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miércoles, 26 de noviembre de 2008

ESCANDALOSOS


A propósito de pokemones, pelolais, punk, skin head y toda esa fauna que circula por allí; luego de haber visto en la calle a un lolo con los pantalones en la punta del poto, con los calzoncillos al aire y caminando como si se hubiera cagado, me puse a pensar: ¿Qué habrán pensado de nosotros, los adultos, cuando éramos lolos?.
Cuando se llega a la adolescencia, se pasa a formar parte del grupo más vulnerable de la sociedad. 
De una u otra manera, ser joven implica muchas transformaciones internas y externas. 
Junto con las espinillas, aparecen los cambios de actitudes mentales, de pensamientos y posturas frente a los acontecimientos del mundo. 
Uno comienza a buscar una identidad, quiere pertenecer a un grupo de referencia y desea ser aceptado. 
Vienen las ganas de ser grande pronto, de tener mayoría de edad para poder hacer lo que a uno le dé la real gana, sin tener que darle explicaciones a nadie.
Como primer síntoma de este rebelde despertar, viene la onda de fumar, una actitud que posee más una pretensión de ser aceptado entre pares, que ganas de expulsar humo como volcán en erupción y, de paso, taponarse, irresponsablemente, los pulmones con una letal cuota de nicotina en cada pucho.
Las mujeres comienzan a utilizar delineador, rimel y lápiz labial; los hombres nos iniciamos en el fastidioso rito de afeitarnos, con los yuntas comenzamos a tomar cerveza como obreros polacos y a usar desodorante y loción after shave.
Desde siempre, a nivel externo, para connotar y denotar un cambio radical, se recurre al pelo. Dependiendo de las épocas en las que a uno le haya tocado vivir, la cabellera siempre se transforma: se deja crecer, se rapa, se pinta, se encrespa, se alisa, se le hacen rayitos, anyway…
Nosotros fuimos copiones del movimiento hippie, con la revolución de las flores, el amor libre y la onda peace and love; que alteró radicalmente nuestra forma de pensar y vestir. 
Era de gente ubicada y con acertada conciencia social, odiar la guerra de Vietnam y rechazar la intervención del ejército norteamericano en ese país. 
Comenzamos a saludarnos haciendo el signo de la paz, teníamos en la pieza un póster que decía “prohibido prohibir” y el de una manzana a la que le salía un coqueto gusano. 
Los collares, las pulseras y los lentes a lo Lennon eran absolutamente in y todos teníamos, en la tapa de un cuaderno, el retrato del Che Guevara.
La onda de los hombres era dejarse patillas a lo orangután irascible y la melena suelta que habían impuesto los Beatles, con lo que escandalizaron al mundo, porque, los machos, llevaban, desde hacía décadas, el pelo corto a lo milico y engominado. Los crespos se dejaban crecer la cabellera a lo afro, luciendo como Michael Jackson antes de su patética transformación.
Luego vino el plagio del look "Saturday nigth fever", peinado hacia atrás, también con gomina, la que ya se comenzaba a llamar gel. Lo más patético de esta moda, era imitar el prefabricado modo de caminar del personaje de la película, por lo tanto, teníamos a muchos Tony Manero transitando por nuestras calles, a patas abiertas, haciéndose el cancherito y bailando al ritmo de los Bee Gees.
Nuestros pantalones eran los pata de elefante, con pasadores gruesos y una correa de cuero con una descomunal hebilla artesanal. 
Las camisas eran a cuadros, rallas o flores, de colores llamativos y con el cuello puntiagudo. Surgieron los sweater con rombos y los chalecos cuello tortuga tejidos a máquina. 
Por supuesto que no podemos dejar de mencionar el gamulán, la chaqueta de cuero, los zapatos de gamuza con suela crepé y la boina tipo Fidel.
Las mujeres comenzaron a usar los gloriosos hot pants, con un abrigo midi de lana que les tapaba los zuecos, unos zapatos de madera que, al caminar, emitían el sonido de casco de caballo sobre el cemento. Por supuesto que, a las chatas, estos benditos zapatos les vinieron de maravilla, porque les adicionaba como diez centímetros a su microscópica estatura.(en la Villalón, había una fanática de esa moda, a la que le decíamos “la poroto hincado”). Los lentes para el sol, les cubrían el 68% del rostro y el pelo lo llevaban liso, liso, liso…al que, algunas veces, le adicionaban un coqueto cintillo multicolor.
Luego vino la onda de los pantalones amasados, todo unisex, las poleras multicolores con monos en el pecho y algunos creativos mensajes: “Haz el amor y no la guerra”, “La virginidad produce cáncer”, “Soy lesbiano declarado”.
Los jóvenes, de la generación que sean, siempre han tenido la particularidad de ser los grandes escandalosos de la sociedad. 
Por experiencia, sabemos que las modas van y vienen. Nosotros desconcertamos y dejamos con la boca abierta a más de alguien, porque, en nuestro tiempo, también fuimos transgresores de lo establecido.
Cuando, hoy en día, veo a mis sobrinos vestidos como el Tony Cucharita, con el pelo pintado de azul y con un tatuaje en el poto; sencillamente me río y les digo…¿sabis qué? Yo no era tan escandaloso cuando tenía tu edad. 
Y los abrazo, los beso y me recuerdo de mis regalones blue jeans desteñidos y con parches, mi polera con manchas y mis mocasines argentinos con calcetines blancos, pinta con la que mataba, en los bailes de la Medialuna, al ritmo de los Clavos Torcidos.