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Rey de Socos

jueves, 7 de junio de 2007

TREN LOLERO

Mientras, en mi juventud, intentaba “ser alguien” en la Universidad, debí pasar, necesariamente, por la inolvidable experiencia de ser viajero frecuente, de un ferrocarril de vagones desteñidos, con asientos duros y olor a pichì, que me transportaba desde la perla del Limarì a la capital de la provincia: La Serena. 
Primero debí tramitar el FFCC-PASS, que permitía pagar media tarifa, para lo que era necesario presentar un documento que comprobara mi condición de estudiante universitario y un certificado de residencia. Este último se debía obtener en las grises oficinas del cuartel de los hombres de uniforme verde caqui, donde, casi todos, los funcionarios necesitaban urgentemente un curso de foniatría y modulación, porque no les entendía absolutamente nada cuando me dirigían la palabra. Una vez comprobado mi domicilio, me entregaron algo parecido a una chequera, que debía llenar, con estudiada caligrafía, cada oportunidad que abordaba el tren, de ida y regreso.
Viajábamos los de la Chile, de la UTE y los de la Norte; cada uno con la esperanza de lograr la meta que nos habíamos propuesto, luego de haber obtenido buenos puntajes en la PAA: “el triunfo no es ingresar a la Universidad, la gracia es egresar y titularse”.
Era la oportunidad de compartir, con los amigos, un viaje que se hacía interminable hasta que el metálico transporte, surcando los rieles brillantes con paciencia de dromedario, nos dejaba en la pintoresca estación. Nunca faltaba la guitarra desvencijada que amenizaba las horas lentas. Era costumbre, de la mayoría, llevar los cuadernos a pasear, porque el fin de semana se hacía corto y ni siquiera les dábamos una ojeada a los apuntes para preparar bien alguna prueba. El ensordecedor taca-tacat-taca-tacat era siempre aplacado por el canto, la conversaciòn a gritos y las risas. Cada uno traía en su bolso la ropa sucia, la alegría en el rostro, la impaciencia por ver a la familia, y con un diente “así” de grande, dispuesto a devorar lo que le pusieran sobre un plato.
El pitazo de partida en la ciudad de las flores y las mujeres hermosas, daba inicio al cotorreo si par que no terminaba hasta despedirnos en la Estación de Ovalle. Pasábamos frente a Coquimbo, Tierras Blancas, Pan de Azúcar, Tambillo, Las Cardas, Recoleta; y, al comenzar a divisar la Mina Cocinera, la Quebrada del Ingenio y Huamalata, ya nos sentíamos en casa, estábamos a un paso, a unos minutos de llegar a disfrutar de la compañía de los nuestros, de encontrarnos con los amigos y relajarnos por unas cuarenta y ocho horas. Éramos siempre los mismos, y en cada vagón nos enterábamos de las movidas de ese fin de semana: Baile en la Medialuna, en el Social, en Deportes Ovalle, en la Villalón o una que otra fiesta de cumpleaños en alguna casa familiar; por supuesto, todos invitados.
Nos encontrábamos nuevamente el domingo, en que regresábamos con la ropa limpia y planchada, un tarro de Nescafè, azúcar, un tarrito de leche condensada, algo para echarle al pan y, si se podía, con algunas luquitas en el bolsillo.
Todos vivíamos en pensión, por lo tanto, supimos lo que significaba no vivir en nuestra propia casa, almorzar en el casino de la Universidad, y a la noche, cuando venía el hambre, aprendimos que se puede hacer un sanguchito con lo que venga: tomate, lechuga, huevito duro, papas fritas, en fin, todo acompañado con un buen jarrón de cocho simplecito con leche, que te dejaba la guatita llena y el corazón contento; para terminar con un conversado, compartido y trasnochado cigarrillo, y... de vuelta a estudiar.
El tren lolero tuvo la magia de transportar sueños y muchos de ellos se hicieron realidad.

...¿Vai a Ovalle este fin de semana?... Nos vemos en la estación.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanto tu blog pero no entiendo ¿Por qué no se pueden hacer comentarios en todos los posts?
Quería comentar algo en las madres chantajistas (soy una segun creo) y nunca pude)

DIAGUITA dijo...

Gracias por tu comentario. La verdad, y siendo bien honesto, no tengo la menor idea, del porqué no se pueden hacer comentarios en todos los posts. Ahora me explico la razón de que no había muchos... pensaba que no generaban interés, o eran demasiado fomes como para comentarlos o, sencillamente, no provocaban nada de nada en nadie. Gracias por leerlos. Puedes comentar en cualquier posts, lo que quieras y como quieras, no importa...
Un abrazo
MEMO

Anónimo dijo...

Eso, acabo de darme cuenta de ese problema. Tendremos que poner el comentario donde se pueda?

Hey, madre chantajista se puede saber tu nombre?

DIAGUITA dijo...

Si poh...
De todas maneras, cada vez que alguien escribe un comentario, me llega a mi E-mail...Así es que no se hagan dramas y opinen en cualquier parte, lo importante es que lo hagan.
MEMO

Javier h dijo...

me gustaría contactar con ud

marco lopez castillo dijo...

Diaguita, Hola, genial el relato de "TREN Lolero" . Esto del tren es una etapa que poca gente recuerda, y no es que seamos viejos, sino que muchas personas son de los alrededores de Ovalle y no tuvieron oportunidad de conocerlo.
Después haré algunos comentarios de los "Diaguitas", y las etnias ancestrales, pues me fascina el tema.Tengo un blog al respecto.
mlopezcastillo.blogspot.com. nos vemos.

DIAGUITA dijo...

Hola Marco:
Gracias por tu comentario. No he tenido la suerte de encontrarme con compañeros de viaje de esos tiempos: las niñas Zulantay, los hermanos Osciel y Mario, una niña Romero de la Villalón, la Vero Cortés y tantos otros...