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Rey de Socos

jueves, 7 de junio de 2007

COCHES


Tengo grabado en la retina, desde mi infancia, la presencia, en la bella, amplia y palmerada Alameda de Ovalle, del otrora transporte “a sangre” que fueron "los coches" (en Viña del Mar les dicen victorias).
Observar a los cocheros con sus caballos en formación frente al Espejo de Agua, esperando por pasajeros, era una postal cotidiana. 
Fueron los “taxis” de ese tiempo, que llenaban las atribuladas calles con el rítmico sonido del trote de los corceles, además del consecuente olor a estiércol.
Siempre me sorprendió la amabilidad de esos sencillos hombres, que se ganaron la vida, moneda a moneda, transportando a los ovallinos en estos típicos carruajes con señoriales asientos de cuero negro y adornos de bronce pulidos concienzudamente. 

Los animales lucían brillosos y con los típicos “cubre ojos”, de los que hacemos mención, cuando le decimos a una persona que no quiere ver a su alrededor: “pareces caballo de cochero, miras sólo hacia adelante” 
Dejaban al usuario en su domicilio, descargando los paquetes o las bolsas, incluso, sabían perfectamente donde vivían los “pasajeros frecuentes”. 
En la noche encendían sus faroles con sencillas velas de cera, que le daban al coche la magia de un transporte de reyes y a la ciudad el encanto de un pregón colonial.
Salían por turnos, el primero de la fila tenía la prioridad; un código que aún se respeta entre los colectiveros actuales que van hacia los pueblos del interior. Los cocheros eran todos amigos, las pausas entre un viaje y otro permitían compartir un cigarrillo conversado. 

En los escasos invernales días de lluvia, el conductor se cubría con un plástico como improvisado poncho, lo que también se hacía con el techo del asiento. 
Los días de Feria eran, como siempre, de febril movimiento, que, incluso, el paradero se trasladaba frente al Colegio de las monjas de La Providencia.
Para los ovallinos no era un paseo turístico, sino un transporte barato, que podía conducirlos a sus casas con pesadas cargas. 

Alguna vez vi coches con unos cuantos sacos de azúcar y harina; con cajones de tomates y hasta un par de colchones, con el catre incluido. Los pasajeros se acomodaban como podían.
No recuerdo exactamente en qué momento desaparecieron y las razones que hubo para que sucediera. Ahora sólo nos queda la añoranza del simpático aspecto que le daban al perfil de la ciudad y de lo pintoresco que fue, alguna vez, movilizarse u observar un carruaje de locomoción pública tirado por caballos. Eran otros tiempos.

...Déle no mah, caallero!

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