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Rey de Socos

jueves, 9 de octubre de 2008

ALMACEN



Comprar en un Almacén en los 60’s, en Ovalle era, definitivamente, otra cosa. 
Estaban los característicos grandes almacenes, que surtían a los ovallinos y a los habitantes de todos los pueblos rurales. 
Entre los más conocidos: La Campana, Martinac, Pavic, Yurín, La Espiga de Oro y otros, en donde se podía encontrar “de un cuanto hay”: abarrotes, vinos y licores, menaje y de todo lo que se necesita en un hogar. 
Un espectáculo cotidiano, en las calles del centro, era la llegada de los camiones de Santiago con cargas de harina, azúcar, té, hierba, bolsas de cemento y hasta calaminas. Allí estaban esos cargadores que se ubicaban en la Alameda con un saco blanco al hombro, el que, cuando descargaban un camión, se lo ponían en la cabeza, lo que les daba aspecto de devotos franciscanos blanquecinos, desfilando como hormigas, de prisa, entre el camión y la bodega..
Algunas familias, hacían el pedido del mes en uno de estos almacenes, por lo tanto, a su casa llegaban como tres cajas de fideos carozzi, en la que venía de todo, también una bolsa de azúcar a cuadros, un quintal de harina para hacer el pan y, de vez en cuando, algunas sopaipillas, y una damajuana de cinco litros de aceite. 
Una de las costumbres habituales de esta compra mensual era la famosa “yapa”, que consistía un puñado de pastillas con rallas, que eran de anís, y unas galletas gruesas con sabor a cartón, algunas veces venía mejor, con unos cuantos paquetes de galletas tritón.
El olor de esos locales era bastante particular, porque allí se mezclaban los aromas a hierba mate, detergentes, jabón gringo, comino, pimienta, carburo y otros olores no identificables, pero para mí, era “olor a negocio”.
Los otros eran los característicos negocios de la esquina,(algunos aún sobreviven) en donde éramos atendidos por el mismo dueño o dueña, quien, desde el mostrador, luego del familiar saludo, expresaba el amable: ¿Qué se le ofrece?...y bueno, allí estábamos con la botella del aceite en la mano y con una bolsa para llevar lo demás. 
Como casi todo venía a granel y los productos estaban ensacados o embolsados, se tomaba una puruña y se llevaba todo a la romana, que daba el peso (nunca tan exacto, porque a las pesas siempre se les sacaba unos cuantos gramos de metal en la parte posterior) se colocaba el producto en un papel de seda color marrón y se comenzaba a envolver con un repujado, como quien cerraba una empanada, se le daba unas vueltas… y ya está: ¿qué más desea?... Sobre el mismo mostrador, podíamos observar un frasco guatón con aceitunas, otro con cebollas en escabeche, alguno con galletas y otros con pastillas, por supuesto que, reducido proporcionalmente, el mismo “olor a negocio”.
El Almacén de la esquina no era sólo un lugar para ir a comprar un cuarto de mortadela, unas paltas maduras o media docena de huevos para tomar onces, sino que era un sitio para socializar, un lugar de encuentro. 
Allí se conocía la intimidad del barrio, los chismes más frescos, los escándalos más bizarros y el último capítulo de la radionovela; por eso es que, se dice, los mejores cahuines, comienzan, pasan y terminan en el almacén de la vieja de la esquina.
Muchos productos de esos tiempos han desaparecido. Algunos amigos me echan tallas cuando menciono la Perlina, que era un detergente (porque dicen que ellos nacieron con el Rinso y que son de Los Beatles p’adelante…saaaaaa), el azul para la ropa, la cocoa Raff, el té “Repítame” y el agua de cuba (hipoclorito de sodio), que se compraba a granel.
Cada vez que visito Ovalle, voy a la calle Socos, casi al llegar a Coquimbo, al negocio de Don Felix, en donde encuentro queso de cabra del bueno y aceite de oliva, allí disfruto de ese aroma a negocio que me transporta, porque la señora me permite pasar a la bodega, en donde elijo el queso que me tinca por la apariencia y, por supuesto, el efluvio. 
También visito el negocio de mi amigo Tuco Halat en Vicuña Mackenna, donde puedo encontrar una brocha, esmalte, lija, un puñado de tachuelas y de todo lo que necesito para dejar decente una puerta o pintar los muebles del patio.
El Almacén tenía sabor a familia, allí no eras un desconocido, te saludaban por tu nombre, se preguntaba por la parentela, si estaban todos alentaditos, si habían dado de alta al enfermo operado de apendicitis, si lo habían pasado lindo en Guanaqueros, porque, se ven tan bronceados, oiga, si “estos niñitos parecen Zulú”. Allí se sabía quién había pasado a mejor vida, dónde lo estaban velando y a qué hora iba a ser el funeral.
Cuando voy de vacaciones a Ovalle, no sé dónde comprar un par de alpargatas, unos corchos para tapar botellas de pisco, en las cuales he envasado el vino tinto y unas cuerdas para la guitarra.
Extraño los Almacenes de antes.

lunes, 4 de agosto de 2008

NUESTROS JUGUETES



Cada uno recuerda siempre algún juguete de su infancia. Para las niñas, el primer lugar lo ocupan las muñecas, esas que abrían y cerraban los ojos, con unas pestañazas duras, luego vienen las tacitas, la cocina, la lavadora, las pulseras, el maletín de cosméticos y un oso de peluche. Para nosotros: la pelota de fútbol, una pistola, las bolitas de vidrio, una ametralladora, el caballo de madera, el camión tolva, los soldaditos de plomo, el mono-patín, la bicicleta, la ambulancia a fricción, el tren eléctrico, el mekano, los palitroques, el trompo y un casco de bombero. Creo que nadie olvida los tiqui-taca, el emboque, el tablero chino, las damas, el dominó y tantos otros que sería largo enumerar.
Me quiero referir a los juguetes que no se compraban en una tienda ni los traía el viejo pascuero. Estos los fabricábamos nosotros mismos y tuvieron una gran significación:

RUN-RUN: Se fabricaba con un “chiche” (una tapa de bebida), los más sofisticados los hacían con una moneda; que se colocaba en la línea del tren para que éste la aplastara, dejándola lista para hacerle dos orificios en el centro, pasarle una pita, torcerla y abrir y cerrar para darle movimiento.

ULA-ULA: Con un pedazo de manguera de plástico, se le colocaba un tarugo de madera, para unir los extremos, y quedaba un círculo perfecto, que se colocaba en la cintura, la que al mover las caderas en círculo, ésta se mantenía pegada al cuerpo. Algunos expertos la hacían girar hasta en las pantorrillas.

HONDA: Se buscaba un arbusto que, entre sus ramas delgadas, tuviera una forma de Y. En los brazos se colocaban dos tiras de goma elástica de cámara de neumático. En el extremo, un trozo de cuero contenía el proyectil, por lo general, una piedra, y servía para dispararle a los tiuques, quebrar vidrios, botar latas vacías y romperle la cabeza al tonto Morales.

TARRO CON CARBURO: A un tarro de Nescafé chico, se le hacía un orificio en la parte de abajo, se le insertaba un pedazo de carburo, con un poco de saliva, éste comenzaba a producir gas, se tapaba, se le colocaba un fósforo encendido en el orificio y hacía explosión lanzando la tapa lejos con un ruido de balazo, dejando un olor irrespirable a peo podrido.

CARRO LOCO: Con unas cuantas tablas de cajón de durazno, se armaba una plataforma. Se colocaban cuatro rodamientos usados. El eje delantero era móvil, se ponía una cuerda en los extremos y nos lanzábamos guarda abajo en una calle inclinada, a veces de a tres matones juntos. En la adrenalítica bajada gritábamos como berracos y en la delirante llegada al final de la calle, nos sacábamos la cresta, terminando todos repartidos por el suelo; pero, agarrábamos el carrito de nuevo, subíamos la cuesta y nos sacábamos la cresta nuevamente.

ZANCOS DE TARROS DE DURAZNO: Se les hacían orificios en la base, se les colocaba una pita, que llegaba a la altura de las rodillas y servía para mantenerlos fijos en los pies y se caminaba perfectamente arriba de ellos, hasta se podía correr y sacarse la cresta también.

RUEDA CON GARFIO: Con un círculo metálico obtenido de alguna llanta, una rueda de bicicleta vieja, sin los rayos; se fabricaba un garfio con un alambre grueso, se le hacía una manilla y en el extremo tenía una forma redondeada que abrazaba la rueda. Se empujaba y hasta podíamos correr guiando con el alambre nuestro esquelético juguete.

Creo que todos hemos flotado en el río Limarí con una cámara de neumático inflada, balanceado en un columpio suspendido del tronco de un árbol, hemos saltado en patota con un cordel y fabricamos nuestros propios títeres. También jugamos al luche, a las visitas, a la mamá y el papá y unos cuantos otros entretenimientos (Leer JUEGOS DE NIÑOS).
Es cierto que nos rasmillamos más de una vez los codos y las rodillas, que nos ganamos un “chichón”, perdimos un diente, nos salió sangre de la nariz y nos rompimos la cabeza y más de un hueso; pero haciendo una evaluación, fuimos niños sanos y fuertes, ganando mucho psicológica, física y socialmente.
Nuestras cicatrices son tesoros de la creatividad.

sábado, 19 de julio de 2008

TEMBLOR


Para la mayoría de los mortales, los temblores son una experiencia traumática. 
Los seres humanos seremos siempre débiles criaturas frente a estos fenómenos naturales y nunca estaremos preparados para enfrentarlos… porque vienen de repente. Con lo temblores no se puede hacer nada. Son los emisarios que nos vienen a decir que somos pequeños, que nada es estable ni para siempre.
El miedo que se experimenta con el movimiento y el ruido es absolutamente legítimo, porque, fundamentalmente, ponen en peligro nuestra seguridad, y lo que es peor, en algunos casos, nuestra vida.
Los ovallinos tenemos todos, desde pequeños, experiencias de temblores y terremotos, porque nuestra zona, dicen los expertos, está ubicada sobre una franja sísmica que se mueve constantemente. 

Varios de estos fenómenos nos han dejado platos rotos, tapias desmoronadas, casas y pircas por el suelo, el rostro pálido, las rodillas temblando y arritmias cardiacas.
Vivir terremoteados nos ha dejado como “curados de espanto” frente a cualquier movimiento telúrico, por lo tanto, cuando comienza a temblar, no les damos tanta importancia, total, ya estamos habituados. Ya va a pasar, ya va a pasar...es lo que les decimos a quienes nos rodean.
Cada persona tiene una manera diferente de reaccionar frente al movimiento: están los que se ponen pálidos, otros rojos, algunos gritan, otros entran en pánico y arrancan. 

Están los “sosegados”, esos a los que no les da ni chus ni mus, que cortan el gas, desenchufan aparatos electrónicos y calman al resto. Están los que lloran, se arrepienten de todos sus pecados y comienzan a rezar una letanía en la que invocan hasta a San Guchito, al Quetedije y al Quetejedi
Los más divertidos son los histéricos, esos que se ponen a gritar escandalosamente y la única manera de calmarlos es a cachuchazo limpio, para que no asusten al resto y se genere una psicosis colectiva. Por supuesto que, a todos, nunca nos falta la invocación a la “Mamita linda”, a la que recurrimos hasta siendo adultos, estemos en donde estemos.
Existen muchas teorías sobre los lugares seguros en donde refugiarse: la más difundida es la del umbral de la puerta, las otras son: bajo la mesa, bajo el catre, salir al patio, a la calle, ponerse cerca de un árbol, en fin, hay para todos los gustos.
Los comentarios post-temblor son lo mismo que en los velorios, en donde, luego de la pena por el finao, pasando la media noche, más o menos, se da inicio a la cuestioncita de los chistes de alto calibre, las bromas de mal gusto y los relatos de anécdotas jocosas.
Luego que el temblor ya pasó, comienza la lista de comentarios, en los que siempre se dice casi lo mismo: 

-“Qué fuerte estuvo el temblor, oye, por Dios”, 
-“Yo, cuando escuché ladrar al perro, fue cuando me di cuenta del ruido y que venía el movimiento”, -“Oye, si la pared se hacía así, te lo juro, niña por Dios”; 
-“En la casa estaba la sonajera con las cosas que se cayeron”, 
-“A mí se me quebró toda la loza, niña”, 
-“Mi marido arrancó pilucho p’al patio y yo detrás de él con los calzoncillos..¡No te puedo creer, niña!... ¡Te juro!...
Por supuesto, todos muertos de la risa por las reacciones de la gente de la familia.
Obvio que después viene el colapso de los teléfonos, porque todos quieren llamar a los que están lejos para saber cómo les había ido:  

-¿Están todos bien, oye?... 
-Bueno, nosotros aparte del susto y uno que otro vaso quebrado, estamos bien, ningún problema…esperemos que no vengan tantas réplicas, pos oye. 
Los temblores tienen también su lado tierno, ya que te abrazas a la primera persona que tienes cerca y de un de repente se te van los enojos y las diferencias. 
Las reacciones frente a una tragedia sacan de nosotros lo mejor que tenemos, es allí cuando nos damos cuenta del amor que sentimos por los que nos rodean, porque todos nos queremos proteger mutuamente.
Creo que todos tenemos anécdotas terribles de los temblores, que, luego se tornan divertidas cuando viene la calma y regresamos a la cama para tratar de completar el sueño que vino a interrumpirnos la naturaleza.
Cuando venga el próximo temblor: que Dios nos pille confesados y vestidos. Así sea.

lunes, 18 de febrero de 2008

PARROQUIA SAN VICENTE FERRER


La Capilla de San Vicente Ferrer existe desde el año 1688, mucho antes que se fundara la ciudad de Ovalle. Dependía de la Parroquia de Barraza y estaba situada en la Hacienda de Don Diego de Rojas. Está ubicada en la calle Libertad 260, frente a la plaza.  
  • 1824: bajo el gobierno de Monseñor José Santiago Zorrilla, Obispo de Santiago, se funda la Parroquia del Curato de Limarí (Tuquí bajo). 
  • 1831: se funda la ciudad de Ovalle y en ello tiene su influjo la antigua Capilla. 
  • 1847: 8 de octubre, un gran terremoto sacude la ciudad, convirtiendo en escombros la antigua capilla, quedando en pie sólo la puerta mayor. El 4 de noviembre, los vecinos reunidos con el Gobernador, deciden construir un nuevo Templo. 
  • 1849: 4 de noviembre, es colocada la primera piedra, que es bendecida por Monseñor José de la Sierra, primer obispo de La Serena. 
  • 1870: se finaliza la obra, habilitando la sacristía, el altar mayor, el púlpito, el coro y el campanario.
  • 1873: es inaugurada y bendecida. La torre de madera, de dos cuerpos y un cono, mide 48 Mts de altura. Su reloj es obsequio de don Rafael Errázuriz Urmeneta, en funcionamiento desde el año 1888, y que es exhibido en París, Francia, el año 1855. El Altar es de madera de pino imitación mármol de estilo barroco americano. En él se encuentran las imágenes religiosas de san Vicente Ferrer, Patrono de la Parroquia, la Virgen del Carmen, Patrona de Chile y, en la parte alta, al centro, dos ángeles escoltando a Cristo crucificado. Las campanas son fundidas en Valparaíso en 1877. 
  • 1997: 14 de octubre, el templo sufre, nuevamente, un deterioro producto de un movimiento telúrico que azota la región. Es restaurado completamente con aportes de la Fundación Enna Craig de Luksic y entregado a los Ovallinos, el 12 de mayo de 2002.

viernes, 15 de febrero de 2008

EMBALSE COGOTÍ

Fue construido en la confluencia de los ríos Pama y Cogotí en el año 1939, el muro fue construido de rocas con una pared de concreto. Cubre una superficie de 850 hectáreas y tiene una capacidad de 150 millones de metros cúbicos. Se usa principalmente para riego y abastece de agua a una gran cantidad de cultivos al sur del Valle Limarí.

EMBALSE RECOLETA

Ubicado a 18 km al noroeste de la ciudad de Ovalle.
Su construcción comienza en el año 1929 y finaliza en el año 1934, aunque el canal de distribución se termina sólo en el año 1947. 
Es el cuarto de mayor capacidad en la región detrás de La Paloma, Puclaro y Cogotí.
Es de vital importancia agrícola para sectores como Talhuén, Cerrillos de Tamaya o Quebrada Seca. De él derivan 350 km de canales que permiten el riego a 700 asociados.
Estando a su máxima capacidad alcanza los 97 millones de m3 y su espejo de agua cubre una superficie de 550 hs. 
Posee dos fuentes de abastecimiento: La Quebrada de Higuerillas y el Rio Hurtado. Su largo hacia la primera es de 5,2 km y hacia el segundo es de 3,3 km, sobre los terrenos donde, antiguamente, estuvo emplazado el pueblo de La Recoleta, por el que lleva su nombre.
Es construido con tierra expresamente seleccionada en su parte central y cubierta de piedras, tierra y un sólido enrocado. 
La base del muro posee 246 m, una altura de 60 y 10 m de ancho en su coronamiento por donde pasa la Ruta D–595. De lado a lado, tiene una longitud de 825 m.
El macizo o terraplén alcanza a 1.450.000 m3.
El vertedero es producido por el rebalse natural cuando el Embalse llega a su máxima capacidad, conduciendo el agua hasta el cauce del Rio Hurtado aguas abajo.

EMBALSE LA PALOMA


Ubicado en la comuna de Monte Patria, Región de Coquimbo, 21 km al sureste de Ovalle. 
Está emplazado en la confluencia de los Ríos Grande y Huatulame. Cota máxima de agua 411,4 msnm.
Tiene una capacidad de 750 millones de m3 y una superficie de 3.000 hectáreas.
El muro es construido, principalmente, de grava y cubierto de una pared de concreto de 910 m de largo por 80 m de alto.
En su categoría, es el segundo Embalse más grande de Sudamérica, por ende, su tamaño lo convierte en el cuerpo de agua más grande de Chile. 
Es construido por un consorcio norteamericano. La maquinaria pesada es desembarcada por sus propios medios desde barcazas en la playa de Tongoy.
Se comienza a construir en el año 1959, es terminado en 1965, puesto al servicio en 1969 y se llena en 1974.
En sus aguas se practica Windsurf y pesca deportiva de pejerreyes.
Al término de las obras, ante la imposibilidad administrativa de dejar la maquinaria en Chile, y no siendo rentable llevarlas de regreso; optan por hundirlas en el mar. 

miércoles, 6 de febrero de 2008

QUEMA DE JUDAS

Fiesta popular que se realiza en Semana Santa, específicamente el domingo de Resurrección, recordando al apóstol Judas Iscariote, quien traicionó a Jesús por unas monedas. 
En nuestra zona, se ha conservado en el pintoresco pueblo de Carén; aunque también es propia de Iquique, Valparaíso, Quillota, Alto Jahuel y Alhué. 
En otros países como México, Paraguay, Venezuela y Perú, la realizan desde mediados del siglo pasado, con similares características.
La quema de Judas no tiene raíz dogmática; sólo se sustenta en palabras del Evangelio de Marcos, quien relata que, luego de entregar a Jesús, se arrepiente y pide hablar con los sacerdotes para devolverles las 30 monedas de plata obtenidas por su traición. Tras serle rechazada su petición, arroja violentamente el dinero frente al templo y corre a poner fin a sus atribulados días colgándose de un árbol.
Para recordar este hecho, se prepara un muñeco del tamaño de un hombre, relleno de material combustible, algunos cuetes y monedas. Se cuelga del cuello y es quemada en una ceremonia frente a la comunidad. 
Especial participación tienen los niños, quienes asisten atraídos por las monedas que puedan recoger.
Antes de proceder a quemar a Judas, se lee un dictamen, discurso, generalmente hecho por el fabricante del famoso muñeco judaico, en el que se describen, una a una, las faltas que hayan cometido los parroquianos en el curso del año, de las cuales se culpa al pobre Judas y se lo sentencia a morir incinerado.
La enumeración de los pecados, es algo más o menos así:

- Judas, chismoso, por haber armado cahuines contra la honra de la Rosita y nunca se te ha visto por el confesionario para siquiera impresionar con tu arrepentimiento.
- Beodo, por haber llegado borracho a la casa y haberte gastado toda la plata del suple en la cantina, donde estuviste tres días tomando; vergüenza debería darte…!
- Ladrón, te quedaste con la plata de la tesorería del club deportivo, viajaste al norte solo para ir donde las niñas malas.
- Patán, le fuiste infiel a tu mujer con la Civila.
- Mal hombre, no reconociste a ese hijo que era tuyo.
- Maldito, le hiciste un “tabacazo” a tu compadre y casi lo mataste.
- Aprovechador, te quedaste con la barreta que te había prestado el finao Julio.
- Por haberte hecho el leso y no ir a ayudar en la trilla de Ño’Benja.
- Egoísta, no le prestaste el caballo al Ladislao.
- Sicario: ¿Por qué le mataste el gallo de la pasión de Ña’Rosario?
- Manilargo, por haberle robado las tunas a Ño’Pedro.
- Por querer dártelas de buen profesor y haber usado tu cargo para enamorar a la tía de tu alumno.
- Asesino, vos fuiste quien envenenó al perro de Ño’Wenceslao.
- Abusivo, desviaste el agua para tu hijuela, dejando a todos con las melgas secas. Eso no se hace, puh gancho…!
- Por todas tus fechorías, debes morir quemado, porque eso es lo que merecen los tarambanas como vos. La sentencia está dictada. Muere. Maldito Judas.

Lo más hilarante, es que todas las personas del pueblo conocen los pecados y los pecadores, porque son “vox populi”; por lo tanto, al escucharlas, las carcajadas son generales y los aplausos cerrados. 
Al comenzar quemarse el muñeco y el fuego llegar al estómago, donde se han colocado las monedas y los petardos, éstos hacen explosión, lanzando las chauchas lejos, con los gritos de los presentes y los niños corriendo por agarrar una caliente y tiznada moneda. 
Luego, todos para la casa, pasados a humo y con el comentario de los pecados que se había llevado Judas.
Una tradición que tiene mucho de sabiduría rural.

RADIOTEATROS


Mucho antes que nos convirtiéramos en patéticos tele maníacos; nuestra entretención por las noches, era pegarnos como murciélagos a un viejo aparato de radio con tubos, generalmente de madera prolijamente barnizada, con unos tremendos botones sintonizadores blancos, para escuchar los radioteatros.
“Residencial la Pichanga”, con las divertidas intrigas del ambiente futbolístico; “Hogar dulce hogar”, con la magazinesca vida de la pensión de don Cele, y “Radiotanda”, con la genial Desideria, eran, al menos, los programas que nos permitían escuchar, porque, de “Los ofensores”, “El doctor Mortis” y “Lo que cuenta el viento”, ni hablar, ya que, luego de escucharlos, era seguro que nos hacíamos pipí en la cama o teníamos pesadillas; por lo tanto… no insista, mijito… se me va a acostar no más, el perla, mírenló…
Sin ninguna duda era una manera muy efectiva para desarrollar la imaginación, porque, cuando nos permitían escuchar los programas de ultratumba, temblábabamos con la voz pastosa del relator, la música de suspenso, el ruido de oxidadas bisagras que chirriaban cuando se abría un ataúd, el aullido de lobos hambrientos, un galope solitario y el silbido del viento en medio de la noche, todo rematado por la carcajada espeluznante del satánico protagonista, por supuesto que nos cagábamos de miedo. Nuestros padres tenían razón, luego no podíamos dormir, porque nos imaginábamos que en la cama nos estarían esperando los monstruos y esperpentos que salían de la radio.
Para llenar las tardes, estaban las radionovelas, (una de las clásicas fue “Simplemente María”), que provocaban lagrimones y siempre eran el comentario en el negocio de la esquina. No había persona en el barrio que no estuviera enterada de lo que estaba sucediendo, día a día, con la bendita novela., cuyos libretos no variaban, porque, entre los personajes siempre había: una atribulada madre soltera que sufría lo indecible con patrones explotadores, que había sido vilmente engañada por un patán, tampoco faltaba un hijo perdido, una bataclana incorregible, una ciega o inválida, que chantajeaba emocionalmente a todos los personajes aprovechándose de su condición y también la “mala”, odiada por todos y que siempre terminaba mal. 
Los ricos siempre se peleaban por la fortuna de la familia, deseando, ansiosos, la muerte de la matriarca, para saber pronto quienes serían los herederos. 
Los pobres vivían en hospitales sufriendo enfermedades incurables y otros en la cárcel pagando culpas de otros, tardando todos los capítulos en demostrar su inocencia. Jueces y Policías corruptos, monjas metiches, domésticas abnegadas, patrones vividores y romances no aceptados fueron siempre parte de estos melodramas mezclados con el refrescante ingrediente del humor; algo que no ha cambiado mucho en las telenovelas actuales, cuyos libretos continúan en un mundo bipolar, con personajes buenos y malos, ricos y pobres, y con desenlaces predecibles: los malos pierden, los buenos ganan y triunfa el amor.
“Llega radiotanda, si Señor, llega la audición, el buen humor, todo el que la escucha, si Señor, ríe a carcajadas, oh, oh, oh …”…algo más o menos así, era el gingle con que se iniciaban las transmisiones diarias del popular programa que tenía como protagonista a la Desideria, la recordada actriz Anita González, una comediante como ninguna, con la genialidad de salirse, muchas veces, del libreto de manera natural, adecuada e hilarante, con la talla justa, en el momento preciso. Eran chistes frescos, de humor blanco que encantaba a todos.
La radio nos sumía en la intimidad casera, en un mundo puertas adentro, nos hacía interactuar como familia, tal como cuando rodeábamos un bracero en los tiempos de invierno, buscando calor mirándonos las caras, oliendo el aroma a eucalipto y, de vez en cuando, a azúcar quemada, que mi abuela le tiraba a las brasas, para espantar los malos espíritus, decía.
Es oportuno recordar, homenajear y agradecer a tantos actores que nos hicieron reír, llorar, asustarnos y darnos temas de conversación por muchos años: Anita González, Sergio Silva, Eduardo de Calixto, Jorge Romero “Firulete”, Arturo Moya Grau y tantos otros, que con geniales interpretaciones de personajes que dejaron grabados en nuestra memoria: La Desideria, Don Celedonio, El Pollito, El Tereso(zaz), el Gabito Serena, el Indio Malo, la Pelá, La Ronca, el Chaguito Morning y cada uno se recordará de los otros para completar su propia lista.


Eran otros tiempos.

sábado, 3 de noviembre de 2007

CUMPLEAÑOS


El asunto comenzaba con la llegada de una diminuta tarjeta impresa con letras doradas: TE INVITO A MI FIESTA…
Eso gatillaba una serie de impaciencias, expectativas y problemas de proporciones, mis hermanas decían ¿qué me voy a poner? (porque las mujeres, desde chicas, nunca tuvieron, tienen ni tendrán ropa para ponerse cada vez que deben asistir una reunión social), para nosotros la preocupación era el regalo…¿qué le compro? y...¿de dónde saco la plata?...Bueno, el día esperado había que ir bien peinado, si no había gomina, el limón solucionaba el dilema y las mechas tiesas se aplastaban por un rato. 
Los pantalones cortos impecables, la humita bien acomodada, los zapatos bien lustrados, el regalo (un tablero chino) en la mano y ya estábamos listos.
- ¡Qué rico que vinieron! ¡Pasen, adelante, niños!...ay, que linda se ve tu hermanita con su vestido de organza...¿y tú? cada día más buen mozo, mijito. Jorgito, llegaron más de sus amigos… Bueno, ahí aparecía el malcriado festejado con la típica pregunta.-¿Me trajiste regalo?...El susodicho rompía, en dos segundos, ahí mismo, el papel de regalo, para averiguar qué le llevabas.
Había globos multicolores y serpentinas en el techo, música infantil de Las Ardillitas, que se tocaba desde un tocadiscos portátil. 
La mesa estaba preparada con queque, canapés de paté con una media aceituna y un pedazo de zanahoria de adorno, bebidas individuales de coca-cola, fanta y agua socos, galletas de animalitos y caramelos de todo tipo. 
Te chantaban en la cabeza un gorro de cartulina que olía a engrudo, con un elástico delgado que te apretaba las orejas, una corneta de cartón que emitía un sonido espantoso, con la que dejábamos a la mamá del homenajeado con ataque de histeria y comenzaba el asuntito. 
Todos sentaditos, algunos arrodillados en la silla y te servían un chocolate, más caliente que la cresta, que te quemaba la lengua (algunos se lo tomaban en el platillo). 
Los adultos de la casa se afanaban en destapar las botellas de vidrio corrugado y que comiéramos galletas y brazo de reina.
Nos llenábamos la guata a destajo y agarrábamos las pastillas para meterlas en el bolsillo...así había para más tarde. 
Luego del banquete y de haber engullido casi todo el plato que teníamos al frente, venía la cilíndrica torta blanca con adornos de hojas verdes, las velitas encendidas, y el canto huevón del cumpleaños feliz, que el festejado soplaba con aplausos. 
A esa altura del partido, ya teníamos todos la lengua teñida de naranja por las pastillas de goma, con bigotes de chocolate y la nariz pintada con betún blanco. 
Con tanta bebida, todos queríamos ir al baño y había que turnarse porque las niñitas se demoran más que los niñitos, por lo tanto, la cola llegaba hasta el patio.
Ya niños…viene el concurso de cantos, recitar poesías, baile y chistes. Y bueno, comenzaba el guatón Navea cantando el “…caballito blanco llévame de aquí…”, la única hueá que se sabía…seguía la Moniquita Cecilia, bailando el sau sau, otros contaban chistes fomes, uno que otro fono mímico de algún cantante de moda, adivinanzas y unas cuantas otras demostraciones artísticas. 
Los premios eran: un paquete de galletas obleas o tritón, un trompo de plástico con perforaciones que al girar silbaba, bolitas de vidrio, una corneta de plástico, un xilófono desafinado y para las niñas una muñeca gorda de brazos abiertos y la mirada bizca, un juego de tacitas y brazaletes de plástico. 
Luego seguía el asuntito de romper con un palo de escoba la bendita piñata que pendía, ahorcada, de un alambre, en el que se tendía la ropa, en el patio. 
Con los ojos vendados, el cumpleañero le pegaba hasta a su Papá y no le achuntaba nunca. 
Todos gritando: “al frente, p’allá, p’acá”…, en fin, en un momento le daba el guaracazo y al Pato Donald le salían por el culo las pastillas, los chupetes, algunas chucherías de plástico y chaya. Quedaba la tendalá, porque todos estábamos en el suelo recogiendo lo que fuera y quitándole a los que habían agarrado algo.
Luego venía la foto oficial, para lo que salíamos a la calle, acomodándonos para “mirar el pajarito”. Se terminaba bailando el “cachito, cachito, cachito mío”, el “patatí-patatá”, el twist “bienvenido, bienvenido amor”, la cumbia “si el zapato derecho se pudiera poner en la pata izquierda” y la más famosa: “cuatrocientos ochenta y ocho kilómetros de ida, cuatrocientos ochenta y ocho kilómetros de vuelta…” y… llegaba la hora del…: “ calabaza, calabaza..”.
Que los cumplas feliz.

lunes, 1 de octubre de 2007

MADRES CHANTAJISTAS EMOCIONALES


Feliz día de la madre, mami. Gracias cariño. Ahora ve y lávate esas manos sucias y péinate Y apaga las luces ¿Crees que soy dueña de la compañía eléctrica?

Si hay algo que caracteriza, indefectiblemente, a nuestras madres, es su condición número uno de chantajistas emocionales con fines de lucro; perversa característica, que ejercen en cuanta cosa se les ocurre para que, los hijitos, hagamos la voluntad de ellas. Sus frases típicas, entre muchas, son las siguientes:

- Qué va a decir la gente – la de mayor rating-
- Ya vas a ver cuando se lo diga a tu Padre.
- ¿Cómo que postulaste a Puntas Arenas?, me vas a matar de un ataque cardíaco.
- Como siempre, yo soy la última en enterarme de todo en esta casa.
- Si eliges esa carrera, vas a ser un muerto de hambre.
- ¡Yo, que te di la vida, (cuatro horas de parto, mijito) que me he sacrificado por ti, que te he educado en los mejores colegios, que te di siempre lo mejor, mal agradecido, vives haciéndome sufrir, pololeando con esa negra mugrienta!.
- ¿Para qué te vas a ir a vivir a otra parte, si en esta casa hay tanto espacio, mijito por Dios?
- Cría cuervos, para que te coman los ojos.
- Yo no sé para que tanto trabajo en preparar un almuerzo, para que se coman todo en cinco minutos, ustedes no comen, tragan.
- Mijito, me va a dejar una foto suya enmarcada, porque a usted yo no lo veo nunca en esta casa; así me recordaré que tengo hijo, poh.
- Nunca pensé que mi hija, mi propia hija, me iba a hacer algo tan horripilante como casarse con un don nadie.
- ¿No saben lo caro que está el gas? Ustedes no se bañan, se riegan.
- Un día de éstos me voy a ir, a ver qué hacen.
- En esta casa yo sólo soy la empleada doméstica.
- Claro, cuando yo esté vieja, voy a terminar en un asilo.

El mejor chantaje emocional conocido, para el cual son estupendas actrices, lo utilizan cuando les comunicamos una noticia que no les conviene o no les agrada, como: enamorarse de una mujer con hijos o de un hombre separado, irse de la casa, decidir hacerse punk, estudiar teatro en Concepción, salir un verano a mochilear con los amigos, comprarse una moto, etc.…Bueno, ellas, en ese momento, sencillamente se desmayan, pero lo hacen: o justo frente al sofá del living o si se lo decimos en la cocina, se van al dormitorio, para caer justo encima de la cama; bueno, lo malo es que no nos damos cuenta que tienen un ojo abierto y la oreja bien atenta, para escuchar el: “Pucha’mamá, no te preocupes, no lo voy a hacer como pensaba, ya, cálmate, me quedaré contigo y haré como tu digas…” Bueno, ahí, hay que darles un vaso de agua y, como por milagro, se olvidan del desvanecimiento y se ponen a preparar sopaipillas para disfrutar de unas ricas onces. Del proyecto que teníamos…ni hablar, y que no se mencione nunca más en esta casa.
Al final, uno no sabe si debe seguir los impulsos de su propio corazón, cumplir sus anhelos, tomar sus propias decisiones o hacer realidad los sueños que los padres se han fabricado de nosotros una vez que llegamos a este mundo. La idea es que con esas frases, uno arroje por tierra todo lo que está pensando y se quede en donde mismo está.
Todos esos chantajes emocionales se utilizan, definitivamente, por amor, muchas veces disfrazado de egoísmo, pero amor al fin y al cabo.
La mayoría de las veces, les encontramos razón y comenzamos nosotros a decir las siguientes frases:
- ¿Por qué no le hice caso a mi madre?
- Si, mi Mamá tenía toda la razón.
- ¿Por qué no tendré a mi madre conmigo?
Madres… ¿Qué habríamos hecho sin ellas? ¿Dónde estaríamos ahora?, ¿Seríamos otros? Pero si tenemos una respuesta absolutamente concluyente: Nadie nos amará como ellas.

martes, 17 de julio de 2007

TURISTA


Todo el año nos bombardean con imperdibles y tentadoras ofertas de vacaciones a bajo precio: viaje ahora pague después, endéudese no más…prometiéndonos fantásticos, placenteros e inolvidables días: Semana santa de miedo en algún lugar relacionado con un beato penitente, carnavales con garotas siliconadas, ríos con pirañas, costas con marea roja y amenazas de tsunamis, islas con tiburones, playas con todos los días nublados, pirámides con olor a guano, ríos urbanos pestilentes a barro podrido, catedrales oscuras y museos llenos de polvo.
Si hemos caído en estas irresistibles ofertas, víctimas de la creatividad publicitaria, luego de haber ahorrado todo un año, chaucha a chaucha, pedir un préstamo en una financiera con una tasa ladronamente conveniente y chequear cuánta plata tenemos en la tarjeta, comenzamos la aventura de convertirnos, por unos días, en turistas de algún lugar del universo.
El día planificado para partir, hay que encomendarse hasta a san Guchito, para que el aeropuerto no esté cubierto por una espesa neblina y nuestro vuelo pueda salir, luego, cerciorarse que el asiento no lo hayan sobre-vendido y que la teñida aeromoza no te venga a proponer cambiarte de la fila seis a la veintinueve, porque hay una niña llorando desconsoladamente porque no viene sentada con su mamá. Y ojala tengas espacio en los maleteros, porque cuando abres uno, parece un paquete de pañales, no puedes meter ni un dedo. 

Luego de unas cuantas horas de vuelo, y al borde de una caquexia, debes esperar, pacientemente, que la niña te ofrezca pollo o carne... y qué desea para beber, Señor; para luego quedar con la sensación de no haber comido absolutamente nada y que hasta la pálida mantequilla era lastimosamente insípida.
Al bajarte del avión con las patas hinchadas, la cara de huevón, con horario cambiado y unas inoportunas ganas de hacer pipí, viene el temido paso por la policía internacional, en donde, en la ventanilla, debes sonreír con cara de imbécil para que el uniformado no piense que eres traficante, terrorista o pedófilo, y estampe, suspicazmente, el timbre en el pasaporte crudito, que certifica tu ingreso legal al país: Where are you from?...welcome to our country…Thank you so much! 

Lo primero que se te ocurre, al llegar al hotel, es darte un largo, caliente y placentero baño y descansar como oso invernando, porque las horas de vuelo te dejaron el cuerpo cortado, luego de catorce horas casi te salen escaras en el poto y quieres prepararte para pasar unos lindos días, proporcionarte un merecido descanso y llenar la retina de paisajes nuevos.
Los paquetes incluyen vuelos, hoteles, city-tours y paseos por lugares típicos, en donde puedes comprar cosas que no le sirven a nadie, tomar un café chico que vale lo que en tu país te sale un opíparo almuerzo para dos, degustar no más de veinticinco cecés de un vino litriado en una bodega tradicional en nombre, ubicación y diseño, y darte vueltas, con cámara al cuello, lentes oscuros y jockey al revés, obvio, fotografiando escenas sonsas (que tampoco te van a servir para nada), por eso es que todo turista que se respete, tiene, en algún álbum de plástico, una foto sujetando la torre de Pisa, en posición horizontal con el obelisco de Buenos Aires simulando una tutula, con las patas abiertas imitando a la Torre Eiffel o besando a la Esfinge de Gizeh.

A todos les sucedió, en cualquier parte del mundo, que, repentinamente aparecieron, como una estampida, una patota de asiáticos, que te taparon la escena que ibas a fotografiar, posaron, rieron, lanzaron flashes y se fueron…¡chinos de miéchica!
Bueno, eso de descanso es entre comillas, porque no hay nada más agotador que ser turista. Por tal motivo, te debes vestir con la ropa más cómoda: zapatillas, pantalones y poleras 100% algodón.
Luego de dos semanas de visitar lugares a los que todos van y de sacarte las mismas fotos que millones de turistas se han tomado, llega el momento de regresar. 

El día de la partida te das cuenta que tu equipaje aumentó en una valija, tienes las patas con ampollas, la piel como jaiba cocida, estás resfriado, te duele la cabeza y ya no das más del agotamiento.
Como pasajero en tránsito en un Aeropuerto internacional, debes combinar vuelo para el regreso a tu país, lo que, con certeza, son unas cuantas horas de espera. Lo único que te queda es dormir en un incómodo asiento de plástico, con las patas sobre tu equipaje de mano.
Al regresar, tienes cambiados los horarios nuevamente, tus ojos están hinchados, el “jet lag” te bota a la cama y lo único que deseas es que, en algún tribunal de Justicia turística, te den una sentencia con arresto domiciliario para no salir de tu dormitorio en un mes; pero, lamentablemente, el lunes debes marcar tarjeta a las nueve en punto.

¿Qué tal te fue?...La raja, solo que… ¡necesito vacaciones para descansar de las vacaciones!
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sábado, 16 de junio de 2007

PAPÁ, AHORA TE ENTIENDO...


Ahora entiendo perfectamente que me amabas lo suficiente como para preguntarme: adónde iba, con quién y qué hora regresaría a casa…Cuando insististe en que ahorrara para comprarme una bicicleta, aunque tú hubieses podido, perfectamente, comprármela…Cuando guardaste silencio y me dejaste descubrir por mí mismo que ese nuevo y mejor amigo era un patán…Cuando estuviste vigilándome dos horas para que aseara y ordenara mi pieza, cuando eso te habría costado a ti…quince minutos…Cuando me obligaste a que asumiera la responsabilidad de mis acciones con castigos que te rompían el corazón…Cuando tuviste el valor de decirme NO, aún sabiendo que te odiaría por eso.

FUISTE MALO, PAPÁ

Cuando otros niños comían caramelos, tú y mi madre me obligaron a tomarme la leche. Cuando otros niños almorzaban con gaseosas, yo tenía que tomar sopa, comer ensaladas y alimentos que eran fundamentales para mi crecimiento. Cuando otros niños jugaban y veían televisión, tú insistías en que hiciera las tareas.
Rompiste las leyes del trabajo de menores, porque me hacías trabajar: lavar los platos, sacar la basura, darle agua y comida a la perra, ordenar mi pieza y toda clase de trabajos forzosos. Siempre insististe en que dijera la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Mientras otros amigos y amigas podían pololear a los 13 años, me hiciste esperar hasta los 16, porque opinabas que aún era pequeño. Por tu culpa me perdí muchas experiencias de otros niños: nunca probé drogas, nunca estuve preso ni fui vándalo. Todo fue tu culpa.
Pero, ahora sé que fui bien educado. Soy un adulto honesto, creo en Dios y tengo principios cristianos. Estoy haciendo lo mejor que puedo para ser un padre malo, tal como lo fuiste tú. Sencillamente, creo que debería haber una mayor cantidad de papás malvados como tú, para que fuéramos todos mejores.

GRACIAS, PAPÁ

Por haberme amado lo suficiente y haber sido tan malo conmigo. Quiero que te sientas orgulloso de mí, soy tu sangre, tu obra y soy lo que soy gracias a ti.

UN ABRAZO, TE AMO MUCHO.

TU HIJO

jueves, 7 de junio de 2007

NIÑO DIOS DE SOTAQUÍ

A sólo 12 km de Ovalle, a 285 msnm, por la rivera derecha del río Limarí, se ubica el pintoresco pueblo de Sotaquí, de no más de 4.000 habitantes. 
Tiene el particular encanto de las aldeas pequeñas, formado por quintas y huertos: ambiente tranquilo, limpio, con ricos aromas a hierbas y habitado por gente sencilla, trabajadora y hospitalaria.
El cultivo de la uva pisquera (de allí proviene el afamado pisco con nombre de origen) es la faena principal de los lugareños, aunque también es conocido por sus maizales, paltas, nísperos, vinos y aguardientes.
El lugar es, principalmente, conocido por la fiesta religiosa del venerado Niño Dios, que se celebra, cada 6 de enero, desde el año 1873.

La imagen es de madera policromada, de 40 cms., representa a Jesús en la infancia, con los brazos extendidos, en la mano derecha sostiene un globo terráqueo, que expresa el afán protector de Jesús por la humanidad y en la izquierda un corazón de plata. Es de origen quiteño y se define como una imagen “de fanal”, luce cabellos naturales y un vestido bordado con hilo de oro.
No podemos hablar de la fiesta de Sotaquí sin recordar a quien fuera el Cura Párroco de muchos años, el Padre Joseph Benedikt Stegmeier; un curita alemán que llegó muy joven para hacerse cargo de la Parroquia y dedicó toda su vida a pastorear a los feligreses no solo de Sotaquí, sino de todos los pueblos de la comarca. Fue él mismo quien plantó el huerto de los paltos, donde el Niño permanece hasta antes de la procesión.
El día de la fiesta, las calles, antes solitarias y silenciosas, toman colorido y bullicio con los comerciantes que instalan sus carpas en todos los sitios posibles; se organizan estacionamientos especiales por la cantidad de vehículos que llegan unos días antes. Se puede comprar y vender de todo: frutos de la zona, empanadas, pastel de choclo, juguetes para los regalones, artículos para el hogar, “la novedad del año”, etc.; es el aspecto profano que rodea un culto de nuestro pueblo, una fe sencilla, sin cuestionamientos e inquebrantable.
Escuchamos plegarias que brotan de gargantas secas por el agobiante calor, ojos brillantes que se posan sobre la imagen horas y horas, lo “alumbran” hasta que la cera de la vela les quema la mano, pagan mandas, caminan de rodillas y rezan.
Los tambores de los bailes religiosos ensordecen con su contagiante sonido y frenético baile, la gama de ellos es variada: danzantes, chinos, indios, chunchos…el sudor por el esfuerzo les cubre el rostro completamente, no importa, “hay” que bailarle al Niño.
Los peregrinos son incontables, ese día la población llega hasta más de 50.000 personas. Se observan rostros afligidos, consternados: “te pido por mi familia”, “sana a mi madrecita”, “que encuentre trabajo”, “que me vaya bien en la Universidad”…

Luego de finalizada la procesión se termina todo: “será hasta la vuelta de año” cantan los chinos, todos agitan banderas y estandartes, la masa de peregrinos sacan a relucir sus pañuelos blancos para despedir a la adorada imagen que entra de nuevo en el templo y los tambores provocan casi un terremoto que hace saltar el corazón de emoción. Esa es la fe de mi pueblo.

Dedicado a la memoria del Padre José Stegmeier, quien bendijo el matrimonio de mis padres.

TREN LOLERO

Mientras, en mi juventud, intentaba “ser alguien” en la Universidad, debí pasar, necesariamente, por la inolvidable experiencia de ser viajero frecuente, de un ferrocarril con vagones desteñidos, asientos duros y olor a pichì, que me transportaba desde la perla del Limarì a la capital de la provincia: La Serena. 
Primero debí tramitar el FFCC-PASS, que permitía pagar media tarifa, para lo que era necesario presentar un documento que comprobara mi condición de estudiante universitario y un certificado de residencia. Este último se debía obtener en las grises oficinas del cuartel de los hombres de uniforme verde caqui, donde, casi todos, los funcionarios necesitaban urgentemente un curso de foniatría y modulación, porque no les entendía absolutamente nada cuando me dirigían la palabra. 
Una vez comprobado mi domicilio, me entregaron algo parecido a una chequera, que debía llenar, con estudiada caligrafía, cada oportunidad que abordaba el tren, de ida y regreso.
Viajábamos los de la Chile, de la UTE y los de la Norte; cada uno con la esperanza de lograr la meta que nos habíamos propuesto, luego de haber obtenido buenos puntajes en la PAA: “el triunfo no es ingresar a la Universidad, la gracia es egresar y titularse”.
Era la oportunidad de compartir, con los amigos, un viaje que se hacía interminable hasta que el metálico transporte, surcando los rieles brillantes con paciencia de dromedario, nos dejaba en la pintoresca estación. Nunca faltaba la guitarra desvencijada que amenizaba las horas lentas. 
Era costumbre, de la mayoría, llevar los cuadernos a pasear, porque el fin de semana se hacía corto y ni siquiera les dábamos una ojeada a los apuntes para preparar bien alguna prueba. El ensordecedor taca-tacat-taca-tacat era siempre aplacado por el canto, la conversaciòn a gritos y las risas. Cada uno traía en su bolso la ropa sucia, la alegría en el rostro, la impaciencia por ver a la familia, y con un diente “así” de grande, dispuesto a devorar lo que le pusieran sobre un plato.
El pitazo de partida en la ciudad de las flores y las mujeres hermosas, daba inicio al cotorreo si par que no terminaba hasta despedirnos en la Estación de Ovalle. Pasábamos frente a Coquimbo, Tierras Blancas, Pan de Azúcar, Tambillo, Las Cardas, Recoleta; y, al comenzar a divisar la Mina Cocinera, la Quebrada del Ingenio y Huamalata, ya nos sentíamos en casa, estábamos a un paso, a unos minutos de llegar a disfrutar de la compañía de los nuestros, de encontrarnos con los amigos y relajarnos por unas cuarenta y ocho horas. 
Éramos siempre los mismos, y en cada vagón nos enterábamos de las movidas de ese fin de semana: Baile en la Medialuna, en el Social, en Deportes Ovalle, en la Villalón o una que otra fiesta de cumpleaños en alguna casa familiar; por supuesto, todos invitados.
Nos encontrábamos nuevamente el domingo, en que regresábamos con la ropa limpia y planchada, un tarro de Nescafè, azúcar, un tarrito de leche condensada, algo para echarle al pan y, si se podía, con algunas luquitas en el bolsillo.
Todos vivíamos en pensión, por lo tanto, supimos lo que significaba no vivir en nuestra propia casa, almorzar en el casino de la Universidad, y a la noche, cuando venía el hambre, aprendimos que se puede hacer un sanguchito con lo que venga: tomate, lechuga, huevito duro, papas fritas, en fin, todo acompañado con un buen jarrón de cocho simplecito con leche, que te dejaba la guatita llena y el corazón contento; para terminar con un conversado, compartido y trasnochado cigarrillo, y... de vuelta a estudiar.
El tren lolero tuvo la magia de transportar sueños y muchos de ellos se hicieron realidad.

...¿Vai a Ovalle este fin de semana?... Nos vemos en la estación.

TRABAJOS MANUALES

Cada final de año, en las Escuelas de nuestra ciudad, se invitaba los ovallinos a visitar las brillantes y concurridas exposiciones de los trabajos manuales que los alumnos habíamos realizado, con tanto sacrificio, en la asignatura de educación técnico manual, durante el año lectivo.
Recuerdo, en aquellos tiempos, haber utilizado un pequeño arco metálico y una sierra esquelética, para aserruchar una tabla de terciado y lograr, con paciencia de santo, obtener de la madera, la figura de una vaca o un pato, que después iba pegada a una base rectangular, que debíamos pintar con esmalte y agregar las correspondientes ruedas.

Para que la sierra funcionara bien, debíamos ponerle un poco de cera de vela, así el asuntito se deslizaba bien, no se calentaba con la fricción y no se quebraba estrepitosamente.
Eran los trabajos manuales de escuelas pobres, donde aprendimos a trabajar con fibras de caucho, pita, sizal, crear objetos útiles de una lata de arvejitas, componer una figura artística con la lámina de aluminio que venía con el tarro de “Nescafé”, edificar casas a escala con “pluma vit”, fabricar objetos con palitos de helados que recogíamos en las calles, los que, una vez lavados y pintados, servían para construir una inmensa variedad de artículos. Nunca olvidaré el olor a “colapez”, con el que se pegaban los volantines y la técnica para fabricar un buen “engrudo” con harina blanca, para pegar cuánta cosa fuera de papel. 

Hasta con fósforos quemados, flores y hojas disecadas y semillas, se hacían bellas composiciones artísticas. Con un cepillo dental, un colador de la cocina y témpera “Artel”, se creaban aerografías de variados diseños y colores.
Los días de la exposición eran de máximo engreimiento, porque era visitada por los padres y apoderados, los Rotarios, los Leones, público en general y hasta el Alcalde se daba una vuelta. 

Era la oportunidad en que uno explicaba, presuntuosamente, a los visitantes, la técnica para trabajar la corteza de los cactus y convertirlo en un palo de agua o como abrirle el orificio a una botella para pasar el cable eléctrico y transformarla en una atractiva lámpara de velador.
Las niñas lucían sus bordados en servilletas, manteles y sábanas. Atractivos y curiosos paños tejidos a crochet e individuales para la mesa, vestidos para las muñecas, especieros para la cocina y pañuelos decorados con pintura para géneros.
Nos enorgullecíamos al ver expuestos como en una galería de arte, nuestros dibujos hechos con sémola, lentejas, porotos, fideos y de “un cuanto hay”, que luego coloreábamos con témpera y abrillantábamos con aceite de linaza. 

Podíamos hacer con papel celofán y cartón forrado un bello “vitreaux” como el más acreditado artista.
Los elogios eran de todas las personas visitantes y el orgullo partía desde la directora, hasta el último alumno, que no cabía en sí mismo, cuando veía su repisa cuidadosamente lijada y barnizada, expuesta notoriamente sobre un muro, con su nombre, edad y curso, impreso en una discreta cartulina celeste.
Nuestra creatividad no tenía límites.

RETABLO DE NAVIDAD


Era lindo celebrar la Navidad en Ovalle. Participación meritoria tenía la Srta. Águeda Baeza, de la botillería del mismo nombre, que preparaba un magnetizador Nacimiento en la vitrina del negocio. 
Para nadie pasaba inadvertido el singular montaje, donde se podía contemplar a todos los personajes y elementos protagónicos de la historia del nacimiento de Jesús: reyes magos, pastores, el buey, el burro, algunas tiernas ovejas, cabras y chanchitos, y, por supuesto, las figuras centrales: José, María y el Niño; todos armoniosa y artísticamente distribuidos en una escenografía fabricada con papel kraft pintado, dándole un aspecto de roca firme, decorado con heno y vasijas con brotes naturales de semillas de trigo. No faltaba, por supuesto, el “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, entre luces intermitentes.
El viejo pino más alto de la plaza lucía orgulloso engalanado con un arco iris de resplandecientes luces, que, desde todos los sectores de la ciudad se podía observar (tradición que, creo, aún se conserva). 

Los ovallinos podemos decir, con suficiencia, que ninguna ciudad de Chile se puede jactar de una conífera más monumental, bella y vetusta. 
En las calles de la ciudad sucedía lo homólogo; se recibía el tiempo bendito de la mejor manera y las guirnaldas de ampolletas coloridas estaban por doquier.
Lo más atractivo sucedía el mismo día de Navidad, cuando se representaba el relato bíblico con personajes vivos. Ovalle, como siempre, se despoblaba. 

Los caballos se transfiguraban en camellos con gibas de cartón, los policías eran soldados romanos con capas rojas y sables de utilería, una gran cantidad de niños andaban vestidos de pastorcitos hasta con ovejitas vivas en los brazos y otros caracterizados de ángeles con alitas de fantasía pegadas en la espalda. Una antigua puerta de Vicuña Mackenna, al lado de la otrora tienda “El gato negro”, servía de humilde posada, para cuando José y María pedían alojamiento.
El establo, construido con cañas, totora y paja, estaba ubicado en la Plaza de Armas, encaramado sobre unos andamios y una colosal estrella de Belén luminosa era suspendida de un cable, la que, en un determinado momento, se desplazaba lentamente, indicándoles a los reyes magos el lugar adonde debían acudir a adorar al divino Niño. 

Las personas participantes portaban faroles chinos fabricados con papel de volantín de colores con un cabo de vela en el centro. 
El representativo Coro Polifónico de la Casa de la Cultura entonaba los villancicos y los locutores estrellas de esos tiempos leían con parsimonia el relato, teniendo a todos los asistentes atentos, circunspectos y expectantes.
Al final de la presentación, todos en la plaza interpretaban el “Noche de paz” con la alegría de haber participado de una hermosa, viva y conmovedora obra teatral preparada con el elemento más importante de todos: cariño,… porque todos los actores trabajaban sólo por el aplauso del “respetable”.
Luego del espectáculo, que era gratuito, se regresaba a casa para la cena con la familia y esperar la llegada del “viejo pascuero”, que, decían nuestras madres: “no va a venir si no estás dormido”.

Al despertar, uno se encontraba con los regalos y lo primero que queríamos hacer era salir a la calle, para compartir con los amigos del barrio:
 ¿Qué te trajo el viejo pascuero?. 
Era lindo ser niño en Ovalle.

NUESTRA GASTRONOMÍA


Cuando uno sale del terruño, lo primero que extraña, aparte de la gente amada, son tres cosas: el paisaje, el clima y las comidas. 
Con el correr del tiempo, nos vamos acostumbrando a lo nuevo, ya no extrañamos tanto la cordillera nevada, los cerros con cactus y el río Limarí; el sol que pellizca la piel, las tardes frescas y el olor a pimiento, pero, siempre, nos queda la remembranza de lo que disfrutábamos en nuestra mesa. 
Dicen que “somos lo que comemos” y, dependiendo de donde hayamos nacido, la comida se obtiene del suelo, entonces, yo agregaría “y comemos lo que nos da la naturaleza del lugar”. 
Quiero referirme a algunas particularidades de nuestro arte culinario, que si bien es cierto, son platos que pertenecen al patrimonio cultural de Chile, en nuestra zona se transforman y se convierten en algo característico. ¿Cuáles son las comidas que más extrañamos los ovallinos?:

PANTRUCAS: El plato que más nos identifica como región, ya que le hemos agregado el charqui y el queso de cabra.

HUMITAS: Tienen la particularidad del agradable aroma que le da una fresca ramita de albahaca, algunos le ponen azúcar, otros sal, pero la mayoría las disfruta así no más, abriendo las chalas y enterrándole el tenedor. Tan apreciadas como el choclo cocido, que se come calientito con mantequilla y el pastel, que lleva huevo cocido, aceitunas, pasas y una presa de pollo entremedio; servido en una vasija de greda de Salala.

POROTOS GRANADOS: (En la foto) Aparte de prepararlos con porotos verdes, tomate y granos de choclo; se cocinan también con una rica mazamorra, con mote y, obviamente, con riendas. Todos estos platos se sirven con una sabrosa mancha roja, aceitosa y aromática de “color”.

TOMATICAN: Tiene la variante del tomate en más abundancia, los granos de choclo y la cebolla. Algunos le adicionan el charqui de cabra, que le da ese toque especial.

CARBONADA: Creo que a todos no da gusto comer este plato preparado por la abuela o la mamá, porque es de un sabor exquisito.

EMPANADAS: Aparte de la típica chilena, en la zona tenemos las de loco, queso, mariscos surtidos y de ave, que pueden ser fritas o al horno.

ASADO DE CABRITO: Sobre todo de esos chivitos que llaman “guatones”, que se pueden comer hasta los huesitos.

No pueden quedar fuera de esta lista el Ajiaco, Charquicán, pollo arvejado, cazuela de vacuno y el chupe de guatitas. Hablando de las entradas, sin duda que la de mayor “rating” es la ensalada chilena, de tomate con cebolla; la de pepino y la apio-palta. 
También la sierra ahumada (aunque sabemos que es jurel), el arrollado del "Pobre flaco" de Punitaqui y las aceitunas amargas. 
Entre los postres, está un rico mote con huesillos, un racimo de uva rosada de El Palqui, nísperos de Sotaquí y melones, sandías y unas espinudas tunas de Combarbalá. 
Postres locales: una buena leche asada, sémola con arrope de Pichasca y arroz con leche; pero, lejos, el mejor: helados de canela del Olmedo.
No podemos dejar de mencionar unas ricas onces con sopaipillas, queso asado y pan candeal hecho en horno de barro; como tampoco nuestros clásicos picarones de zapallo, servidos con chancaca. 
Sin duda que nuestra cocina es variada, que la naturaleza del valle del Limarí nos regala ricas verduras, frutas y buenas cocineras, porque, si no fuera por ellas, estaríamos sonados.

Qué rico se come en Ovalle…ah?

POLITÉCNICO DE OVALLE


Nuestro uniforme era una chaqueta de paño azul piedra sin solapas, pantalón gris guarén, camisa blanca y corbata azul, los calcetines debían ser rigurosamente oscuros; en esos años, ni pensar en usar zoquetes blancos. Los zapatos de colegio fueron, son y serán de color negro fúnebre. 
El largo del pelo no podía pasar el nivel del cuello de la camisa, asuntito que el “Pollo” Miranda controlaba diariamente en la entrada. A las clases de taller debíamos presentarnos con el consabido mameluco de trabajo hecho de mezclilla o tocuyo, que nos daba una facha de bomberos de estación de servicio.
En primer año, hacíamos un recorrido por todas las especialidades. 
Al pasar por Mecánica debí fabricar un diminuto cubo de acero a pura escofina, que me dejó ampollas en las manos, para obtener sólo un cuatro pelao. 
En Electromecánica aprendí a no decir nunca más la palabra cable y reemplazarla por “conductor”, también me enseñaron a usar el pie de metro y que la energía eléctrica viene en 220 KW. 
En Hojalatería fabriqué una pala para la basura y en Construcción aprendí a usar la garlopa, el formón, el taladro y a soldar con electrodo y oxiacetileno (chúpense esa). 
Lo que más me apasionó fue el dibujo técnico, donde lo primero que uno aprende es que las líneas no se tiran, sino que se trazan y comencé a escribir mis cuadernos cuadriculados con letra sin perfil inclinada.
En segundo año es cuando a uno lo derivan a las diferentes especialidades según los promedios; los más altos iban directo a Mecánica, los medios porros a Electromecánica y los brutos a Construcción; pues bien, yo elegí la última, porque me apasionaba dibujar planos. 
En mis clases de Taller, el oficio que más disfrutaba era el de “Pañolero”. 
En nuestra especialidad teníamos un diario mural llamado “El concreto armado”, que publicaba artículos, reportajes, fotografías y hasta un creativo horóscopo semanal para el chuleteo; por ejemplo, cuando leías el signo Leo, decía, sucintamente: “Esta noche le van a salir colmillos, una melena y comenzará a rugir, acéptelo, es su naturaleza…” o Sagitario: “Esta semana no hay predicciones: por feo y mal oliente…use desodorante Mennem, loción Monix tabaco y un antimicótico para las patas….asqueroso”.
Nuestra ciclópea fiesta de aniversario era esperada cada septiembre, porque se organizaba el famoso baile de gala, al que invitábamos a las chiquillas de La Providencia y del LNO. 
Las nenas del CAE nos encontraban últimos de rotos y nosotros a ellas, pitucas, por lo tanto, ni pensar en que aceptaran un convite. Los Demond y los Clavos Torcidos eran los estables animadores de la jornada. 
El cuento se organizaba por cursos, cada profesor jefe preparaba, con nuestras madres, el asuntito: ponchera, canapés, bebidas, papitas fritas y los queques. Nuestro Jefe de curso era el encargado de hacer la invitación a las féminas, que recibían con júbilo la tarjeta y comenzaba un carteo anónimo sin fin (me recuerdo de “Petunia”, una delicada niña de la Providencia que me escribía tiernas cartas de amor). 
Nuestras invitadas siempre llegaban con una descomunal torta hecha con mano de monja y algunos bocadillos. Lo pasábamos la raja y nos portábamos como caballeros hasta que las chicas y sus chaperonas abandonaban el recinto, porque nuestros profesores habían sido majaderos: “Jóvenes, no se sobrepasen con las chiquillas” y a ellas, las tías solteronas les habían repetido hasta el cansancio: “No permitan que los cabros se sobrepasen, niñas, por Dios”, o sea, estábamos cagados antes de comenzar a bailar una casta cumbia. 
Para qué decir de los lentos, eran controlados por ene escudriñadoras miradas. Eso no impidió que surgieran algunos fugaces pololeos, que siempre recordaremos con añoranza. 
Cuando sólo quedábamos nosotros, de algún lugar aparecía una fondeada botella de ron barato que nos dejaba la mirada de pescado, las piernas fláccidas y una sonrisa estúpida. Eran los tiempos del Hilton 100, el Belmont y el Monza; que fumábamos como carretoneros cesantes. 
A eso de las dos de la mañana, nos recitaban el “calabaza, calabaza…” y partíamos abrazados cantando sandeces por la bajada del Amalia Errázuriz, llegando a nuestras casas, a dormir, rebosantes de felicidad.
Poli teí, teí, teí, Poli teó, teó, teó…I-n-s-t-i-t-u-t-o P-o-l-i-t-é-c-n-i-c-o!


Qué habrá sido de la Petunia?

MECHÓN SUPERSTAR


Cuando, en los 70s, leí los resultados de la PAA en El Mercurio, comprobando que había quedado en la Chile y en la carrera que había elegido, di un alarido que se escuchó en todo el barrio. Abracé esquizofrénico a todos en mi familia, celebré con mis amigos y me fui, radiante, a La Serena, a matricularme.
Me convertí en estudiante universitario y en un ovallino más que debía dejar la Perla del Limarí junto a mis vivencias en el Politécnico, en mi barrio y a mis amigos de la Villalón, para ir a vivir la inolvidable experiencia de ser “Mechón”, apodo que es sinónimo de: pollo despistado, novato, niñito que no sabe nada, pailón, hijito de la mamá en destete, pavo que se creyó inteligente en la enseñanza media y otros tantos apelativos que uno se gana cuando aparece por los pasillos de la Casa de Bello con una delatora facha de secundario, una morrocotuda cantidad de documentos, cuadernos nuevos, fotos, y un carné universitario recién plastificado. 

En esos años se usaba el pelo moderadamente largo, lo “in” eran los jeans wrangler y unos chalecos tejidos a mano con lana gruesa, teñida irregularmente, botones de madera y una chicotera que se llevaba atada en el poto. Como la moda dice “yo también”, andábamos, casi todos, uniformados.
Recibimos una bienvenida inolvidable, sobre todo bromas pesadas, de nuestros compañeros de carrera de cursos superiores. 

Elegimos a la Pina como candidata para nuestra "Semana mechona" y comenzamos a prepararnos para las competencias en: deporte, cantos, obra de teatro, sketchs, si no lo sabe no cante, competencia de rodados, gymkhanas, miss tanga, míster zunga, etc.
Ce ache i, chi, ele e, le, chi, chi, chi, le, le le, ¡Dibujantes de Chile!, era nuestro aguerrido grito. Casi todas las competencias se hacían de noche, en la Bombonera de la UTE. 

En una de las pruebas, debíamos presentar una obra musical. Los incipientes dibujantes montamos una versión libre de la “Pérgola de las flores”, yo era re’fome, pero igual aparecí vendiendo diarios, desplegando toda mi capacidad histriónica para gritar “mercuuuuuurio diarioooooo!”; no quedé nominado al Oscar, pero me divertí como nunca y me cagué de frío, porque andaba a pata pelá.
Historia y Geografía presentó un genial montaje satírico del film “Jesus christ Superstar”; la titularon “Mechón Superstar”, y contaba la vida, pasión y expulsión de un mechón desde que llega a la U, todo despistado, toma cursos, comienza a ir a clases, almuerza en el casino, solicita crédito fiscal (no se lo dan) y, cuento corto, al compadre le fue mal, reprobó todos los ramos y, obvio, fue expectorado de la Universidad…la obra finalizaba con la música del ….” Jesus christ, Jesus Christ, who are you, what have you sacrificed?….”, con un verso que decía: “Fue mechón, fue mechón, solo un año le duró…” a lo que el mechón (picado) respondía…”Entraré, entraré, el otro año a la UTE”…con la misma melodía. 

Por supuesto que la obra ganó el concurso merecidamente y todos la aplaudimos, porque, realmente, fue muy creativa, entretenida y con un considerable buen humor.
La fiesta final, con reina mechona y chascona incluida, fue la ocasión de celebrar en serio nuestro ingreso a la educación superior y olvidarnos de todas la bromas pesadas que habíamos padecido; y claro, planear cómo vengarnos de los mechones que llegaran el próximo año.
Nuestras fiestas universitarias eran participativas, integradoras, con bromas simpáticas y competíamos sanamente. Te ganabas una disfonía de tanto grito pelao; te sacabas la cresta en un partido de básquetbol o en un escenario; pero triunfaba tu carrera, tu grupo, tus pares y, lo mejor de todo, te hacías de un millón de amigos.
Ser mechón dura poco. Luego de tu "Semana mechona", se acaba la diversión y comienzan los clásicos: 

- En cuatro semanas tenemos prueba. 
- Esta materia la doy por pasada. 
- Deben leer, por lo menos, cien páginas de este libro para un control. 
- Me entregan el trabajo escrito en dos semanas... en fin; la lista es larga… 
- Porque la fiesta ya se acabó jóvenes, ahora deben estudiar.


Ser mechón fue entretenido, entrar a la Universidad es la mejor experiencia de los mejores años de tu vida…
“Egresado, Maestro, Estudiante, vibra entera la Universidad...”