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Rey de Socos

martes, 16 de noviembre de 2010

TURISTA CHILENSIS


Hasta los 80’s, el chileno medio turisteaba en la copia feliz del edén. El éxito económico de los últimos años y las ofertas, cada vez más al alcance del bolsillo de la clase media, le han dado la posibilidad de regalarse vacaciones afuera. 
El primer destino fue Mendoza. Y mediante su comportamiento, se dibujó el turista chilensis que no conocíamos. Muy pocos son atraídos por el turismo de aventura: escalar montañas, navegar en ríos turbios o dormir en medio de una selva. Les encantan las urbes y si tienen la posibilidad de visitar ochocientos Malls, tanto mejor. 
El chileno, resultó ser, en un alto porcentaje, un turista urbano, enfermo de arribista, marquero y ostentoso.
Luego se puso de moda Miami. En las conversaciones post-vacaciones en la Oficina, los colegas nos lateaban contándonos, con fascinación, que habían estado todo un día en el Dolphin Mall, fíjate tú, y lo fabuloso que es, te juro, oye. Nos describían, con lujo de detalles, las maravillas de Disney, Orlando y Sea World. La charla era acompañada de testimonios fotográficos, porque si vas a presumir de tus vacaciones afuera, es obvio que debes traer imágenes de los lugares visitados, para que te envidien. Entonces, con un engreimiento atroz, comenzaban a explicar: - Ahí estamos en la puerta del Hotel, - Esos son mis hijos en la piscina, cacha la piscina, poh. – Esta es del Aeropuerto. Luego venía la muestra de todas las chucherías que habían comprado en los templos sagrados de la tierra santa del consumismo. Volvían con dos maletas extra, aparte de haberse robado las pantuflas, los frascos de shampoo y los jabones del Hotel. 
Cuando les confesabas que no habías estado nunca en Miami, te miraban con lástima y te decían: ¿Y cómo podís vivir?
Surgieron nuevos destinos: Cancún, Isla Margarita y Jamaica. Y sucedía lo mismo, te lateaban contándote los prodigios de esos paradisíacos lugares, de lo chancho que lo habían pasado y, por supuesto, te mostraban fotos y lo que habían comprado. Las mujeres volvían peinadas a lo Bo Derek, con cuatrocientos cincuenta trencitas y los hombres, con una guayabera bordada que les disimulaba la panza, y un sombrero de paja con las hilachas colgando.
En los últimos años, con el cambio del dólar a favor, viajar a la cosmopolita Buenos Aires es como ir a La Pintana; por lo tanto, han invadido San Telmo, Recoleta y Puerto Madero. Es muy fácil distinguir a mis compatriotas por las callecitas de la cuna del tango: la mayoría, aunque los jotes estén cayendo asados, se pasean con chaqueta de cuero recién comprada, calculadora en mano y se lo vitrinean todo, hasta las tiendas de electrodomésticos. 
Se lo pasan haciendo paralelos o comparando: - O sea, esto sería, más o menos, como el barrio Bellavista, ¿Cachai?, - Esto sería como Providencia, - Esto es como el Plaza Vespucio, pero más feo.- La torre ENTEL es más linda que esta hueá, - La nueve de julio es ancha, pero me quedo con la Alameda, de todas maneras, - No hay como un rico mote con huesillos, ¿ah? (Según los mozos de restaurantes porteños, al chileno le gusta la carne como carbón, es exigente con el vino y muy amarrete con las propinas). 
En el Aeropuerto, asaltan el Duty Free, porque no pueden resistir la tentación de comprar chocolates toblerone, perfumes que provocan estornudos, un cartón de cigarrillos y una botella de güisqui. Por supuesto, no olvidan un jarro para el café que diga: “I love Bs As”.
Otros comenzaron a ir Brasil: Sao Paulo, Río de Janeiro o Curitiba. Muy pocos visitan las Cataratas de Iguazú, (porque allí no hay mucho para comprar). Se curan con caipirinha, le toman fotos a una negra potona y los guatones se atreven, en las playas de Ipanema, a bañarse con zunga. 
Regresan del país de la zamba con una mariposa exótica enmarcada, una réplica del Corcovado, artesanías de cristal de roca y vestidos con una polera chillona, con un tucán gigante, que dice: “Yo estuve en Brasil”.
Últimamente, se han sumado al fenómeno del “turismo médico”. Por el tema de los costos, obviamente, aprovechan las vacaciones para respingarse la nariz, estirarse la cara o sembrarse pelos en la cabeza. En Chile pagarían una fortuna por colocarse tetas, reducirse el poto o conseguir una impecable dentadura, en cambio, en Lima o Buenos Aires,…-Pagai la nada misma, te juro, y quedai regia, oye.
El comportamiento del turista chilensis deja mucho que desear en el extranjero, sobre todo, los jóvenes: hacen “perro muerto”, se colan en el metro, suben gratis a los micros y se roban los diarios de las máquinas expendedoras. Y todo eso lo hacen… muertos de la risa. 
En muchos países encuentran monedas chilenas en los teléfonos públicos, porque nuestros compatriotas han pretendido “hacer lesas” a las máquinas. 
En España, directamente nos consideran ladrones.
El éxito económico nos llenó los bolsillos de billetes, pero no nos brindó cultura ni elegancia ni buenos modales.

martes, 9 de noviembre de 2010

AUTO


Sistema de señalización digital

En los 60’s, tener auto era privilegio de ricos, porque se compraban al contado. La gran mayoría utilizaba locomoción colectiva y se acostumbraba a caminar varias cuadras para ir al trabajo, al colegio o al Hospital. 
Usábamos harto las bicicletas y, si requeríamos transportar cosas pesadas, tomábamos un taxi, un carretón de fletes o un coche tirado por caballos. No teníamos dramas.
En los 80’s, gracias a un Banco oportunista, los automóviles se pudieron comprar al crédito, motivados con un creativo y vendedor spot de TV, con el cual impusieron un agresivo slogan “Cómprate un auto, Perico” que más bien sonaba a insulto.
Y el homo chilensis de clase media aspiracional tercermundista, sucumbió a la tentadora oferta, quiso dejar atrás su condición de peatón y adquirió un flamante automóvil, pensando que le daría status. 
Y se presumía harto con el temita, porque, estos nuevos chóferes, no guardaban nunca las llaves en el bolsillo, sino que, en donde anduvieran, las hacían tintinear, le gritaban a su mujer: -“Mi amor, se me quedó la chaqueta en el AUTO” o presuntuosamente, lanzaban el llavero sobre un mesón, así, para nadie pasaba inadvertido que el obeso mórbido, coquetamente vestido de pantalón y camisa amasada, era un arribista endeudado con cuatro ruedas. Un espectáculo, verdaderamente, patético.

(Lo mismo sucedió, en los 90’s, con los primeros celulares, que no se lo sacaban de la oreja por nada del mundo y también con las tarjetas de crédito, porque, esos mismos gordinflones, en la caja del Supermercado, sacaban, con petulancia, una porta chequera, mostrando a diestra y siniestra las ciento cuarenta y dos coloridas tarjetas e incluso le preguntaban a la cajera -¿Con cuál le pago, mi reina?)

Como consecuencia de este fenómeno, surgieron las Escuelas de conducir y los Departamentos de Tránsito de las Municipalidades, diariamente, estaban atestados de gente esperando, ansiosa, obtener su licencia. 
O sea, la cosa iba en serio: Tengo auto, luego existo. Y comenzaron (y no se acabarán fácilmente) los problemas en nuestras calles, avenidas y carreteras.
A los pocos años, se generó un nuevo mercado: el del auto usado. 
Su clientela eran aquellos que también querían andar motorizados, pero no les alcanzaba el billete para encalillarse con el Banco, entonces compraban, a precios más asequibles, una digna Citroneta o Renoleta de segunda o tercera mano, la amononaban un poco y ya les servía para presumir ante los vecinos, en el trabajo o con la parentela: “Tengo auto”, y eso era como llegar a la cima del Everest, que le hayan confirmado que era descendiente del Conde de Cañete o que su apellido ya no era González ni Tapia. 
Luego, estos neo-automovilistas, lograban adquirir autos japoneses o rusos, siempre de segunda mano, hasta que, con mucho sacrificio, lograban alcanzar el soñado cero kilómetro. Eso era la gloria y ameritaba una fiesta con canapés de lengüita de canario, un jabalí al palo y palomas de la paz escabechadas.
Pero estas maquinitas nos hicieron mal. 
Manejando con lentes oscuros nos sentimos reyes del mundo y nos permitimos insultar a quien se nos cruce; incluso nos burlamos y lanzamos vituperios a la gente “de a pie”, grupo al cual nosotros pertenecíamos no hace mucho. 
Para qué decir de las injurias a los otros chóferes, porque eso es pan de cada día. Para un automovilista, quien conduce a más velocidad que él, es un desquiciado y el que va más lento que él, un imbécil.
Algunas personas no pueden prescindir del autito, porque ya forma parte de su anatomía (lo mismo que el celular) y quedarse sin él es una tragedia griega, un bloqueo psico-motor y una depresión aguda. No salen ni a la esquina, se quedan confinados en la casa como si estuvieran condenados con arresto domiciliario y cuando uno los llama, lo primero que dicen es: “Estoy sin auto” y eso significa que no tienen piernas, no existen los taxis, ni los micros ni el metro, o sea, no pueden movilizarse. Qué horror, oye.
Dicen que el cementerio está lleno de automovilistas que tenían la razón. Ninguna ciudad se escapa de tener entre sus estadísticas un lamentable número de innecesarias muertes provocadas por la letal combinación automovilística: testosterona, alcohol y alta velocidad.
El auto, Perico, no hizo cosas buenas por nosotros. Nos convirtió en sedentarios. Nos estresamos con los tacos. Desde las primeras horas de la mañana, cuando vamos a trabajar, todos los días nos encontramos con un histérico que te bocinea frenéticamente y conduce como si estuviera a punto de cagarse en los pantalones. 
Con todos los líos que provoca el “parque vehicular”, aparte de la contaminación atmosférica y acústica, no se puede estacionar en ninguna parte, si dejas el auto en la calle te roban lo que pueden o, impunemente, se lo llevan. Respecto a los partes, seguros, precios de la bencina y repuestos, cada uno tiene su propia experiencia.
En la decadente sociedad de consumo en la que estamos inmersos, Perico, el auto no nos hizo más felices ni nos dio categoría ni clase: nos deshumanizó.

sábado, 30 de octubre de 2010

FAMILIA

No se elige, se cae en ella. Sencillamente, nos toca. Nacimos entre ellos, llegamos a engrosar ese árbol genealógico, heredamos ese pedigrí, ese apellido, esas costumbres y esa parentela. 
Con elementos a favor y en contra, con facilidades y dificultades, penas y alegrías, siempre con vaivenes pendulares, continuamos siendo parte de esos seres especiales con quienes compartimos genes, cromosomas y el colesterol alto. 
Los amamos, nos aman, nos peleamos, nos reconciliamos, nos hacen y los hacemos sufrir; en fin, vivimos polarizados entre las alegrías y las congojas. No somos eternamente felices ni siempre total y absolutamente desdichados.
La lógica de la vida es que llegamos a formar parte de esa estirpe y, luego de unos veinte años promedio, si es que no tenemos una madre chantajista emocional que nos detenga, tenemos que volar (algunos care’raja, alargan ese período mucho más), abandonar el nido, para crear el propio. Y bueno, nos despedimos, nos abrazamos, lloramos y partimos; pero, seguiremos conectados por el resto de nuestras vidas.
Las hay de todos los tamaños, calidades y colores, pero, poseen un común denominador: son familias. Y cuando compartimos nuestros problemas con amigos, nos damos cuenta, con matices particulares, por supuesto, que vivimos la misma teleserie. En todas las familias se cuecen habas.
La dinastía se inicia con los padres, quienes, luego de tirarse piedritas en la quebrada, se enamoran y se casan llenos de ilusiones. 
Y comienza a llegar la prole, que es expresión del amor, de no haber utilizado algún método anticonceptivo y para cumplir, al pie de la letra, la finalidad del matrimonio: procrear, criar y educar. (A esos preceptos aluden los insultos más repetidos que recibimos, desde pequeños: mal nacido, malcriado y maleducado).
Fechas inexcusables para reuniones familiares: Navidad, Año nuevo, bautizos, cumpleaños, graduaciones, bodas, cirugías de colocación de siliconas, fiestas patrias y sepelios. En cada ocasión se come en exceso y es de gente decente llegar con algo: unas empanaditas, papitas mayo, arroz graneado (que a la Mena le queda tan rico) o un postre; los dueños de casa ya se han encargado de la carne y las bebidas:

- ¡Tanto tiempo!...¿Cómo están?,  -Oye, pero cómo han crecido estas niñitas, por Dios,
- Tuvimos que traer el perro porque no lo podíamos dejar solo,
- ¿Me prestai una cama p’acostar la guagua?;
- Abran la puerta,  
- Que alguien conteste ese teléfono,  
- Nacho, deja tranquilo ese gato,
- Mamá, tengo hambre, 
- Mamá, estoy aburrío,
-¿Cuántos somos, oye?... pa’poner la mesa, poh,
-¿Saludaron a la abuela?,  
- Cambiamos el auto, fijaté; 
- El gordo no pudo venir, porque tenía turno,   
- Tía…¿puedo jugar en la computadora?,   
- Préstame unas pantuflas, que estos zapatos me están matando,
- Javiera, córtala con ese celular…ay, esta niñita me tiene enferma,
- Hagan callar a ese perro de mierda,
- Claro, los hombres, pura cerveza y no ayudan en nada.
- Ah, no, yo manejé…OK?,
- ¡A comeeeeeeer! 
En la mesa:
- Si eres soltero: - ¿Y cuándo va a sentar cabeza usted, mijito?,
- Si eres soltera: Y usted… ¿Ya tiene novio, mijita?,
- Si apareces con polola: ¿Y cuando suenan las campanas?,
- Si estás recién casado: ¿Y cuando encargan guagüita?,
- Si ya tienes un bebé: ¿Y la parejita…cuando?,
- Si no tuviste más hijos: ¿Ya cerraron la fábrica?.
Ustedes alarguen la lista.

El grupo que se comunica, pelea y reúne regularmente: abuelos, padres, hijos, hermanos, cuñados, suegros, primos y nietos, es la familia cercana. La parentela que se ve sólo en los funerales de las tías abuelas, es la familia lejana. La muchedumbre que aparece en tu casa cuando te has ganado millones en la Lotería, es la familia desconocida.
Personajes infaltables: La abuela querendona, el abuelo bonachón, la suegra metiche, el cuñado sin pega, la cuñada bruja controladora, la hermana madrinaza, la Tía solterona, el Tío fleto, el marido infiel, la Tía cornuda, el marido golpeado, los divorciados, los convivientes, los ricos, los pobres, el hijito de papá, la prima putinga, el sobrino vago, el pololo hambriento, el primo con piercings, la polola mijita rica, el nieto adicto al iphone, la nieta gótica, la guagua llorona, la pareja puro amor y la pareja pura pelea.
La familia no se elige, se cae en ella. Y nacer, crecer y desarrollarnos en ese núcleo, nos hace amarlos tal cual son y no querer cambiarlos, porque no serían ellos…y uno siente orgullo de ser una hoja de ese árbol genealógico, de tener ese pedigrí, ese apellido, esas costumbres, esos genes, esos cromosomas y el colesterol alto. Con ellos se dividen nuestras penas y se multiplican nuestras alegrías. Siempre.

miércoles, 27 de octubre de 2010

REUNIONES DE OFICINA


Bien, déjenme hacerles esta pregunta de otra manera: 
¿Alguien aquí sabe realmente cómo vender algo?

En cualquier Empresa, no se puede prescindir de un directorio y de una programada cantidad de insufribles reuniones de trabajo, en donde: se diseñan proyectos, plantean objetivos, definen estrategias y evalúan resultados. 
Siempre existe la sala “ad hoc” y se dispone de una mesa más o menos grande, una pizarra magnética, algún papelógrafo, y si es más pituca, un data-show para mostrar cuadros estadísticos y las fotos del Jefe con su familia en Orlando, el cumpleaños de la hija malcriada y del bebé obeso mórbido con la boca manchada con chocolate. (Lindas fotos, Jefe).
El ambiente se complementa con vasos desechables, jarros de agua, mini tacitas de café y algunas galletitas de mierda con sabor a plástico reciclado.
Hay reuniones diarias, semanales, quincenales, mensuales, semestrales y las de emergencia, esas en las que el tema principal es el eterno, controvertido y delicado tema del correcto uso del papel higiénico, por ambos lados, en los baños, - por favor, porque desaparece un rollo al día por inodoro y debería durar toda la semana: ¿Queda claro?
Las de los lunes a primera hora son, categóricamente, un desastre: todos llegan con la almohada marcada en la mejilla, el pelo mojado y lo primero que agarran es una taza de café; algunos vienen con la caña mala, otros agotados por un fin de semana ajetreado, los que sufren de violencia intra-familiar vienen con un ojo en tinta y, la mayoría, bostezando, preguntan: -¿Había reunión?
Nunca me he explicado por qué a una reunión se debe asistir con cara de efigie egipcia. No se concibe que uno ingrese a la sala con una sonrisa de ochenta dientes, lleno de entusiasmo y con los ojos brillando, como cuando ganamos un partido en un mundial de fútbol. No. En un ambiente de trabajo, el optimista es observado con suspicacia, sin embargo, el cara de culo, déspota y mudo, aunque sea un incompetente, es siempre bien conceptuado. Está definido que lo “serio” es lo correcto y que la sonrisa fácil es sinónimo de poco profesional, ineficiencia y minusvalidez mental.
Personajes típicos: 
- el sabiondo que no para de hablar y no permite que se le interrumpa, 
- el que no habla nada (sólo toma café y se atora comiéndose todo el plato de galletas que tiene al frente), 
- el que anota todo lo que escucha, 
- el despistado que nunca sabe nada (porque estaba con licencia), 
- el que no entrega el informe porque lo están imprimiendo, 
- el que cabecea o, literalmente, se duerme, 
- el que tiene una notebook y nunca se sabe qué cresta escribe, 
- el que está siempre de acuerdo y arriesga una tortícolis asintiendo a todos las intervenciones, 
- el que justifica su ineficiencia con: “A mí no me llegó el memo”, 
- el sindicalista que está siempre en desacuerdo con todo y cuestiona el más mínimo detalle, 
- el que critica y culpa a los otros departamentos de la burocracia y del “cuello de botella” que tenemos. (hay muchos más, ustedes completen la lista)
La queja generalizada y conclusión de todas las reuniones es: “Nos falta comunicación inter-departamental”.
Si le suena el celular al Jefe y abandona la sala, todos aprovechamos de desenvainar el propio, hacemos nuestras llamadas y escuchamos a nuestros compañeros terminar su conversación con lo de siempre: “Si, mi amor; si, mi vida; si, mi cielo”.
El peor cáncer que se pueda diagnosticar en una Organización es la Reunionitis (Un integrante de mi Club de Toby, Médico Cirujano, me explicó que el sufijo “itis”, significa inflamación), el síndrome crónico que se manifiesta con pánico a las reuniones y sensación permanente de pérdida de tiempo, estrés (tormento no reconocido por las Isapres) y frustración de pasar horas y horas en reuniones inútiles, carentes de objetivos precisos, que finalizan sin resultados concretos y que luego, ante los inconvenientes, los directivos deciden a su pinta, utilizando la técnica que mejor manejan: improvisación.
Para evitar que la Empresa esté plagada de empleados con cualquier padecimiento cuyo nombre termine en “itis”, es necesario organizar las reuniones previamente: tener claro los objetivos, invitar a los participantes correctos, enviar la información relevante por adelantado, establecer una agenda clara y remitir, posteriormente, las actas y los pasos a seguir con sus correspondientes responsables. Así nuestras reuniones no serán, como todos pelan después, una pérdida de tiempo... ¡Ah!, y que no se alarguen más de una hora. ¡Please, Boss!

Para las Secretarias: La excusa de que alguien “está en una reunión” ya está gastada, y todo el mundo sabe que eso es mentira. Inventen algo más creativo, como: se encuentra en la Alameda, participando, con el Green Peace, en una manifestación pacífica de protesta por la pesca indiscriminada del jurel tipo salmón, con el fin de evitar su extinción. ¡Salvemos el jurel!, ¡salvemos el jurel!

domingo, 24 de octubre de 2010

AMARILLISMO

La expresión “Prensa amarilla” es utilizada por primera vez por los directivos del diario “New York Press”, en el siglo XIX, debido a una pelotera entre los periódicos gringos “New York World” y “New York Journal”, que se descalifican mutuamente por el primer comics impreso a colores y de tirada masiva en USA, en la que el personaje principal es un cabro sucio, calvo y descalzo, llamado “Yellow kid”, que se comunica mediante textos satíricos escritos en su túnica amarilla.
“Los llamamos amarillos porque son amarillos” es  la frase, intraducible al castellano, es un juego de palabras, porque amarillo, además de referirse al color, en inglés significa cobarde y cruel.
Lo que pretendo decir, es que estos diarios son sensacionalistas, privilegiando información e imágenes en las que abundan los accidentes, la sangre, los crímenes, el adulterio, los escándalos políticos y enredos de sábanas y colchones de los artistas de cine y del espectáculo en general.
Y desde aquellos años, 1895 y 1898, el amarillismo no se ha detenido, al contrario, ha crecido como una bola de nieve rodando y han proliferado, internacionalmente, medios impresos y programas de televisión dedicados, exclusivamente, al cahuín, el pelambre y a ventilar los trapitos sucios de personas, que por alguna u otra razón, salen del anonimato y se convierten en “celebridades”.
Los comunicadores han dejado de lado el código deontológico: el respeto a la verdad, investigar los hechos, perseguir la objetividad, contrastar datos, diferenciar con claridad entre información y opinión, respeto a la presunción de inocencia y rectificación de las informaciones erróneas. Tienen otras motivaciones. 
Con la idea fija de una rentabilidad exitosa o subir el rating del medio en el que trabajan, recurrir a lo más fácil, barato y asqueroso: el morbo. Invocando el interés del público, porque ellos, interpretan, perfectamente, lo que nos interesa,  (tal como los políticos, que nos repiten: “sabemos de sus necesidades”… que después no hagan nada al respecto, es otro cuento, pero, en una campaña electoral, suena bonito )  y la utilidad social, nos entregan, a diario, testimonios de sicarios, traficantes, mujeres maltratadas, violadas, imágenes de víctimas de guerras, accidentes o catástrofes naturales o entrevistas a familiares que Acaban de sufrir la pérdida de un ser querido, si lloran en pantalla, tanto mejor. Todo en nombre de la audiencia. Porque el morbo, considerado una patología social, “vende”, y, como afirman algunos sociólogos, es por la necesidad inherente que tenemos los seres humanos de alimentarlo y… siempre queremos más.
Inescrupulosamente, los medios, convierten la información en mercancía, se jactan de la “exclusividad” (fíjese bien ¿ah?...fuimos los primeros) y comercializan, por una obscena cantidad de dinero, la dignidad de las personas en un fatuo programa estelar de domingo. No importa la carga psicológica que tenga encima el entrevistado, en tanto que, con su testimonio, tenga a la gente con el poto pegado al sillón, para que los productos publicitados en la pausa comercial, generen suculentos ingresos económicos para sus emisores. 
Poco o nada interesa si al hacer pública cierta información se está dañando la reputación de la persona, la vida de su familia o hiriendo susceptibilidades. Sólo importa la audiencia, el rating, y las ganancias que conlleva todo ello. 
Se invade la privacidad de los protagonistas de la noticia y hasta irrumpen en una propiedad privada, para conseguir, en lo posible, una imagen comprometedora. Presionan a los entrevistados para que expresen algo fuerte contra alguien, una opinión que genere polémica y amerite un titular que deje a todos con la boca abierta.
Pero, si no hubiera demanda, la oferta moriría implacablemente. Es una pena constatar el éxito que tienen los “Talk y Reality shows” y que los gatuperios de la farándula criolla sean manejados por una gran mayoría, todos están informadísimos, para nadie pasan inadvertidas las nuevas tetas de silicona de alguna bailarina anoréxica, del enésimo novio de una modelo hueca y del último embrollo etílico de un cantante en decadencia.
Con el amarillismo, el periodismo ha caído, irremediablemente, al fondo del maloliente tarro de la basura mediática, perdiendo el norte de su misión fundamental en la sociedad: informar, educar y entretener.

(Interesante: El propietario del “New York World”, calificado de amarillista, es quien fundó, en 1892, la primera Escuela de Periodismo del mundo e instituye el premio que lleva su nombre: Pulitzer)

miércoles, 20 de octubre de 2010

JEFE

En cualquier grupo de trabajo, como en una orquesta, alguien debe estar al frente con una batuta, si no es así, los instrumentos sonarían cada uno por su cuenta y la melodía emitida no sería nunca armoniosa. 
La jefatura es soñada, apetecida y envidiada fervientemente en cualquier ambiente laboral. Todos queremos tener ese cargo, esa oficina y sentarnos en ese sillón (y ganar ese sueldo, obvio), porque a todos nos gusta ser famosos, sentirnos importantes y recibir pleitesía. A nadie le gusta ser peón eternamente. 
Cuando alguien es ascendido a Jefe, surge, inmediatamente, entre sus pares, la mitad que lo “ama” y la mitad que lo odia (o, mejor dicho, lo envidia). 
De esa mitad que lo “ama”, hay que diferenciar a la mitad que lo hace sólo interesada en obtener de él algunos beneficios, de la otra que lo sigue sólo por inercia, pero la verdad es que muy pocos lo “aman” sinceramente. El amor nunca se da en las relaciones laborales. 
La mitad que lo odia será la encargada de criticar (son muy eficientes en eso) todo lo que hace y verá sólo aspectos negativos de su desempeño, le harán la vida imposible y le crearán mala fama gratuitamente. De esa maléfica mitad surgió el dicho popular saturado de cicuta: “El que sabe, sabe, el que no, es Jefe”.
No existe el Jefe prototipo. Hay Jefes y Jefes. 

La mayoría son aquellos que, desde que asumen el cargo, cambian de personalidad: nunca más se les ve ni una giocondesca sonrisa en el rostro, porque piensan que la cara de culo impone respeto y da la impresión que las cosas andan re-mal en la empresa (para que ni se te ocurra pedir aumento de sueldo). 
No echan la talla con nadie, porque, según ellos, eso les resta puntos frente a los subalternos, que lo pueden agarrar para el hueveo en cualquier momento. Les crece la panza, comienzan a usar corbatas chillonas y lentes oscuros, cambian el auto y se van a Buenos Aires, por un fin de semana, con una amante rubia teñida, con nombre de perra quiltra. Este Jefe te va a llamar a su oficina sólo para criticar tu desempeño. Nunca para promocionarte, aumentarte el sueldo o felicitarte porque tu participación en el departamento ha generado ventas que superaron todas las expectativas. No. Te gritará que eres un inepto, que a la próxima estarás despedido y para que te enteres:
- Hay como quinientos gallos afuera esperando por su sueldo y…- ahora retírese, vaya a trabajar y sea productivo. Este personaje no es para levantarle el ánimo a nadie, sino para provocarle depresiones, ataques de nervios e inseguridad. 
Los más care’palo son los Jefes políticos, esos que poseen un “alto bajo perfil”, les encanta aparecer en televisión, que lo fotografíen cortando cintas tricolores o descubriendo placas conmemorativas. Frente a las cámaras sonríen como candidatas al Miss Universo, hablando de los logros que ha tenido la repartición que dirigen, de las bondades que posee el personal a su cargo, de lo eficientes que son y que… “somos una familia”. Es el típico directivo que promete mucho y su palabra preferida es “proyecto”. Para él todo marcha sobre ruedas y se adjudica los créditos de los triunfos y se ufana del poder, el honor y la gloria. (Luego de una entrevista, hace muecas, como media hora, para borrarse la sonrisa falsa). Aunque nadie les cree ni una palabra, nunca faltan los pusilánimes chupamedias que los aplauden. 
Pero, no hay que meterlos a todos en el mismo saco. 
Que hay Jefes buenos, los hay, pero son los menos: aquellos “capaces”, que “saben”, que escuchan sugerencias, que son líderes naturales y delegan funciones, valoran los esfuerzos del personal, depositan confianza en la capacidad de los otros, no se creen el cuento del poder, siguen casados con la misma mujer, saludan dando la mano, expresan palabras en desuso en las empresas, y que a todos nos gusta escuchar de vez en cuando: 
-Por favor, - Muchas gracias, - Lo felicito, - Muy buen trabajo, - Discúlpeme, usted tenía razón, -Me equivoqué, - Fue mi error, - Tómese el día, se lo merece, - ¿Cómo está su familia?, - ¿Se siente mejor?, los días que estuvo con licencia, me hizo mucha falta, bienvenido, - Veo que tiene mucha pega, le voy a poner un asistente.
Son esos Jefes a quienes no se les suben los humos, que predican con el ejemplo sin ser excesivamente paternalistas y que con su actitud generan un buen ambiente y, como consecuencia, los índices de producción se van a las nubes y todos los días la gente llega a trabajar con ganas.
Ser Jefe no es fácil. Ocupar un cargo jerárquico puede llegar a ser tanto o más complicado que desempeñarse como subordinado. Es duro ser criticado y tener techo de vidrio. Es ingrato ser la piedra de tope. Duele ser “chaqueteado” y, lo peor de todo, es que cuando las cosas van mal, la primera cabeza en rodar es la del Jefe.

sábado, 25 de septiembre de 2010

VEGETARIANOS

Queridos vegetarianos...si ustedes tratan de salvar a los animales, ¿por qué se comen su comida?

Suelo ser bastante tolerante con las personas que tienen  particulares preferencias gastronómicas. Nunca hice dramas en aceptar que uno de mis amigos, el pelao González, se convirtiera en un piadoso, observante y agringado Mormón y no aceptara, nunca más, una invitación a tomarnos un café en el Haití.  Sencillamente lo respeto, con tal que no me prive de continuar disfrutando mi escandalosa condición de “cafeinómano”.
El tema que me preocupa ahora es que algunos de mis amigos, se han ido convirtiendo, gradualmente, en vegetarianos. No diría nada y me quedaría piola, como lo he hecho con el pelao González, quien sigue siendo mi entrañable amigo y acepto que no tome café; pero mis amigos vegetarianos ponen a prueba mi sistema nervioso, mi estabilidad psicológica y la amistad que nos une. 
Cada vez que nos reunimos, durante el tiempo que transcurre un almuerzo o cena, me mortifican con argumentos traumatizantes:

- ¿Sabes que ese pollo fue torturado antes de morir?,
- ¿Te das cuenta que te estás comiendo a una criatura que fue madre, hija o hermana de alguien?,
- ¿Tienes el mínimo conocimiento sobre la alimentación que tuvo ese cerdo?
- ¿Te has hecho un chequeo para que te midan el nivel de colesterol?
- ¿Sabes cuántos días se demora el estómago en digerir la carne?...

Los vegetarianos son un selecto grupo de congéneres con un régimen alimenticio que tiene como principio la abstención de comer cualquier criatura que en vida haya balado, mugido o piado y se alimentan sólo de “productos vivos”, (los carnívoros, dicen ellos, nos alimentamos de cadáveres) como: cereales, legumbres, frutas, verduras y seleccionados productos lácteos. 
Los motivos que aducen para justificar su dieta varían: algunos se abstienen de ingerir carne por consideraciones de salud, otros lo hacen por conciencia ecológica, por razones éticas y, menos mal que estoy lejos de los que obedecen a convicciones de carácter religioso, porque no tengo ningún amigo hare krishna, budista o hindú.
En nuestra común, silvestre y carnívora sociedad es bien complicado compartir con estos especiales seres humanos, primero, porque nadie, en una casa, está preparado para recibir a un vegetariano. Cuando tenemos una fiesta, hay que preocuparse de ellos y pensar en cocinar algas, semillas y huevos puestos por gallinas “casadas y felices” (no comen huevos de criadero). 
No soportan el perfume que emite un kilo de chorizos rojos en la parrilla y hay que decirles que entren a la casa, mejor. 
Preguntan si hay pan integral o sin gluten, (y el 99% de los presentes en el asado ni tiene idea lo que es el bendito gluten). 
No aceptan un consomé de ave, porque el pobre pollo hirvió como media hora en ese líquido, por lo tanto, la sopa le transmite a uno el trauma del pajarraco mientras se cocinaba. 
Insisten en comer productos crudos o, levemente tibios, porque la cocción les elimina las enzimas. Algunos sólo consumen comidas orgánicas, o sea, aquellos alimentos, en general vegetales y frutas que en ninguna etapa de su producción hayan intervenido fertilizantes, herbicidas o pesticidas químicos, así como tampoco en los suelos y que hayan sido cultivados por personas buena onda, que un campesino amargado no haya regado las lechugas, porque les transmite las malas vibras a las hortalizas. 
Otro cuento es el de los que se alimentan sólo de frutas que hayan caído por efecto de gravedad al suelo, porque las que han sido arrancadas de la mata vienen con un trauma psicológico. 
Por nada del mundo consumen alimentos enlatados (por el asunto de los preservantes) y no le ponen mantequilla al pan, porque es de origen animal y la vaca estaba estresada cuando la ordeñaron (o puede ser una vaca loca). 
No les podemos ofrecer miel, porque las abejas, en su ir y venir de flor en flor buscando el polen, han perdido el sentido de la orientación, la personalidad y han transgredido las normas de tránsito aéreo; por lo tanto el producto ha sido mal elaborado, despersonalizado y viene con un parte de la Dirección de Aeronáutica.
El objetivo de mis pálidos amigos vegetarianos (porque todos están blancos como muertos vivientes) es optar por una vida sana, el bienestar y la pureza, pero también la armonización entre el cuerpo y el espíritu. Lo que acepto absolutamente. 
Lo que no admito es que con su opción, me provoquen un drama existencial, un cargo de conciencia espantoso y me hagan sentir como un troglodita carnívoro inmoral, cruel y asesino, sencillamente por estar devorando, con una sonrisa de caníbal, un abundante, reparador y jugoso lomo a lo pobre. Así no se puede vivir. Definitivamente no. Me declaro “Vegetafóbico”.

domingo, 28 de marzo de 2010

ZAPATERO

Los “setenteros” no nos atrevemos, sino es con un espantoso sentimiento de culpa, a tirar al tacho de la basura, un par de zapatos con un hoyo en la planta o con alguna insignificante rasgadura. Nos duele. Nos cuestionamos cada vez que botamos algo. Lo que sucede es que somos herederos de la cultura de lo durable y, hoy por hoy, vivimos en la de lo desechable.
En nuestros tiempos, los zapatos se compraban “crecedorcitos” y eternos, o sea, con dos números más del que calzábamos, para que nos duraran todo el año, por lo tanto, si la pata nos crecía, éstos igual nos servían para ir a la Escuela. 
A mi me compraban bototos “Tanque”, de esos todo terreno, que resistían hasta los hachazos. Al principio, me hacían ampollas en los talones y los tobillos, y siempre me los tuve que aguantar…sorry, puh, diaguita…pero, para ablandarlos, no había mejor técnica que patear piedras o chapotear en un charco de barro. Al final, uno se acostumbraba tanto a ellos, que consideraba “pituco” usar zapatos de “etiqueta”.
Cuando venía el deterioro de los bototos o de cualquier calzado de los miembros de la familia, ni pensar en zapatos nuevos, porque, sencillamente, se acudía al Zapatero; oficio que ya está en vías de extinción.
Este emblemático personaje trabajaba independientemente, en un diminuto local, con la puerta siempre abierta, con un agradable olor a suela nueva y neopreno. 

Su oficio lo había heredado de su abuelo, del padre o de otro pariente o amigo, quien le había transmitido los secretos para dejar un par de zapatos, candidatos a que se los llevaran los Traperos de Emaús, en “casi como nuevos”. 
Era un artesano que, en cualquier estación del año, se lo veía con su delantal de cuero, con la “pata” en las rodillas y una hilera de tachuelas en los labios, escuchando Ce A 62- Radio Norte Verde de Ovalle, golpeando alguna desvencijada sandalia. 
Hacía su trabajo con tal dedicación, que cuando uno iba a retirar sus tatos, los desconocía, porque, realmente, los dejaba “casi como nuevos”. 
Estaba provisto de una máquina de coser, clavos, martillo, lezna, pita encerada, frascos de tinta y planchas de suela. 
Los trabajos más frecuentes que realizaba eran: cambio de tapilla, colocación de media suela o entera, cambio de taco de goma o suela, teñido y unas cuantas otras labores reparadoras.
Como todo artesano que se respete, tenía sus ñañas: era re-mentiroso:
- ¿Para cuando van a estar los zapatos, don Fidel?
- Para el lunes, pues joven. 

Bueno, llegaba el lunes y venía la chiva: 
- ¿Sabe? Todavía no me han traído la suela, mañana me llega y se los tengo p’al miércoles sin falta. ¿Qué le parece?...
Luego venía otra y otra chiva, hasta que, por cansancio, uno retiraba sus zapatitos como a las dos semanas, pero, sin duda, el resultado era excelente. Uno sentía los zapatos hasta más ajustados en la pata, “casi como nuevos”.
Hace algunas décadas en Ovalle, desconozco si aún persiste la costumbre, se llevaba los zapatos a la Cárcel. Allí había un gran número de Zapateros que habían aprendido el oficio en el penal y los resultados eran tan buenos como las reparaciones de don Fidel. Los internos trabajaban bien, pero la costumbre del chamullo había ingresado también al Centro Penitenciario: eran re-mentirosos los gallos, te hacían ir varias veces hasta que te entregaban los benditos zapatos reparados y bien lustrados.
Resulta muy agradable constatar que, en la actualidad, aún subsiste en la perla del Límarí, una reparadora de calzado en calle Arauco, en la que, generalmente las damas, esperan a pata pelá, hasta que les entregan sus zapatos taco alto, con tapilla nueva, la que habían perdido en la calle metiendo, accidentalmente, el taco en una rendija. 

Cada vez que paso por ahí, me siento atraído por el característico perfume de la suela nueva, como el Speedy González cuando lo captura el olor a queso y no lo puede resistir (creo que soy “sueladicto”, porque cada vez que me compro zapatos, los huelo como hechizado y disfruto largamente de esa fragancia tan agradable). 
También resulta gratificante visitar un pueblo del interior y comprobar que allí tampoco el Zapatero ha desaparecido y que aún es posible encontrar la figura de este artesano que, con su silenciosa presencia, sólo interrumpida por el sonido de los golpes de un viejo martillo, le da al pueblo esa imagen de los tiempos idos, cuando no éramos tan consumistas, cuando no estábamos invadidos de zapatos chinos, cuando las cosas que comprábamos eran reciclables, cuando los zapatos que al hermano mayor le habían quedado chicos, se mandaban a reparar y  los usaba el hermano menor para ir a la Escuela.
Mis respetos, admiración y cariño para todos los “Fideles” que aún están ahí.

domingo, 7 de febrero de 2010

¡QUÉ CALOR!


Nunca habíamos sufrido temperaturas tan altas. Le hemos hecho tanto daño al planeta, que el sol se está vengando de nosotros. El recalentamiento global está aquí y pretende quedarse y lo sentimos irrefutablemente y, obvio, vivimos quejándonos y es común, en todos los ambientes, escuchar conversaciones más o menos así: 

-  Puchas, que hace calor. 
- Están cayendo los jotes asados. 
- No soporto el verano. 
- No me aguanto andar pegajoso, deshidratado y cagao de sed.
- El ventilador no sirve para nada, porque puro da vueltas el aire caliente. 
- Quisiera vivir en Groenlandia, que tiene el ochenta y cuatro por ciento de su territorio cubierto de hielo; porque aquí, todo lo que hagas para refrescarte, te dura cinco minutos: te duchai con agua fría, tomai helado o un juguito, andai casi sin ropa y la cuestión es igual: te cagai de calor.
La verdad es que estas altas temperaturas eran típicas del Sahara o del Brasil, en donde la gente habitualmente se achicharra con cuarenta grados a la sombra. Ahora la cosa ha cambiado considerablemente y nos llegó a nosotros. Y no, no estábamos preparados.
Es tremendamente incómodo andar con este calor en locomoción colectiva, compartiendo espacio con gente pestilente, en especial de guatones transpirados de pantalones cortos y sandalias hediondas; subir a un auto cuando parece un horno de barro o entrar en ambientes atochados de gente con rostros sudorosos, echándose aire con una hoja de papel y con cara de velorio. El típico diálogo en estos casos es: 

- Qué calor... ¿ah?...
- Si, la verdad es que es insoportable…
-Pero, lo peor es la humedad, porque antes no era húmedo acá, ¿no le parece?…
-Si, que horror… ¿ah?..
-Yo no sé adonde vamos a parar con este infierno, fijesé…
Pero es verano, qué le vamos a hacer. La mantequilla se derrite en la mesa, la perra no ladra porque también está cagá de calor, cuando abres la llave para tomar agua, sale tibia, o sea, no puede ser más catastrófico.
Siempre hemos padecido del calor en el verano. Toda la vida el fin de año ha sido un fogón en todas partes, las compras navideñas están acompañadas de sudores y consumo extremo de helados y bebidas congeladas, por las noches uno tira al suelo la única sábana que tiene para taparse y lo mejor es dormir pilucho, porque no se aguanta nada, y lo peor es que no corre ni viento, ni una brisa, ¿te fijai?...qué horror, oye.
Antes capeábamos el calor jugando a la chaya. Nos tirábamos mutuamente agua y junto con refrescarnos nos divertíamos o nos íbamos en patota al río, regresando al crepúsculo cuando ya refrescaba. Y eso es un privilegio en nuestro país, porque la cordillera y el mar generan bajas temperaturas al atardecer y, por lo menos, podemos dormir bien.
Pero no seamos tan negativos. Somos favorecidos al tener cuatro estaciones y, por lo menos, pasamos la mitad del año con un clima agradable, porque el resto, tenemos frío y calor extremos. Esto ha sido siempre así y continuará sucediendo. No hay vuelta que darle.
En el verano también hay cosas positivas:

- La ropa se seca apenas en unos minutos cuando la ponemos en el cordel.
- No hay que ir a la Escuela.
- Andamos vestidos con ropa ligera y a pata pelá.
- En la Oficina el trabajo es más calmo.
- En las calles circulan menos vehículos.
- Hay muchas frutas y verduras de la estación que son tremendamente refrescantes. Disfrutar de una roja y heladita sandía de El Palqui es sentirse en el paraíso.
- Hay una gran variedad de espectáculos gratuitos.
- Hay amores de verano.
- Las niñas muestran el pupo.
- Podemos tomar helados de canela hasta que duela la frente.

¿Alguien tiene alguna sugerencia para alargar la lista? Por favor, recuerden las cosas positivas que decimos del verano cuando, en el invierno, estamos con el poto pegado a la estufa.
Como ya me está corriendo el sudor de la cabeza por la chuleta derecha, es el momento de ir a tomar una ducha por enésima vez. ¡Qué calor, por la cresta!

miércoles, 16 de diciembre de 2009

RESFRIADO

Tengo la garganta irritada, los ojos llorosos, sudo como coreano en baño turco, me duele el esqueleto, me corren los mocos y la tos no me deja, aparte de un humor insoportable, no puedo creer que, más de doscientos virus se hayan encargado de provocarme este desagradable estado de salud, que me ha tirado, abruptamente, a la cama: estoy resfriado.
En el velador tengo un kilo de fármacos que me recetó el médico antes de venirme a la casa caminando como un zombi. No tengo ánimo para leer o escuchar música, pedí que las cortinas estuvieran cerradas y que, por favor, nadie meta bulla. Estoy muriendo lentamente.
No puedo tragar, no puedo hablar, al levantarme al baño, camino a patas abiertas, como boxeador después de un knock-out. Siento que todo gira a mi alrededor y el ruido más insignificante se eleva a mil decibeles en mis oídos. No tengo ganas de nada. Lo único que quiero es que se me pase, lo más pronto posible, esta sensación de desgano, que me dejen de doler los músculos de la guata de tanto toser y que desaparezca la cara de huevón que tengo.
Aparte de dormir pésimo anoche, estuve dando lástima toda la mañana en el trabajo, hasta que el Jefe me dijo:
- Váyase para su casa, mejor, hombre, no siga repartiendo microbios gratuitamente acá en la Oficina, porque va a provocar una pandemia y pronto tendré a todo el personal con licencia…váyase.
Lamentablemente, no tenemos idea en qué momento nuestras defensas están bajas. A pesar de preocuparnos de comer un kiwi por día, tomar jugo de naranja en el desayuno y algún otro alimento rico en vitamina cé; pero, el momento llega y no podemos evitarlo. Lo mío viene con los cambios bruscos de temperatura, por eso, odio el aire acondicionado.
Mientras pasan los años, los amigos te dan mil recetas infalibles para quitarte un resfrió en menos de lo que canta un gallo: beber una cerveza con limón, dos aspirinas y sal; es una mezcla intragable, pero da resultado, sobre todo en los resfríos de verano; o a lo macho mexicano: tequila, limón y sal; terminai más curao que moscardón en una fonda, pero se te va. La receta de mi abuela y luego de mi madre, auténticas diaguitas, era: Tilo, limón, cáscara de naranja y azúcar quemada, eso es lo único que acepto, porque desde pequeño, ese hervido de rico sabor me sanaba de todos los males a los tres días (ahora, que ya paso del medio siglo, la payasá no se me va sino hasta en una semana…y más).
Es extremadamente incómodo andar abrigado como esquimal, con paquetes de pañuelos desechables en los bolsillos, la nariz como payaso, con dolor de cabeza y deprimido; porque, admitámoslo, los hombres somos re-maricones para enfermarnos. Yo lo he asumido y no me da vergüenza admitirlo.
Admiro a las mujeres, que padeciendo el mismo resfrío que tenemos nosotros, con un poco de mentholatum en la nariz van a trabajar y realizan todas las labores domésticas sin hacer tanto escándalo. Lo que no me gusta, es que siempre nos pelan y se ríen de nosotros:

- ¡Ay, niña, mi marido está resfriado, y en cama, mijita, en cama, te juro…aparte de darle en la boca los remedios, hasta tengo que cambiarle el canal con el control remoto, porque el pobrecito ni siquiera tiene fuerzas para hacerlo y me mira con cara de cordero degollado, como si se estuviera muriendo, fíjate tú.
- Eso no es nada, si hubieras visto al mío, llegó con una cara de muerto y con un hilo de voz me dijo: - Háceme una limoná, por favor, háceme una limoná…y se acostó…se acostó..¿podís creerlo?
- Tan cobardes que son los hombres…¿ah? ¿Te fijai?… ¡cómo sería si ellos tuvieran una guagua! (trillado argumento de mujeres con categoría de brujas).
- No te digo ná, niña, tuve que llamar a mi suegra para que lo cuide, porque no podía dejarlo solo, y claro, él, chocho regaloneando con su mamita, mientras yo me mato trabajando en la oficina…y es un resfrío no más puh, chiquillas, ¿ah?
- Así son los hombres, poh: cobardes para enfermarse. Y desde chiquititos, ¿ah?, porque mi hijo, es igual que su Papá, se enferma de algo y hace una cuática…que ni te cuento.

No le doy a nadie un resfrío. Lo único que espero ahora es que se me pase lo más pronto posible. No me gusta estar en cama, no me gusta tomar fármacos, no me gusta decir “Baria Badalena” en vez de María Magdalena, no me gusta sentirme como me siento, pero sobre todo: odio que se rían de mí cuando estoy enfermo. Ay, ay, ayayaicito… ¿por qué me pasan a mí estas cosas? Me estoy muriendo. Llamen a la funeraria.

martes, 15 de diciembre de 2009

CACHUREOS


¿En qué fatídico momento un objeto pasa de ser algo útil a denominarse “cachureo”?  No tengo idea; pero de lo que sí estoy cierto, es que en cualquier casa que se respete “debe” existir el indispensable cuarto de los cachureos, (en algunos países lo llaman cuarto de los trastos) adonde van a parar miles y miles de porquerías que fueron usadas, las que se utilizan de vez en cuando y las que no le servirán nunca a nadie por los siglos de los siglos.
En una casa-casa es posible contar con ese espacio en el fondo del patio (no así en los departamentos caja de fósforo que habitamos los diaguitas inmigrantes) en el que se comienza por ubicar allí el planchador y, además, se guardan: la aspiradora, la estufa, la máquina de coser de la abuela, las escobas, los traperos y de un cuanto hay.
Hasta que el asuntito se transforma en un desorden de bolsas de plástico reciclado llenas de cachivaches, cajas de diferentes tamaños, floreros y demás, que no hallamos dónde cresta meter.

Entonces, un buen día, decidimos construir un mueble con repisas para ordenar esa anarquía y ubicar: el pesebre, el árbol gringo de navidad con todas sus chucherías, los juegos de luces que emiten esas melodías inaudibles, el ventilador de pie, la plancha seca, libros viejos, jarrones del año ñauca, los frascos y botellas vacías, trabajos manuales y los camiones tolva del nene, muñecas y ositos de peluche de la nena, el cajón de herramientas del rey de la casa y el moisés que utilizó la última guagua de la familia.
Nunca falta que un miembro del clan familiar sea el más cachurero, ese que siempre recoge cualquier pita, hilo, lana, caucho, cáñamo, o cinta de regalo, y comienza a fabricar una enorme pelota y la saca cuando hay que atar un paquete. Para qué decir de los papeles de envolver, guardan hasta el celofán en el que envuelven las flores compradas en algún semáforo.
Cuento aparte es el cachurero que guarda los envases de cualquier artículo, porque no botan ni la espuma plástica en la que vienen envueltos los artículos electrónicos. Estos personajes llenan la casa de huevadas que tienen la denominación de porquerías: guardan corchos, palos de helado y la cabeza de una Barbie.
Los que vivimos en departamento tenemos el tema resuelto, porque no existe el bendito cuarto o porque, sencillamente, no hay espacio para guardar botellas, frascos y potes de mantequilla, casata o cajas en las que venía una torta, por lo tanto, mandamos todo eso directamente a la basura, porque allí pertenecen. 

Y es cierto, algunas cosas que se guardan en la pieza de los cachureos tienen, definitivamente, calidad de basura, pero permanecen allí eternamente, porque alguien por ahí dice: nunca se sabe cuando algo puede ser de utilidad…el que guarda, siempre tiene.
Hay objetos que jamás se botan: la vieja guitarra con la que todos en la familia aprendimos a tocar, el acordeón del abuelo, el triciclo en el que todos nos sacamos la cresta cuando éramos chicos, la desvencijada bicicleta, la colección de long play del tío setentero, la pelela enlozada y la bandeja de mimbre, para que el enfermo de turno se alimente en la cama.
Los cachureos no se pueden eliminar de la casa, porque esos baúles decrépitos contienen cosas que fueron importantes para alguien, forman parte de la tradición de la familia y no se puede seguir viviendo sin los recuerdos: ¿Cómo podemos ser tan desalmados y deshacernos de la vieja silla mecedora de la abuela, de la Manena, esa muñeca de loza con la que jugaba nuestra hermana y de los soldaditos de plomo que tenemos guardados en una caja metálica de zapatos Calpany? Eso sería tirar por la borda años de historia, porque esos objetos han formado parte de nuestra vida y serán siempre tema de conversación, cada vez que buscamos el guatero y nos encontramos con el paraguas de papel que usó la Chira cuando se disfrazó de japonesa en la fiesta del Liceo de Niñas.
El problema se suscita cuando se nos ocurre cambiarnos de casa: ¿Qué nos llevamos? ¿Qué botamos? Difícil encrucijada. 

Al final partimos con todas esas cosas, porque no tenemos coraje de tirarlas, regalarlas o venderlas. Ser cachureros forma parte de nuestra cultura. 
En otros países, la gente bota de todo…si no me creen, vayan alguna vez a pasar el año nuevo a Italia…esa noche, luego de darse mutuamente abrazos y besos dobles, los italianos tiran por la ventana todos los trastos viejos, hasta los muebles, que los chilenos tenemos en calidad de tesoros en el cuarto de los cachureos.

sábado, 12 de diciembre de 2009

MAESTRO CHASQUILLA

En cualquier casa, con el tiempo y el uso, algunos artefactos entran en estado de coma: el refrigerador, la plancha, la enceradora, la estufa…o surgen, irremediablemente, algunas necesidades básicas: cierta pared requiere, de vez en cuando, una manito de pintura; la llave del lavadero precisa un cambio de suela; es ineludible cortar esporádicamente el pasto, antes que del “mato grosso” aparezca un zulú con una lanza o, por último, colocar un nuevo alambre para tender la ropa en el patio. 
Algunos de estos menesteres son sencillos de realizar, por lo tanto, los hombres nos convertimos, indefectiblemente, sin darnos cuenta, en “reparadores puertas adentro”. 
Ante cualquier desperfecto, es el macho quien debe cortar el agua para examinar qué sucede con la maldita gotera del baño, chequear el tablero cuando se cortó la luz (o, dicho correctamente: se ha interrumpido la energía eléctrica, según los sabihondos electromecánicos del Poli) o clavar la pata de la silla coja. 
Ocasionalmente debemos pasarle barniz a la puerta de entrada, adecentar los muebles de la cocina con esmalte o colocar los tiradores de los cajones de la cómoda, que nadie sabe adonde cresta fueron a parar.
Nunca se termina de reparar todo, porque cuando pareciera que ya no hay nada por remendar, viene la ansiada lluvia que nos obliga a poner la pelela o cualquier tarro u olla para contener la cantidad de agua producto de las goteras del techo (si me hubiera preocupado en verano, decimos mientras subimos a colocar una manga de plástico sobre las calaminas…”por mientras tanto”).
Hay pegas que son más fáciles que otras: pintar la reja, cambiar un vidrio, destapar el quemador del calefón o colocar una ampolleta en el patio cuando queremos hacer un asado, fabricando una extensión comprando unos metros de cable (conductor, dirían los idems), un enchufe macho, un soquete y la conectamos en el pasillo, pasando el cordón por toda la casa para sacarla por la ventana del baño, total, es para “mientras tanto”, pero, en la mayoría de los casos, queda “para siempre”.
Cuando comienza a salir agua de una pared, es necesario llamar a una empresa constructora o a un especialista; pero si queremos “ahorrarnos” unas lucas, mejor llamamos al “Maestro chasquilla” de oficio, ese que es Maestro de todo y especialista de nada. El que soluciona todo con un alambrito y promete y nunca cumple…pero, puchas que te sale “barato”… ¿no?
El calvario comienza con la llamada al celular: 

- don Filomeno... ¿puede venir mañana?... mire que tengo el piso mojado de tanta agua que sale del muro que está entre la cocina y el baño…- Si, si, no se preocupe, dice…- Mañana, entre nueve y nueve y media estoy por allá…
Y al día siguiente, llega la hora de almuerzo y el maestro no aparece...¿qué le habrá pasado?...Bueno, llega al otro día…con su maletín cargado de cachivaches y comienza a picar el muro con combo y cincel. 
Luego que derriba media muralla, nos llama para decirnos que la falla está en una cañería interna, pero que necesita ir a la ferretería a comprar soldadura y unos codos, porque de esa medida no tiene
-¿Sabe?…nos dice: estas cañerías son de cobre, ya no se usan, pero, no se preocupe, que hoy queda solucionado… 
Y bueno, tenemos la cocina hecha un desastre, el agua cortada, no podemos usar el baño y don Filomeno se demora como cuatro horas en llegar con la soldadura y los benditos codos. 
El problema se ha solucionado, pero ahora debemos reparar la hecatombe que dejó: estucar nuevamente, alisar, enyesar, lijar y pintar. 
No encontramos el color verde moco que tenía la cocina, por lo tanto, elegimos un blanco psiquiátrico. 
En el baño debemos colocar nuevos azulejos, y tampoco hay del color que teníamos, entonces decidimos cambiarlos todos y optamos por unos amarillo caca. 
En síntesis, la filtración de agua nos salió más cara que construir la mansión de un jeque árabe. A eso hay que sumarle las incomodidades, rabias y molestias, además que, en el afán de ayudarle al maestro (para apurar la causa), hemos quedado con las manos como chirimoyas.
El Maestro chasquilla es parte de nuestro paisaje urbano. Bueno o malo, dependemos de ellos. No nos queda otra. 

Nosotros somos chasquillas sin proponérnoslo y seguiremos pegando papel mural, barnizando sillas y cambiando enchufes, porque, al fin y al cabo, esas labores nos entretienen y por eso, tenemos un maletín lleno de herramientas y cada vez que realizamos estas labores, en lo primero que pensamos es en llenar el refrigerador con unas cuantas latas de cerveza y, tal como cuando lavamos el auto, lo hacemos escuchando música setentera.

lunes, 7 de diciembre de 2009

CIRCO

Tradicionalmente, en el mes de septiembre, observábamos, por las calles de Ovalle, un desfile de carromatos, anunciando la llegada de la magia del Circo. 
Veíamos pasar payasos, contorsionistas, trapecistas, caballos, perros amaestrados y las infaltables jaulas conteniendo algunos fétidos ejemplares del rey de la selva. 
¡Al Circo, al Circo, todos al Circo, mañana matinée, vermouth y noche!...se escuchaba por el destemplado megáfono pegado en el frente de una destartalada camioneta pintada de mil colores. Y quedaba la tendalada. 
Corríamos detrás de la comparsa, impactados por lo que veíamos. Queríamos ir al Circo. En la Escuela no se hablaba de otra cosa. Para todos era una novedad ir a ver (y oler) leones africanos, cebras, elefantes, camellos, etc., lo que se convertía, sin duda, en una inusual visita a un mini zoológico artesanal. 
Los animales, que sólo conocíamos por fotos, estaban allí, frente a nuestros ojos y no lo podíamos creer.
El despliegue de la monumental carpa iluminada por centenares de ampolletas, al final de la calle Tocopilla, al llegar a David Perry, llamaba la atención desde cualquier punto de la ciudad. La onda circense alegra y le da colorido al ambiente. El Circo atrae, atrapa y emociona.
Una pista circular, rodeada por sillas plegables de madera, divididas en palcos y platea, nos da la bienvenida. 
El grueso de los asientos (y las locaciones más económicas) para el respetable siempre se congrega en galucha, desde donde se ve mejor, porque en platea uno arriesga una tortícolis de tanto mirar p’arriba. Las irregularidades del piso se emparejaban con viruta.
El espectáculo comenzaba con la presencia del Señor Corales, el animador por excelencia, vestido de frac e iluminado con luz cenital, acompañado por la orquesta que anima toda la jornada, la misma que habíamos visto en la calle. Con su característica impostación de la voz, anunciaba todo lo que venía y nos daban un pequeño adelanto, porque se daba inicio al desfile de todos los artistas con sus trajes ajustados, atiborrados de lentejuelas, rostros sonrientes y estudiadas maneras de saludar, además de los animales engalanados. Todo eso motiva, ni más ni menos, al aplauso cerrado del respetable. Para acompañar el espectáculo no puede faltar algodón de azúcar, churros, palomitas de maíz, maní y manzanas confitadas.
El programa era bien variado: trapecistas, payasos, magos, cantantes, la mujer barbuda, enanos, los tipos que escupen fuego y los equilibristas en la cuerda floja. Lo más atrayente es ver a los elefantes haciendo gracias, a los caballos desfilando al ritmo de una marcha prusiana y a los leones pasando por una argolla encendida. 
Las manos quedan adormecidas de tanto aplauso, porque cada artista, una vez terminada su maroma, levanta las manos para que uno, automáticamente, los premie con golpes de palmas, le haya gustado la gracia o no.
Lo más interesante es que, luego de haber asistido al Circo, cada cabro de porquería quería hacer las mismas acrobacias de los circenses y se sacara la cresta tratando de colgar de las patas desde el travesaño de la puerta del gallinero o dar una vuelta de carnero en el patio y como consecuencia de un mal cálculo quebrar un vidrio de la ventana o dejar otro desastre. 
Otros andaban tirando pelotas al aire para apañarlas alternadamente o repitiendo los mismos chistes de los payasos. 
El Circo motivaba un sinnúmero de talentos escondidos y hacía soñar que alguna vez podíamos estar en un trapecio dando saltos mortales y recibiendo una ovación del público. 
El Circo no ha muerto. Aún subsisten los clásicos: Las Águilas Humanas, Frankfurt, Los Tachuelas, aunque el Tony Caluga haya pasado a mejor vida y el Copucha, el Cuchara y el Charola no aparezcan más en TV. También han surgido Circos nuevos, que continúan entreteniendo al público con su espectáculo itinerante.

Dedicado a mi compañero de Escuela Adolfo Melo, quien vivía en el recinto de calle Tocopilla y siempre fue un original artista. ¿Qué será del chico Melo? Años que no lo veo.

miércoles, 19 de agosto de 2009

ESTRESADOS


Está de moda. En nuestro entorno deambula un tropel de víctimas del flagelo. Esta sí es una pandemia que ha contagiado a millones. Donde uno vaya, no se habla de otra cosa. 
Todos lo padecemos y nos consolamos recíprocamente, convirtiéndonos en una especie de cofradía. En el ambiente de cualquier oficina se respira a cansancio, tedio y pusilanimidad. Las conversaciones giran en torno a las pesadumbres: depresión, ansiedad, angustias, alergias, insomnio, inapetencia, caspa, seborrea y mal de ojo…algunos siúticos mencionan el “jet lag”. 
Y le echamos la culpa al sistema, porque el culpable de todos nuestros males, siempre es el maldito sistema. 
Los pocos que tienen plata van al psicoterapeuta, pagando una fortuna por sesiones en las que, desparramados en un sillón, con una caja de pañuelos desechables al alcance, sollozan quejándose de las mismas sandeces con las que le han llenado la cabeza a sus amigos, para que el profesional, luego de cuarenta y cinco minutos cronometrados, cruce las piernas con petulancia, se saque, con gesto estudiado, los anteojos, y con una mirada escrutadora, propia de tipos convencidos de ser los únicos “normales” del mundo, les diga, con displicencia: 
- “estamos mal ¿eh?, estamos re mal…”. 
- Bueno, nos vemos el jueves. - Que estés bien… (Un buen dato para lolos indecisos en elegir carrera: ingresen a Psicología, es la profesión del futuro…y bastante rentable).
Los que no tienen plata para un Psicólogo, se auto-medican y toman pastillas para todo: para dormir y para no dormir, para cagar y para trancarse, para tener apetito y para calmar la ansiedad, y nadie se mejora, todos continúan sufriendo horrores y fármaco dependientes. Siguen fumando una barbaridad, toman café todo el día y andan tiritones. No se les puede presionar para que produzcan ni exigirles eficiencia ni muchos menos llamarles la atención (por el tema de la hipersensibilidad), porque podríamos provocar una avalancha de dramas, entonces, las oficinas están plagadas de llorones patológicos intocables.
Los lamentos son pendulares: quejarse de tener trabajo y de estar cesante, de tener pareja y de estar solo, de tener hijos y de no tenerlos; de haber sido infieles y de estar arrepentidos, y por último, lo generalizado, estar estresados porque tienen las tarjetas de crédito reventadas y no cuentan ni con una miserable luca para jugar al Kino. Atroz, oye, atroz.
El tema es quejarse de todo. El neologismo para graficar este malestar y todas las calamidades habidas y por haber, es: ESTOY CHATO. Todos están chatos de todo. Y muchos estamos chatos de que todos estén chatos.
¿Qué nos sucedió? Hoy, todo el mundo busca el facilismo. Ya no existe la intrepidez. Nadie quiere sudar gotas gordas por nada. Las mujeres ya no tejen, no bordan ni jardinean. Los hombres no arreglan la plancha, no cambian el sopapo del baño ni afilan las cuchillas. Los niños no fabrican volantines, no juegan con rompecabezas ni a las bolitas. Todo gira en torno a la ley del mínimo esfuerzo. Hoy sólo tenemos a las mujeres preocupadísimas por saber en qué cresta va a terminar la telenovela "¿Dónde está la cabra?", los hombres trasnochando por ver las estupideces que hacen un montón de vagos, por plata y fama, en “Pelotonto” y los niños sólo quieren permanecer idiotizados frente a una pantalla con los alienantes juegos electrónicos y con un celular como parte de su anatomía. 

Esto es una infección social, un virus que ataca a moros y cristianos, como antiguamente sucedía con el tifus, el cólera o la fiebre amarilla. Todo el mundo se contagia. La respuesta que dan los estresados a esta calamidad colectiva es la gastada, resignada y lenitiva frase: ES LO QUE HAY.
Hace tres décadas no había personas estresadas en ninguna parte. Teníamos resiliencia frente a cualquier dificultad. Los problemas se encaraban con “ñeque”, predisposición a “darle vuelta el puño” a los inconvenientes y “a lo hecho, pecho”. Nadie se hacía dramas por nimiedades y se daba por entendido que “la vida no es fácil”. Estábamos psicológicamente predispuestos a tener una existencia cuesta arriba. Sabíamos que nada nos resultaría sencillo y que nos daría una inmensa complacencia lograr nuestros objetivos con: planificación, estudio, trabajo y sacrificio. Estábamos programados para superar dificultades.


Les tengo que confesar algo: no puedo seguir escribiendo….me estresé.

miércoles, 12 de agosto de 2009

FRASES TÍPICAS DE POLÍTICOS



  • Caminaremos sobre los surcos que nos han dejado nuestros próceres.
  • Con la plata del pueblo no se juega.
  • Crearemos programas de participación de todos los ciudadanos en las decisiones del gobierno.
  • Debemos proteger el estado de derecho.
  • Dejaremos de ser un país en vías de desarrollo para entrar a la era de las nuevas tecnologías que nos brindarán un crecimiento expansivo.
  • Destinaremos recursos sin precedentes a la construcción de Hospitales, Escuelas y viviendas dignas.
  • El diálogo es la principal herramienta para solucionar los problemas que afectan a los empresarios y trabajadores.
  • Es el momento de modernizar las Instituciones del Estado, ya basta de burocracia y demagogia.
  • Es injusto que pocos tengan mucho y muchos tengan poco.
  • Es urgente crear empleos con sueldos dignos.
  • Estaremos siempre junto al pueblo.
  • Hemos establecido una comisión investigadora para analizar la materia.
  • Iniciaremos una etapa de transparencia y prosperidad.
  • La corrupción se limpia con mejores controles y justicia efectiva.
  • La honradez y el trabajo mancomunado nos llevarán a lograr nuestros objetivos.
  • La riqueza debe ser distribuida entre los que la producen.
  • La salud, la educación y la vivienda deben ser una prioridad.
  • La tierra es para el que la trabaja.
  • Le daremos un golpe definitivo a la delincuencia.
  • Los jóvenes tendrán acceso a la educación superior mediante recursos del estado. Universidad para todos.
  • Los jubilados deber recibir una pensión digna por el servicio que han prestado a la patria.
  • Los recursos económicos serán distribuidos con equidad.
  • Los trabajadores son el primer y más preciado potencial del país.
  • Lucharemos juntos por consolidar la democracia y engrandecer la patria.
  • Lucharemos por un país en paz, seguridad y prosperidad.
  • No los voy a defraudar.
  • Nuestra administración se caracterizará por la eficiencia, la honestidad y el amor a la patria.
  • Por una patria justa y buena para todos.
  • Que nunca más en nuestro país un ciudadano se sienta discriminado.
  • Reduciremos la deuda externa en su grado máximo.
  • Se debe gobernar con honestidad, competencia y empeño.
  • Seré el (Presidente, Senador, Diputado, Alcalde…) de todos.
  • Seremos un país de propietarios no de proletarios.
  • Siempre he tenido vocación para el servicio público.
  • Una comisión está estudiando ampliar, considerablemente, la cobertura de las exportaciones.
  • Una comisión está haciendo lo imposible para detener la inflación.
  • Una comisión está realizando estudios estratégicos pertinentes a eliminar definitivamente la cesantía.
  • Una comisión estudia las alternativas sobre cómo organizar y administrar mejor los recursos públicos. 
  • Una comisión investigará los casos de corrupción hasta las últimas consecuencias, caiga quien caiga.
  • Una huelga nos perjudica a todos.
  • Uno de nuestros objetivos fundamentales es erradicar, definitivamente, la pobreza. Los pobres no pueden esperar.