y muchas otras razones, nos alejan de ellos, pero, como canta Domenico Modugno: “La distancia… ¿sabes?, es como el viento: apaga el fuego pequeño, pero enciende aquellos grandes”; por eso es que, a pesar de las separaciones físicas, el sentimiento se mantiene o muere, dependiendo de la profundidad con que lo hayamos construido. 

Allí surgen las cartas, las llamadas telefónicas, los saludos de cumpleaños, fiestas de fin de año y de un cuanto hay. La idea es mantenernos en contacto, como sea; porque, sencillamente: los queremos y nos quieren.
No se puede vivir sin amistad. Por eso, a cada lugar que llegamos, nos hacemos de nuevos amigos y así sucesivamente, porque los necesitamos y nos necesitan.
Las ancianas nos demostraron que la amistad no fue una promesa hecha al aire, la hicieron vida y siguieron juntas en el camino que la existencia les deparó a cada una. 

Lo que se mantuvo allí fue una relación, algo que nace, se conserva y termina con la participación de un cincuenta por ciento de ambas partes. 
Se dice que se puede contar con una mano a los verdaderos amigos y sobran los dedos; el dicho tiene algo de razón. Seamos amigos, seamos hermanos.

“Un amigo fiel es refugio seguro; el que lo halla ha encontrado un tesoro”
“A loyal friend is a powerful defense: whoever finds one has indeed found a treasure”
“L’amico fedele é solido rifugio, chi lo trova, trova un tesoro”
Eclo 6,14

JUEGOS DE NIÑOS


Cuando éramos unos desgarbados infantes en mi barrio de la Villalón, todas las tardes, luego de hacer las tareas pa’la casa, salíamos a la calle a jugar con nuestros vecinos. Necesitábamos sencillos elementos para entretenernos por largas horas: una desteñida pelota, un pañuelo raído, un palo de escoba o, por último, nuestras palmas y gargantas; pero lo fundamental eran los amigos.
A veces, hasta que oscurecía, estábamos todos sentados en el cemento jugando al “Corre corre la huaraca, el que mira para atrás se le pega una patá…”. Otras, el grupo se apoyaba en la pared de una de nuestras casas para que la chascona líder del grupo gritara con voz de alcaldesa: “Ha llegado una carta,… ¿para quien?, respondíamos a coro... para la Charo… ¿qué dice?...que camine a pasos de pulga… Luego le tocaba el turno al guatón cuatro ojos, que dirigía el coro para cantar. “Al pirulín, pirulín pirulero, cada cual entiende su juego…en que no lo entenderá, una prenda dejará…” y comenzaban a acumularse pulseras, pañuelos, cadenas de fantasía o un par de sandalias y hasta una pata de conejo que dejaban los distraídos. Las prendas se rescataban con inocentes penitencias.
Divertido también era jugar a las escondidas, se contaba hasta 100 y luego se salía a buscar a los ocultos participantes. No faltaba el que se escondía tan bien que no lo encontrábamos nunca. Entre hombres jugábamos a los rudos “cow boys”, con pistolas de plástico, mientras las niñas patas flacas bailaban: “Yo soy la marinerita, niña bonita del regimiento…y todos los soldados me saludan al pasar…”. No teníamos ningún inconveniente sexista para saltar juntos sobre un cordel que batían los más grandes o, sencillamente jugar al “luche” dibujado con tiza en la vereda. Tampoco era un drama integrar a las niñas para jugar al “paco y ladrón”, fabricarnos “zancos” con tarros de durazno o un teléfono con dos latas de arvejas y un hilo.
Entretenido era jugar al mate, que consistía en utilizar una piedra lo suficientemente esférica para poder golpear la del compañero y por cada golpe, se pagaba con el envoltorio de una cajetilla de cigarrillos doblada como imitando a un billete. Todos andábamos a la pesca de las cajetillas vacías de Lucky, Hilton o Belmont, tiradas en la calle, para doblarlas cuidadosamente y proveernos de “dinero”.
También recuerdo lo divertido del: “Juguemos en el bosque, mientras el lobo está…¿lobo estás?, donde participaba hasta la Mochy, mi perra; que resultaba hilarante cuando venía la “fiera” agarrando a los más chicos con un griterío que reventaba tímpanos; pero, todos queríamos seguir jugando, para arrancar, gritar y reírnos;… y, con la Mochy ladrando, obvio.
Éramos niños creativos, sanos y felices.

Dedicado a mis vecinos: Los niños Tamblay: Marcelino y el Sime; los Pereira García: Choly, Huka, Willy, Carlos y Romina; la Juanita Huerta, los Cifuentes Boyd: Mario, Marinka, Verónica y Vilma; los Montenegro: Hugo, Lautaro y Arturo, la Pacho, Mónica y Carmen; los Ovalle: Juan Carlos y la Moniquita Cecilia; la Chacha y el Jilo; los Segovia Quevedo: Pato, Leo, Lalo y la Mirita; la Luisa Jiménez, la Chabela y la Tala Peña y Lillo; los Torrejón Bonilla: Raúl, Rolando, Rosa; y los Regodeceves García: Tita, Mely, Cheve e Ivo.
Los llevo en el corazón.

GUANAQUEROS


“Sentado frente al mar, mil besos yo le di, después le dije adiós, todo termina aquí y ella me dijo así: abrázame y verás, que el mundo es de los dos, salgamos a correr, busquemos el ayer, que nos hizo feliz: Guanaqueeeros, Guanaqueeros, me alejé de ti, sin saber porqué, y yo la dejé sola frente al mar, bajo el cielo azul de Guanaaaco…” 

Así rezaba una adaptada canción de Los Iracundos, que cantábamos, en los 70s, con guitarreo y a coro, quemando un neumático viejo, en las animadas fogatas de las frías noches veraniegas, en la limpia playa de nuestro querido balneario.
A Guanaqueros se llega por la carretera panamericana, saliendo por La Chimba, pasando por Socos, Quebrada Seca y otros pequeños poblados; para tomar el camino de acceso, que hace unos años, era de tierra, motivo por el cual, siempre llegábamos empolvados como berlines y escupiendo un adobe.
Es una pequeña caleta de pescadores, que se extiende sobre el borde oriental de los deslindes del Cerro Guanaqueros, dando sus casas en dirección norte al océano pacífico. Posee una bahía de 17 Km. que incluye los balnearios de Las Mostazas, Morrillos, Las Tacas y Totoralillo. 

Según el censo del año 2002 cuenta con 1.395 habitantes. 
Sus primeros lugareños fueron los Diaguita, quienes explotaron con medios artesanales los recursos pesqueros y cupríferos que dispone la localidad. 
El agua es de una temperatura ideal, tibia, con una arena blanca y limpia de contaminantes.
Es un lugar que conserva la tranquilidad, sencillez y encanto de un pueblo rural. 
El restaurante “El pequeño” ha sido, por años, el más popular, tanto como el local del suizo, que tiene los únicos juegos de billar, taca-tacas y otros electrónicos.
Si hay algo característico es el “Camping”, que año a año se llenaba de argentinos (cuando tenían el dólar 1=1), principalmente, cuyanos de las provincias de San Juan, Mendoza y San Luis, a quienes les resulta más sencillo y económico venir a nuestro país, que alcanzar a Mar del Plata, Santa Teresita, La Salada, Miramar, Bahía Blanca u otras playas de la costa atlántica. “Mirá, que barato, che…”
Nuestros días de playa transcurrían con lentitud, disfrutábamos del pescado fresco recién comprado en el muelle, nos exponíamos como ranas al sol, para quedar como zulú, y luego comenzar a despellejarnos como serpientes. Al bañarnos, siempre era posible sentir, en los pies, las picadas de las jaibas y las machas que estaban a flor de arena.
Guardo en mi memoria varias escenas inolvidables: las gorditas y gorditos, que todos los días, frente al camping, sudaban con ejercicios matinales con la ilusión de bajar la pancita. 

Luego, a media mañana, la llegada de los veraneantes con sus equipos de radio ensordecedores, el despliegue de toallas gigantes y de quitasoles multicolores (todos made in Taiwán), los pedantes de siempre que se instalan a jugar a las paletas justo frente a los que queremos leer tranquilos, los gritos de los cabros de porquería: “Mamá, mírame, me voy a tirar un piquero”, el espectáculo que brindan los pelícanos cuando se lanzan en picada y el canto de las gaviotas armonizado con el ruido de las olas. 
El maní tostado y confitado, los cuchuflí, el pan de nata, las palmeras, el vendedor de diarios, los chocolitos y de piña son los loly-pop, para la sed y el calor y la novedad del año para los regalones, son algunas de las típicas ofertas veraniegas. 
Nunca olvidaré las peticiones mutuas para embadurnarnos la espalda con bronceador y al bullicioso grupo que agarra a la amiga fome, que no se quiere meter al agua y es lanzada al mar estrepitosamente, con chinita incluida. Todos, protagonistas y espectadores, muertos de la risa.
Guanaqueros tiene el encanto de un clásico balneario de clase media, en donde lo más importante está en disfrutar de playa, cielo, sol y amor, en compañía de la gente que queremos.

A la memoria de don Fritz Willy Linderman (El suizo), quien llegó a ser un auténtico guanaquerense, dándole al pueblo un perfil característico con su famosa torre.

GIRA DE ESTUDIOS


Volcán Villarrica
Era el clásico paseo de fin de año de los cuartos medios. De estudio no tenían nada; pero, el nombre era una meritoria, plausible y razonable justificación, para que un grupo de espinillentos, a fin de año, nos embarcáramos, con profesor jefe y algunos apoderados, en una micro malacatosa y nos fuéramos de paseo, por unos cuantos días, con todos los gastos pagados; total, para eso nos habíamos sacrificado todo el año vendiendo diarios viejos y botellas vacías y como concesionarios del kiosco, en donde ofrecíamos, a nuestros consumidores, un esmerado servicio de “snack”: pan solo, con mantequilla y con salchichón cerveza y , para beber, coca y fanta.


(En una oportunidad, en el Kiosco, un compadre nos hizo una insólita propuesta: “¿Sabis qué? la plata no me alcanza más que para un migudo pan solo, pero, por favor, ábrelo, métele una rodaja de mortadela, apriétala bien, la sacai y me lo dai pasadito a chancho, al menos me lo comeré con el olorcito, cachai?”. Por la originalidad de la petición, este paupérrimo, osado y creativo cliente, se fue feliz con sándwich de mantequilla y mortadela a precio de pan solo, porque nos hizo cagar de la risa).

Ese año nos preocupaban tres cosas: obtener un buen promedio acumulado de la enseñanza media, rendir una buena PAA e irnos de gira de estudios. 
En Matemáticas no habíamos llegado más que al Baldor, porque en los tres años de la UP, o estábamos en huelga o no teníamos profesor, entonces debíamos recurrir a los “nerds” para que nos ayudaran a resolver los ejercicios de álgebra con dos incógnitas para encontrar el valor de equis o esas torturas cerebrales llamadas matrices, derivadas e integrales. 
Con el fin de ejercitarnos para la prueba de aptitud académica, conseguíamos algunos facsímiles y podíamos asistir al primer pre-universitario que hubo en Ovalle, cuyo propietario era Don Mateo Yuras, nuestro profesor de Castellano y Filosofía.; que funcionaba en calle Coquimbo en una sede social. 
Para los que continuamos en la Universidad, fue un suplicio aprobar los créditos de una introductoria Matemáticas 101, a la que habíamos llegado sin, ni siquiera, conocer las trigonométricas palabras seno, coseno y tangente. Fue difícil el cuento.
Juntar plata con un baile era cosa seria, porque eran los tiempos de las fiestas “de toque a toque”, por disposiciones del gobierno militar. Se debía pedir permiso en la comisaría, llevar una lista triplicada con los nombres de los participantes con su respectivos carné de identidad y comprometerse a que nadie abandonaría el recinto hasta la madrugada del día siguiente. Si te pillaban en la calle en horario de “toque”, no te salvabas de ser detenido, conducido a la comisaría y rapado, dejándote, por casi un mes, con pinta de casto monje Hare Krishna.
Las giras, por lo general, comenzaban en Santiago y continuaban al sur, a ciudades como Concepción, Temuco, Puerto Montt, Puerto Varas, Frutillar y, los que tenían más billete, lograban llegar hasta Chiloé. 
Era típico encontrarse en esos lugares con grupos de chicas de colegios del país, que andaban en las mismas. ¿De dónde son ustedes?... de Ovalle… ah, ya…
Había para hotel, comida, trago, discotecas, paseos a caballo, en bote, fotografías en Viña, en el salto del Laja, en fin, en los extras, una “vaquita” solucionaba todo. 
Dormir en los viajes de noche, tomar cafecito de un termo, cantar el “pare chofer…”, beber todos de una misma botella de pisco, compartir un pan con queso, una empanada, un dulce de La Ligua y fumar de un mismo pucho entre cuatro, era algo cotidiano, que consolidaba vínculos. 
En dos semanas se terminaba la plata y se volvía con la ropa sucia, la piel tostada y el bolso cargado de artesanías de los lugares visitados.
Al regresar, se revelaban los rollos, para luego organizar una reunión sólo para apreciar las fotografías y lanzar alaridos al verse en esos lugares, que para todos habían sido paradisíacos. 
El tema duraba para más de un mes, contando a todo el mundo las anécdotas, cachiporrearse de haber conocido Chile, disfrutado, la mayoría por primera vez, de un curanto con chapalele en Angelmó, saboreado longanizas en Chillán y tener una foto vestidos con un traje de baño calzonudo, abrazados, con las patas en el lago Villarrica y el volcán al fondo. Esas giras, de estudio, no tenían nada.
Pero no les quepa la menor duda,…lo pasamos la raja.

EL TIEMPO PASA...

No soy calvo. Me estoy dejando crecer la frente


Admitámoslo. Hacemos lo imposible para que las huellas que deja el tiempo en nuestro cuerpo no se noten, pero, no podemos detener el calendario. Cuando ya pertenecemos a la categoría de los cuarentaitantos o cincuentaipocos, una serie de síntomas nos delata. Ya no tenemos veinte y…hay que apechugar no más, puh, Diaguita. Sorry.
Las mujeres, al reparar en las primeras patas de gallo, pegan tremendos alaridos frente al espejo y comienzan a estucarse con cremas anti-arrugas. Para qué decir de lo aterrador que es, para ellas, notar la aparición de las detestables, horrendas y envejecedoras canas, porque, inmediatamente, se tiñen el cabello, quedando como escobas de Chimbarongo.
Bueno, nosotros no somos tan amigos de pintarnos el pelo, convencidos por las féminas, quienes dicen que los hombres de cabello gris somos más interesantes. Pero, hay otros indicios, que vienen con la edad, que debemos asumir:

- En tu cuerpo, todo cae dos centímetros. Todo. Lo único que sube son las encías.
- Ya nadie te dice “joven”, sino que se dirigen a ti como: señor, caballero o tío.
- Los lolos, en las micros, te ofrecen el asiento.
- Ya eres abuelo o tío-abuelo.
- Te crecen las tetas.
- Ves todo borroso, la guía de teléfonos te resulta una tortura; mucho menos puedes leer las prescripciones que vienen en los remedios. El menú, en un restaurante, te lo tiene que leer el mozo. Para chequear quién te llama por el celular, lo tienes que alejar lo más posible o, sencillamente, contestas a todas las promociones de la telefónica.
- Te compras ropa talla cincuenta.
- Acudes a controles médicos una vez al año, incluyendo la aterradora consulta al Urólogo.
- Ya pasaste unas cuantas veces por el quirófano.
- Si vas por la calle, con más de una Lola del brazo, ya no te dicen “cuñao”, sino: “suegro”.
- Si juegas una pichanga, te sacan en andas, no celebrando un gol espectacular, sino porque casi te da un infarto.
- Conoces palabras nuevas, raras e impronunciables: triglicéridos, hemoglobina y leucocitos.
- Los párpados se te caen y tus ojeras parecen bolsas de té.
- Si bailas un pie de cueca, queda la tendalá, porque te tienen que echar aire, abrir cancha para que respires y te chantan un vaso de agua en la boca.
- Luces una ponchera tan prominente que, cuando usas pantalón corto, te pareces al Coné.
- Te comienza a crecer pelo donde nunca tuviste y donde tenías, se te pone blanco o se te cae.
- El médico te recomienda que dejes el cigarrillo, el trago y el café.
- Tienes que ir al podólogo, porque las uñas se te encarnan y te crecen arqueadas.
- Padeces, temporalmente, de insomnio y no tienes idea por qué.
- Un resfrío no se te va en tres días.
- Ya no puedes hacer fuerzas extremas porque sufres de lumbago mecánico
- Te ponís llorón.

Todo esto es parte de este proceso que se llama VIDA y debemos tomarlo con la mejor medicina rejuvenecedora que existe: EL HUMOR.
Asumamos que el tiempo pasa y dejemos que se note del modo más natural posible y enfoquemos hacia lo positivo: tenemos más experiencia en todo, somos más expresivos con los sentimientos, nos atrevemos a decir TE QUIERO MUCHO a las personas que amamos y valoramos enormemente la familia y los amigos. Nos tomamos todo con calma, somos más tiernos, nos detenemos en las personas y ya no discutimos con los porfiados. Ya no manejamos a ciento cuarenta, porque comprobamos que es una estupidez y disfrutamos del paisaje escuchando un CD con música de los 70’s.
Sin mirarnos en el espejo, estamos y nos sentimos mejor que nunca, dispuestos a disfrutar de la vida intensamente.

TELÉFONO

Nuestra generación utilizaba unos pesados aparatos negros, de plástico duro, que cuando se levantaba el auricular, respondía una diligente operadora con voz programada: ¿Número? uno dictaba la cifra de un dígito, máximo tres, ella lo repetía, se producía un sonido de enchufe y comenzaba el característico ring-riiiing de punto-raya.
Como los que tenían receptor eran contados, era habitual usar el teléfono público del negocio de la esquina. Se pedía llamada con tiempo y tarifa, y luego de colgar, a los segundos, devolvía la llamada la voz programada: “Son diez pesos, con veinte centavos…” Si uno quería comunicarse para El Palqui o Punitaqui, el sistema era con mensajero, de modo que, luego de unos quince minutos, te llamaban de vuelta:…hablen…! poniéndote con la persona con la que querías conversar. El servicio era más caro, obvio.
Un llamado de larga distancia era mucho más complicado, primero escuchabas todos los sonidos emitidos por la manipulación de teclas que hacía la operadora y te preparabas para gritar como deschavetado, porque el audio era de pésima calidad y, por lo general, había interferencias…Si uno iba a llamar a la CTC, podía escuchar, claramente, conversaciones ajenas:

Aló?...cómo están todos por allá?…bien, oye, nosotros estamos bien, todos alentaditos…mi tia Eduviges les manda muchos saludos…bien ha estado mi tía,..¿Aló?… oye…hace harto calor aquí en Ovalle …¿ah?...dime, como está la Chabela…¿ha crecido?...¿Aló?… la hemos echado harto de menos, oye…¿ah? dile que la esperamos pa’las vacaciones, que vamos a ir al río, que le gusta tanto… ¿Aló?…ayer te mandamos una encomienda por andes mar bus…por andes mar bus…te digo que va por andes mar buuuuuuuuuus…!

Teníamos harto respeto por el aparatito, el que, algunas veces, te producía un leve cosquilleo eléctrico en los labios, que pensabas que te iba a electrocutar. 
Cuando uno contestaba, casi siempre lo hacía jadeando, porque el punto raya, primero te hacía saltar y luego correr, porque: o era algo muy importante o una mala noticia, sobre todo, si sonaba como a eso de las siete de la mañana; ya que así nos enterábamos que había nacido Claudito, pesando tres kilos ochocientos (puchas el cabro pa’grande pos’oye) que a la tía Eduviges la habían llevado grave al jota jota Aguirre, que el abuelo Remigio había sufrido una apoplejía o que a la bis-abuela Nicasia se le había ocurrido la brillante idea de estirar la pata. 
Por eso es que la palabra teléfono te provocaba escozor, sobre todo si te venían a golpear la puerta y decirte que debías acudir pronto a la cabina del negocio de la vieja Eulalia. Como todo el mundo se enteraba de lo que hablabas, era fijo que ahí mismito recibías felicitaciones o pésames, dependiendo de la noticia.
A las madres siempre les aquejaba un justificado ataque de espanto cuando la lola de la casa comenzaba a pololear o cuando las chiquillas liceanas llamaban a cada rato al pailón de la familia, porque se pegaban por horas al asuntito, lo que significaba que al momento de recibir la cuenta se escucharan alaridos por el alto costo, y las amenazas de cortar definitivamente la línea, …porque no es posible, niños por Dios, tanta plata que se gasta en teléfono en esta casa.
Como los tiempos han cambiado considerablemente, hoy no se concibe que alguien no tenga un celular adherido en alguna parte del cuerpo y cuando le suena a uno, todo el mundo a su alrededor se toquetea, lo saca y chequea para comprobar si la melodía del “baile del perrito” la emite el suyo. Extraño el ring, riiing de punto-raya.
Hoy en día, cuando viajamos en bus para Ovalle, es habitual que, desde la partida, los sonidos más inverosímiles interrumpan el plácido viaje y los pasajeros, al contestar, utilicen el mismo decibel de una antigua y nostálgica llamada de larga distancia: Aló? Si, ya pasamos el peaje de Pichidangui, yo calculo que en dos horas estamos por allá. Ya….ya….ya….ya oh….si….ya….ya...

EL PADRE CUPERTINO

Cupertino Cortés RiveraNace en María Elena, II región, el 5 de agosto de 1949. Realiza sus estudios primarios en su pueblo natal y continúa posteriormente su formación al Sacerdocio en los seminarios: Conciliar de La Serena, San Rafael de Valparaíso y Pontificio de Santiago. 
  • 1977: el 25 de marzo, recibe la ordenación sacerdotal, junto al Pbro. Alejandro Silva, en la Catedral de La Serena, de manos del entonces pastor de la Arquidiócesis Monseñor Juan Francisco Fresno L.
  • 1978: es nombrado Vicario Cooperador de la Parroquia San Vicente Ferrer de Ovalle, en donde también se desempeña como profesor de religión del Colegio La Providencia. Posteriormente es trasladado a la Parroquia Inmaculada Concepción de Punitaqui, desde donde se hace conocido en La Chimba, Quilitapia, Los Mantos, Delirio, Pueblo viejo y todos los pueblos de los alrededores. Testigos de su labor pastoral están las Capillas por él levantadas en todos esos lugares. Está presente, todos los años, en Sotaquí, donde es el encargado de celebrar, por las noches, la novena antes de la Fiesta del 6 de enero y acompañar al Obispo en la procesión.
  • 1989: asume la recién fundada Parroquia María Reina de los Apóstoles, en Pan de Azúcar, en donde le corresponde levantar el Templo, la sacristía y la casa parroquial, que vinieron a reemplazar la llamada “Catedral de cañas”, una capilla construida por los vecinos con este material; que todos los ovallinos veíamos al hacer viajes de ida y vuelta a La Serena o Coquimbo. Durante el desempeño de su ministerio sacerdotal, el Padre Cupertino siempre se siente atraído por el mundo de la comunicación social. Cumple tareas de comentarista en radios Cooperativa, Nacional, Canal 8 UCV y canal 5 Telenorte. También escribe una serie de Novenas a María, al Niño Dios, a San Pablo, San Lorenzo y a otros santos de devoción popular.
  • 1998: Fallece el 27 de enero, en Pan de Azúcar, a causa de un infarto cardiaco, mientras celebra la Novena a María Reina de los Apóstoles, en preparación al 9° aniversario de la Parroquia. Tenía 49 años de edad. Se ganó el cariño de muchos por su sencillez, buena onda y voluntad de oro. Un cura campechano, simpático y bueno pa’la talla.
Sus restos descansan en el Mausoleo del Arzobispado, en el cementerio general de La Serena.

BODA

Cuando una pareja, luego de un atormentado romance, toma la firme decisión de seguir juntos por la vida, procrear y hacerse la vida imposible mutuamente; de acuerdo a códigos sociales de gente decente y para no escandalizar a la tía Clotilde, deben pasar por el Registro Civil, donde un empleado del estado oficia una gélida formalidad de no más de diez minutos y, frente a testigos, se firman documentos, se recibe una libreta y se sale del brazo convertidos en marido y mujer, acompañados de los consabidos lagrimones de la parentela.
Si la familia es católica, apostólica y romana, deben acudir, necesariamente, a la Iglesia, para recibir el sacramento del matrimonio, sellando así un compromiso hasta que la muerte los separe. 
Este es un acontecimiento social que produce una parafernalia que no deja indiferente a nadie y que todas las mujeres quieren vivir, porque los hombres, en gran porcentaje, acuden al altar porque la suegra les dijo: “de esta casa, la niña no sale si no es con traje blanco, mijito, por Dios…”
Si alguna vez, pasando por la Plaza, a eso de las siete de la tarde, observamos algún movimiento en la Iglesia San Vicente Ferrer, seguro que es un matrimonio. La llegada de los invitados es casi parecido al fenómeno de la alfombra roja en Hollywood: todo el mundo producido, las mujeres ataviadas con vestidos de boutique, con innumerables accesorios dorados, los hombres empaquetados, tiesos, los zapatos impecables y con olor a agua brava.
Los sapos, por supuesto, nunca faltan.
Los personajes que se quedan en la puerta del templo miran el reloj cada dos segundos, porque la novia está atrasada y es parte de la tradición que la comadre debe llegar tarde.
La entrada al templo con la marcha nupcial, con los niños de la familia vestidos de pajes, es algo espectacular, que hace recordar la boda de la Froilan María con el Capitán Von Trapp en la “Novicia Rebelde”.
Se da comienzo a la ceremonia religiosa, y el noventa por ciento de la gente (auto-proclamada católica), no tiene ni la más mínima idea de cual es el preciso momento en que debe responder: amén. Comienzan a mirar hacia los costados y atrás para imitar al resto cuando es necesario estar de pie o sentados siguiendo la liturgia. 
Se dan la mano, en el rito de la paz, como si estuvieran participando de una concentración política y están todos tan compungidos con zapatos nuevos que aprietan, corbatas que estrangulan, peinados que dejan los ojos tirantes, la alta temperatura del templo, en fin, que, en conjunto, parecen el museo de cera en vivo. 
Nadie está pendiente de lo que, realmente, está sucediendo en el altar, porque la mayoría de las mujeres, luego de haber chequeado muy bien el vestido y el peinado de la envidiada blanca y radiante, contando, una por una, la cantidad de perlas que se incrustó en el cuero cabelludo, luego de cuatro horas de peluquería; se están pasando revista mutuamente, compitiendo por: quien luce el vestido más caro, el escote más atrevido, las joyas más fantasiosas, el peinado más ridículo, la pintarrajeada de rostro más patética y el marido con más panza. Hay mucho flash, cámaras filmadoras y todos lucen una congelada falsa sonrisa.
Cuando se escucha la famosa marcha nupcial a todo chancho y los novios salen radiantes tomados del brazo, es el momento en que todos se preguntan: ¿Ya terminó?. Falta la lluvia de arroz y la salida en el auto con un montón de tarros vacíos pegados en la cola, para que todo haya finalizado como la tradición manda.


- ¡Qué lindo el vestido de la novia!, ¡Qué buen mozo el novio!,¡Qué linda pareja..¿ah?! ¡VIVAN LOS NOVIOS!

EL CORALITO


Hasta los 70s, los días lunes, miércoles y viernes; la calle Benavente, desde el almacén Martinac por una vereda y el de los Yurín de la otra, hasta llegar a la calle Balmaceda, se atestaba de micros del interior. Estaban: la de Sotaquí, La Paloma, Monte Patria (la micro del Chancho), El Palqui (la idem de doña Pascuala), Agua chica, Dos Rios, Tulahuén, Combarbalá, Pedregal, Mialqui, Los Clonquis, El Maitén y de todos los pueblos que conforman el generoso valle del Limarí.
Dentro de ese nutrido, matizado y colorido grupo, destacaba un tipo de transporte muy original, que según algunos conocedores, era único en su género: un camión que tenía la particularidad de poseer cabina, asientos para pasajeros y espacio para carga, todo en el mismo vehículo: se llamaba El coralito y prestaba servicios para el pintoresco pueblo de Carén. 
Eran lo tiempos de los viajes sacrificados, cuando no había rutas pavimentadas, cuando se madrugaba para estar en Ovalle a las siete u ocho de la mañana y luego, se partía alrededor de las cuatro de la tarde para llegar al pueblo a la oración, a pasarse un plumero por la cara llena de polvo y con la boca más seca que lagarto de museo.
Las personas de los pueblos rurales, siempre llegan a Ovalle para vender sus productos y abastecerse de lo necesario para subsistir en el campo. 
Aparte de comprar alimentos, se requería portar herraduras con sus respectivos clavos, malla ovejera y para gallinero, alguna brillante tetera de aluminio, una lámpara a carburo o parafina, de esas con tubo rosa, u otra que utilizaba una camisa que se inflaba con un bombín, algunos metros de soga o de manguera plástica y hasta, de vez en cuando, una cocina a leña o kerosene, una carretilla o algunas planchas de calamina. ¿Cómo trasportar todas esas cosas al pueblo?. -En El Coralito, poh; ningún problema!. 
Las micros cargaban cajas y paquetes en la parrilla del techo. Algunas veces se podía ver hasta un ataúd comprado en Funerales Olivares delicadamente atado en un costado de la cubierta.
Un camión mixto de estas características es imposible encontrarlo ahora, que tenemos colectivos a cada rato y hacia el pueblo que deseemos, la única condición es que debemos esperar que el auto esté lleno para poder partir, pero eso es… -“altiro, caallero, tome asientito no mah; altiro nos vamos”.
Nos quedamos con el recuerdo del febril movimiento que le daban a la calle Benavente estos transportes que marcaron una época. 
El sector no es el mismo sin esta vorágine, sin los esforzados vendedores de helados en un vasito de papel impermeabilizado con cera de abejas y con una cuchara de madera con sabor a cartulina. 
Del caballero vestido con delantal blanco y canasto de mimbre con dulces de La Paloma, cubiertos con un impecable mantel; la señora que circulaba ofreciendo maletas de cartón prolijamente forradas con papel de regalo, el señor de los inolvidables turrones (quién no disfrutó alguna vez de un paquetito?) envueltos en papel mantequilla, el carrito del rico mote con huesillos heladito; los fotógrafos minuteros de la Alameda que portaban el laboratorio, el cuarto oscuro, la secadora y todo en un cajón con un trípode y que tomaban fotografías con el cliente montado en un pony de madera (de ahí viene el dicho:”más tranquilo que caballo de fotógrafo”), tenían la manta, el sombrero y de todo para simular a un rudo huaso chileno bien agarrado de las riendas.
Eran otros tiempos cuando la gente llenaba El Bodegón, de Benavente con Antofagasta para disfrutar de un abundante almuerzo con un apetitoso jurel frito con ensalada de lechugas, un pan francés y una bebida por un módico precio. Luego, se terminaban las compras en la Zapatería de las turcas de La Sombra y listo, ya son las cuatro y debemos partir.

Fotografía:Fuente:http://cateodelalaucha.blogspot.com/

DIAS DE LLUVIA

Mis abuelos y mis padres, siempre nos dijeron que en nuestra zona, cuando llueve, es una bendición de Dios. Si san Isidro abre las compuertas, nos beneficiamos todos.
La cordillera nevada nos presagia que el cristalino rió Limarí aumentará su caudal con el deshielo, brindando un concierto de aromas frescos en la ribera, se llenarán los tranques, habrá abundante forraje para los animales, brotarán las añañucas, el alfilerillo, habrá frutas y verduras, en fin, todo lo que viene después de unas moderadas caídas de agua, significa que tendremos vida.
Si comienza a chispear en la noche, observamos los destellantes flash producidos por los rayos y escuchamos el ensordecedor sonido de las talcas, es seguro que viene una tormenta, que al otro día desayunaremos en la cama y nadie irá a la escuela, sólo aparecerán allí los chupamedias y mateos; porque un aguacero suspende todo: clases, reuniones, compromisos y actos de cualquier índole. La lluvia en Ovalle es revolucionaria.
Mi Papá decía: “Cuando el techo suena, tiene que chirriar el sartén”; por lo tanto, en mi casa se comenzaba altiro a preparar picarones con chancaca o sopaipillas y sacábamos del clóset las cajas del dominó, el tablero chino, las damas, los naipes y la gran ciudad, porque nos íbamos a pasar tardes enteras jugando, gritando, tirando los dados y peleando con los tramposos. Un juego bastante entretenido era el Bachillerato: dónde había que buscar: nombre, apellido, ciudad, país, animal y cosa, con la letra que saliera…

¿Y por las noches? Sin duda que no podía faltar un navegado de vino tinto, con cáscara de naranja seca, clavos de olor y palos de canela flotando en el vaso; mientras cantábamos, con guitarra, a grito pelao: el fuego al palo, el palo al perro, el perro al gato, el gato al ratón, el ratón a la araña, la araña a la mosca, la mosca a la rana que estaba cantando debajo del aaaagua….cuando el fuego salió a cantaaaaaaar… 
Cuando me vine a Santiago, hace muchos años, en la primera lluvia que me tocó, llegué eufórico a la oficina, saludé alegremente, jalé las persianas hacia arriba, exclamando: ¡qué rico, que lindo que llueva, es hermosa la lluvia, vamos a tener un buen año!, etc…Pues bien, mis compañeros me miraban de brazos cruzados y escépticos. 
La mandona del grupo, me dijo, en breve y emotiva ceremonia: ¿Me podís decir qué le encontrai de rico?...y comenzó a enumerar con los dedos: Me tuve que poner botas, sacar del clóset el impermeable con un desagradable olor a naftalina, fui a dejar a la cabra chica al colegio y no podíamos cruzar la calle, nos caímos a un charco, el paraguas se me rompió, y para rematarla, mientras estaba en el paradero, un taxista desgraciado me mojó entera…¿qué le hallai de lindo a esto, por favor, dime, tú, oye?
Me quedé pa’dentro. No podía entender el punto de vista de una capitalina. Ella veía el fenómeno climático como una maldición cuando yo lo había visto toda mi vida como lo contrario. 

Mi irritada compañera santiaguina no sabía lo que era salir a la calle con la boca abierta hacia el cielo esperando que le cayeran granizos, nunca había ido a Pedregal a tirarse de poto en la nieve como en el mejor de los toboganes, jamás había jugado una tarde entera lanzándose bolas de nieve con sus hermanos y no había disfrutado de un rico chocolate caliente, sentado en una piedra. Nunca había llenado la retina al contemplar un sembrado de rojos tomates, un maizal, una viña, un profuso potrero de verde alfalfa o a un rebaño de cabras comiendo felices en un cerro verde. 
Ella no sabía lo que es el olor a tierra mojada y a césped recién podado ni había roto con las manos la escarcha en una batea o bebido agua fresca de una vertiente. Cuando no tienes experiencia de campo, te has perdido la mitad de los placeres de esta vida.
La lluvia tiene la magia de transformar el paisaje nortino en un paraíso. 

Cuando uno sabe lo que es una sequía y sus consecuencias, cada vez que escucha las primeras gotas repiquetear en el techo, le da gracias a Dios porque, al fin, el agua viene, como el maná en el desierto, a calmar el hambre y la sed de mi gente. 
Y uno se pone contento, optimista y le sonríes a la vida.

¡Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva, los pajaritos cantan la vieja se levanta…!