jueves, 7 de junio de 2007

FIESTA DE MATRIMONIO

Luego de la ceremonia religiosa, el matrimonio no sería tal si no se ha previsto una fiesta para celebrar. Un casorio sin fiesta no es un casorio, pues mijito. En todo caso, es la preocupación número uno, antes de tomar la decisión de jurarse amor eterno por las dos leyes, porque “así tiene que ser”.
Mientras los novios hacen tiempo arrastrando latas por la ciudad, los invitados corren presurosos para llegar al lugar de la fiesta.
El champañazo de bienvenida, que incluye el acartonado vals de los novios, es la oportunidad para apreciar, con más detalles, el vestido de la novia y calcular, al ojo, los metros de cola y darse cuenta que el novio baila, con cara de imbécil, cualquier cosa, menos vals.

Se observan unos a otros y es el momento en que las mujeres comienzan a mostrar hombros, espaldas y pantorrillas; las más desinhibidas exhiben hasta los calzones. Todos están con una copa en la mano, la mirada brillante y la misma sonrisa falsa que traen congelada desde la Iglesia.
De allí en adelante, se acaban todos los empaquetamientos de la ceremonia religiosa y pasamos al libre albedrío que proporcionan unos grados de alcohol en la cabeza. Es en la fiesta cuando uno aprecia a la gente tal cual es, porque, desde que se escuchan los primeros ritmos de la orquesta tropicaloide, formada por un grupo de chatos con pantalón blanco, zapatos de cafiche y camisas con chorreras de colores injuriosos; comienza la excitación por el baile y hasta los gerentes más imperturbables bailan descalzos, hacen trencitos y túneles, mientras todo el resto come y bebe a destajo.
Se toman las típicas fotos con los padres y los suegros. El grupo de solteras chillonas esperan impacientes quién será la afortunada que cogerá el ramo de la novia y cuál será la sorpresa que sacarán al jalar la cinta de la torta. Los solteros vitrinean, buscando con cual mina les puede resultar algo esa noche y esperan el lanzamiento de la liga, que el novio, previamente, le ha arrebatado a mordiscos a su flamante mujer. Algunas parejas de jóvenes se contagian con el hechizo y allí mismo formalizan su relación, acuerdan fechas y juran que se amarán hasta la eternidad.

Es el síndrome del matrimoneo. Es la oportunidad en que las viejas recuerdan sus propias bodas llorando a moco tendido y las jóvenes se imaginan cómo va a ser la suya. Los hombres disfrutan del trago, las bromas en doble sentido y hacen evaluaciones sobre cuales son las piernas más largas, las pechugas más grandes y el poto más espectacular de la noche. Todo el mundo debe gritar para poder comunicarse, porque la orquesta pone tal volumen a los equipos, que, de la fiesta, se enteran todos los vecinos a diez kilómetros a la redonda.
Los novios van de mesa en mesa agradeciendo los regalos y colocando el ramillete de recuerdo en las solapas. Todo el mundo los felicita y les dan buenas vibras: que la suerte les acompañe, que sean eternamente felices, que se lleven bien. Que les resulte, chiquillos, poh.

La partida de la torta, de, por lo menos, cuatro pisos, con los novios agarrando juntos el cuchillo y mirando con una sonrisa gansa a la cámara, marca el momento final.
Cuando los hombres comienzan a lucir una mirada de pescado y a las mujeres les apareció la última ampolla en los talones de tanto bailotear; cuando ya se acabaron los chistes para reír a mandíbula batiente, cuando a casi a todos se les traba la lengua para hablar, cuando los peinados femeninos han perdido todo el glamour y más de algún collar de perlas de fantasía se desgranó por el piso... llega el momento de marcharse.

Porque son las cinco de la madrugada, los novios se fueron hace horas, los niños que actuaron de pajes están dormidos en las rodillas de las tías solteronas, ya nadie tiene puchos, y ninguno posee energías suficientes para bailar una guaracha o un corrido; sólo queda en las mesas algo de maní tostado para picar y en los manteles se ha vaciado más de un vaso de vino tinto, al que las abuelas le han puesto encima un poco de sal.
Esa fiesta dará tema para un pelambre de peluquería que durará como un mes, aproximadamente.

-¡Puchas que estuvo buena la fiesta!...-¡Mis pies están hinchados!...-¡Tengo la garganta como lata! -¡Estoy muerto de sueño!... -¿Alguien me podría llevar a mi casa?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajaja estuvo excenlente este articulo. Me caso la semana entrante y espero que todo me salga genial.
Ya tenemos listo el banquete, la musica y la hora loca por supuesto. A demas de la ropa y todos los demas accesorios pertinentes. Jejeje desenme suerte!

DIAGUITA dijo...

Te deseo la mejor suerte, Anónimo, que reciban muchos regalos, que tu mujer te aguante y que sean felices comiendo perdices. Lo único que te recomiendo es que practiques un poco el vals, para que no hagas el papelón que he visto ene veces. ¡Vivan los novios! Gracias por postear.
Memo